El acoso a Garzón: la envidia y el franquismo

Todas las personas normales, en España y en el extranjero, califican de extraño lo que está ocurriendo con el juez Garzón. Los juristas lo califican de insólito. Para unos y para otros resulta escandaloso. Las diferencias interpretativas aparecen cuando alguien decide fijarse en la forma y despreciar el fondo. Esta distinción ha sido la que ha hecho posible la alianza entra la envidia y el franquismo para acosar a Garzón.

Lo expresan muy bien unas palabras que escuché al finalizar la vista por el caso Gürtel a Miguel Ángel Aguilar, que actúa de tertuliano insoportable en la Cadena SER. Todo el comentario que hizo sobre ese juicio a Garzón fue que no le gustan los jueces estrella. ¡Qué tendrán que ver los gustos de este, por otra parte, egregio periodista para dar una opinión sobre ese concreto juicio a Garzón! Nos hallamos en el espacio de la envidia, del rencor y de otros sentimientos similares que han afluido en el acoso a Garzón.

Normalmente esos sentimientos han encontrado justificación en la forma de los asuntos: en el caso de la Gürtel esquivan el meollo de la corrupción política, que es el delito investigado por el juez, para fijarse en si eran legales o no las escuchas; en el caso de los desaparecidos del franquismo, que es un crimen de lesa humanidad aún no resuelto, se fijan en si el juez sobrepasó o no sus competencias y ahí se enrocan. Sabemos que el fondo es inseparable de la forma y, si lo separan, es porque buscan hacer desaparecer el fondo bajo la apariencia de la forma.

Para acosar a Garzón, se ha impuesto la apariencia o, lo que es lo mismo, la envidia, el rencor, la venganza y otros sentimientos tan malévolos como marginales. Soy de los que piensan que Garzón va a ganar en este asunto de las formas, donde sus acusadores han dejado muchos resquicios abiertos. Va a ganar en primera instancia, porque en los tribunales internacionales, donde el revestimiento maligno de las formas no está presente, no hay duda de su victoria.

Pero es en el fondo, donde Garzón ha ganado ya y de manera definitiva: la corrupción política de la trama Gürtel es un hecho público indiscutible, terminen ajusticiados o no todos los responsables; y los crímenes del franquismo, sacados a la luz para siempre, tienen convertido en axioma la calificación de los mismos: un delito de lesa humanidad imprescriptible.

Se tardará más o se tardará menos, será en España o en un tribunal internacional, pero las víctimas sepultadas bajo las siete llaves del franquismo recibirán justicia: se reconocerá públicamente el crimen, se juzgará el crimen, habrá veredicto y las víctimas serán reparadas.

Desde que las víctimas se hicieron visibles, las de ETA y las del franquismo, ya nunca pueden volver a ser ocultadas. Basta mantener su memoria para obtener la justicia. Aquí no cabe controversia. La disputa política actual sólo se mantiene viva por la resistencia de algunos con mucho poder para aceptar la evidencia. Por eso es tan significativo el acoso a Garzón (no sé por qué El País ha dejado de utilizar este calificativo y ha pasado a hablar de “caso Garzón”), porque saca a la luz no sólo la envidia, sino a los beneficiados del franquismo, que no soportan la claridad.

Después de Fraga, ¿qué?

Cuando la muerte de Franco ya se veía inminente, Santiago Carrillo reflexionaba sobre el futuro de España en un libro que tituló Después de Franco, ¿qué?. No es que Fraga sea comparable con Franco, ni que el Partido Popular sea la misma cosa que España, pero la desaparición del fundador podría ser tan importante para el Partido Popular, como lo fue la desaparición de Franco para la Dictadura. Por lo pronto, las despedidas y los homenajes tienen muchos paralelismos, aunque tendrá que pasar un poco de tiempo para que se pueda continuar o no con este juego literario de las comparaciones.
Entre las muchas cosas que se han escrito sobre Fraga con motivo de su desaparición, elijo las que escribía Antonio Elorza en El País, donde describía a los dos fragas que hemos conocido: el autoritario ministro de Franco que construyó Alianza Popular y el liberal diputado que renunció al autoritarismo, reconociendo que existían otras ideas. De “tardío descubrimiento” calificaba Elorza a esa aceptación de la libertad por parte de Fraga. Unos días más tarde Carlos Robles Piquer respondía a Elorza con una carta donde dibujaba a un joven y demócrata Fraga, que se introdujo en la Dictadura para transformarla desde dentro, en un proceso exitoso que culminaría con la Transición. De paso, este Robles Piquer aprovechaba para justificar la Dictadura franquista por ser la honorable respuesta a una República desordenada, decadente e injusta. Es el revisionismo perfecto. Es también la prueba del nueve de la ideología del Partido Popular de Fraga, un partido que no ha sido capaz de condenar a la Dictadura franquista y que la sigue justificando.
Por eso, es pertinente la pregunta que nos hacemos: después de Fraga, ¿qué? ¿Será capaz la derecha española, agrupada y feliz en un solo partido, de renunciar a su pasado franquista? La validación del cambio se ejecutará si se atreve a condenar sin metáforas a la Dictadura y a reconocer a sus víctimas, que para la derecha continúan echadas al olvido.
Este cambio lo veo lejano, pero hay otros cambios que podrían producirse. Hace unos meses publiqué un artículo titulado Como si el PP no existiera, donde reflexionaba acerca de la belicosa y rupturista oposición practicada por la derecha con los asuntos más sagrados: el terrorismo, las libertades, la corrupción política o la crisis económica. Durante un tiempo excesivamente largo la derecha nos ha venido convocando al odio sin paliativos. ¿Será capaz de salir de ese agujero?
El discurso del gobierno del Partido Popular cambió radicalmente desde el día de su toma de posesión: el terrorismo pasó a ser un problema común, donde era de agradecer la colaboración de los socialistas; el aborto o el matrimonio homosexual se ocultaron en un cajón de doble fondo; y, sobre todo, la crisis dejó de ser una creación de Zapatero que se resolvía con la sola presencia del PP en el poder, para ser un grave problema internacional que requería el apoyo y la colaboración de toda la sociedad.
Es de agradecer el cambio de discurso, aunque sólo sea por la relajación espiritual que nos proporciona, liberándonos de tener que dar una respuesta a la convocatoria del odio. Pero las ruinas que han quedado atrás tendrán que reconstruirse. ¿Cómo recuperará el Partido Popular el honor del Tribunal Constitucional, del Tribunal Supremo y de la Justicia española? ¿Qué hará para convencer a los dos tercios de españoles que no les votan de que una convivencia ciudadana es posible si se reconoce la pluralidad y la diferencia? ¿Qué incentivos puede ofrecer a cambio de ceder más salario, aportar más impuestos, renunciar a la salud, a la educación o al cuidado de familiares dependientes para superar la reinterpretada crisis económica? Y, sobre todo, la prueba del nueve: ¿cómo va a convencer a ese suelo electoral, cinco millones dicen los estrategas, para el que trabaja incansablemente durante los periodos de desalojo del poder, de que la Dictadura franquista fue responsable de un crimen contra la humanidad que permanece impune? No sé si la desaparición de Fraga será suficiente para que cambios tan profundos puedan tener lugar, pero la derecha española tiene una tarea.