Archivo de la categoría: Memoria de las víctimas

La sentencia 92 de 2014

El alcalde de Valladolid acaba de recibir la enésima sentencia en contra de sus actuaciones. Me refiero a la sentencia 92/2014, de 20 de enero, del Tribunal Superior de Justicia de Castilla y León, que anula la resolución del pleno del Ayuntamiento de 28 de julio de 2010, que negaba la proposición hecha por Izquierda Unida para retirar los símbolos de exaltación franquista de los lugares públicos de Valladolid. La sentencia obliga al Ayuntamiento a cumplir en el plazo de un mes lo que ordena el artículo 15 de la Ley 52/2007, de 26 de diciembre, que conocemos como Ley de Memoria Histórica. Eso quiere decir que tendrá que catalogar y retirar todo símbolo de exaltación del franquismo. Punto.

El alcalde puede encargar la confección del catálogo al “cronista de la villa” o a quien considere conveniente. Lo que no puede es volver a crear confusión hablando de “dos bandos”. Primero, porque la ley y la sentencia sólo hablan de víctimas del franquismo, no de bandos. Segundo, porque lo único que ha sido calificado de régimen criminal por Naciones Unidas, por toda la sociedad mundial y por los jueces españoles es el régimen franquista. No estamos ante un asunto de opinión, ni siquiera de debate historiográfico. Estamos ante resoluciones judiciales firmes, que han recorrido todo su camino.

Este recurso a la equidistancia de las víctimas, que tanto les gusta a los amigos de ETA y al alcalde de Valladolid, fue calificado por Primo Levi, superviviente de Auschwitz, de enfermedad moral, pues lo que busca es confundir a víctimas y verdugos, rompiendo la línea que separa el bien del mal, o sea, terminando con la moral. Esto venía siendo aceptado por gran parte de la sociedad española durante mucho tiempo, pero ese tiempo se ha acabado. La víctimas han venido para estar entre nosotros y ni ETA ni los franquistas volverán a inocularnos la enfermedad moral de la equidistancia.

Marcelino Flórez

El uso de las víctimas

En el mes de enero de 2014 han tenido lugar dos hechos en torno a las víctimas (del terrorismo), dos hechos diferentes pero relacionados, además de simultáneos: por una parte, alguna de las principales asociaciones de víctimas ha visto cómo se desligaban personas representativas y, en un caso al menos, en número elevado. La razón aportada para abandonar las asociaciones ha sido la interferencia política de las mismas. Por otra parte, un sector del PP se ha escindido y ha creado otro partido a causa de la política del gobierno sobre las víctimas.

Los dos hechos, que parecían diferentes, tienen un mismo fundamento: el uso político de las víctimas. Y tienen un solo responsable, el Partido Popular. La bicha que el PP de Aznar creó con motivo del homenaje a Miguel Ángel Blanco en el mes de septiembre de 1997, y que no ha cesado de alimentar sin escrúpulos el PP de Rajoy para ascender al poder, le ha estallado ahora en las manos. En cuanto se ha visto obligado a desatender a esa bicha por la mera obligación de cumplir las leyes en el ejercicio de gobierno, la extrema derecha que era alimentada con el monstruo ha reclamado su botín. En las asociaciones han comenzado a gritar contra el que era su gobierno; en el partido, han creado uno nuevo coherente con lo que venía siendo la política de los populares sobre el terrorismo. Paradójicamente, esa innoble creación de la bicha antiterrorista puede ser quien le dé la puntilla al viejo partido de la derecha franquista.

Eso no impedirá ya nunca el daño, que se ha consumado: las víctimas (del terrorismo) han sido despojadas de su condición, al arrebatarles su inocencia y su universalidad. Convertidas en un instrumento de partido, pasaron a ser caídos de una causa y dejaron de ser víctimas de la humanidad. Por ello, recobrar la dignidad de las víctimas y la universalidad que les corresponde debería de ser la principal tarea de las asociaciones renovadas, no dejándose utilizar nunca más por la derecha, para quien las víctimas siempre fueron un medio para otros fines.

Marcelino Flórez

Zapatero, la Verdad y las Víctimas

En la conferencia inaugural del Seminario Internacional sobre “Transiciones democráticas y calidad de la democracia. Perspectivas comparadas Brasil-España”, que corrió a cargo de José Luis Rodríguez Zapatero, en la Universidad Pablo de Olavide de Sevilla, el día 13 de enero de 2014, hemos podido comprobar que la opción por el silencio sobre los crímenes de la Dictadura Franquista ha pasado de ser una cuestión de ideología política a serlo de conocimiento o ignorancia de la realidad.

El meollo se ha desvelado cuando un miembro del público, que es un público muy sensible al tema del seminario, especialmente el público sudamericano y ese era el caso, preguntó a Zapatero si era partidario de formar una Comisión de la Verdad, a lo que el ex-presidente respondió con un tajante “no”. Eso provocó la intervención de Garzón, que también estaba entre el público, y originó un debate que dejó claras las dos posturas que siguen campando en España sobre la mal llamada memoria histórica.

Zapatero defendió el olvido de la Dictadura por razón de lo que denominó tres pilares irrenunciables, “democracia, consenso, reconciliación”. Refrendó esa opinión, además, con una defensa explícita de la Ley de Amnistía.

Garzón, que es uno de los impulsores de la creación de una Comisión de la Verdad en España, también tenía tres pilares, aunque bien distintos, para su argumentación, “víctimas, justicia y reparación”. Reclamó, efectivamente, justicia para reparar a las víctimas; y, en su defecto, como ocurre en España con las víctimas del franquismo, una Comisión de la Verdad, donde las víctimas puedan, al menos, expresar en público su dolor, que es un primer acto reparador.

No se trata de dos opiniones distintas sin más, se trata de la diferencia que existe entre el conocimiento y la ignorancia de la realidad, como decía, porque hoy no estamos hablando en 1978, sino en 2014; y porque no se pide una Comisión para juzgar a la Transición, sino para reparar a las víctimas, que siguen sin recibir justicia. En 2014 no se necesita consenso para implantar la democracia y reconciliar a dictadores con demócratas. Eso, en todo caso, sería en 1978. Ahora hablamos de otras cosas.

Para entender la ignorancia culposa de Zapatero, hemos de recordar que en 1978 no teníamos conciencia de lo que significaban las víctimas, es más, no teníamos conciencia de que existían víctimas. La guerra fría había congelado el pensamiento de Walter Benjamin y de sus amigos, críticos del nazismo, y seguíamos, en palabras de Hegel, “pisoteando las florecillas a los lados del camino” para alcanzar nuestros objetivos sin sentir escrúpulos, aunque fuesen nobles esos objetivos, como lo era la institución de la democracia.

Tampoco reparamos en 1978 en las consecuencias del olvido, que fueron la impunidad para el franquismo y la injusticia para sus víctimas. Por eso, el fallecido Rafael del Águila decía que la Transición había dejado algunos “problemas no resueltos: reparar a las víctimas, componer deficiencias institucionales, romper hegemonías discursivas o mejorar la capacidad de juicio ciudadano”. En los últimos años y meses esos “problemas no resueltos” se hacen más evidentes y no es necesario insistir en razonarlo, porque ya lo hace el CIS con sus encuestas. Esto no es ningún juicio a la Transición, sino una descripción de la realidad. Una cosa es lo que se hizo y otra bien distinta es seguir valorándolo con los mismos criterios, después de la transformación que ha tenido el conocimiento. Precisamente, este era el déficit que denotaba Zapatero.

Aún hay otro elemento más, también novedoso, que desdice al ex-presidente. En 1978 la mayor acusación que podía hacerse al franquismo era la de fascismo, régimen condenado por Naciones Unidas. En 2014, sin embargo, sabemos que el franquismo es responsable de crímenes contra la humanidad, como ha refrendado el propio Tribunal Supremo precisamente en la sentencia absolutoria de Garzón, y esto cambia también las cosas. No es lo mismo echar al olvido una dictadura fascista, que unos horrendos e imperecederos crímenes contra la humanidad. Pues ya lo ven, Zapatero no sabe que estamos hablando de esto.

Marcelino Flórez

ETA y las víctimas

El comunicado de los presos etarras (EPPK) del día 28 de diciembre de 2013 contiene dos elementos bien diferentes: Uno se refiere a la estrategia y el otro a la doctrina. En cuanto a la estrategia, el comunicado da un paso importante hacia el final de la violencia, al aceptar la legislación vigente en el Estado, al reconocer el daño causado y al asumir la responsabilidad derivada, permitiendo a cada individuo tomar las decisiones que considere convenientes. Este paso abre el camino para la entrega de las armas y para la disolución de la banda. Es, por lo tanto, una buena noticia.

Respecto a la doctrina, sin embargo, la noticia parece una inocentada. Falta el reconocimiento de que el terrorismo es un mal radical y, al mismo tiempo, un error político. Y es un error porque deja quebrada a una sociedad si no para siempre, sí para mucho tiempo. Las consecuencias políticas del terrorismo (el exilio de los perseguidos, el silencio atronador de la mayoría y la inmoralidad, aceptada por parte de esa mayoría) son duraderas. Para comprobarlo, basta con mirar hacia el franquismo.

Además de este déficit, el comunicado contiene lo que Primo Levi calificó de enfermedad moral: la búsqueda de equidistancia entre víctimas y verdugos. Esta equidistancia se refleja en el uso persistente de dos conceptos: “daño multilateral” y “conflicto político”. Si el daño es multilateral, de ETA y del Estado (o, quizá, de ETA y de la sociedad española), la solución es el pacto y el olvido. De esa manera, se cierra el conflicto político.

Pero desde que se aprobó la Constitución de 1978, en Euskadi no hay más conflicto político que la libérrima decisión de ETA de optar por el terrorismo como vía para hacer triunfar sus opiniones. Aquí la responsabilidad es exclusiva de los etarras y de los que se aprovecharan de la rebusca de nueces caídas a los lados del camino o en retaguardia (del mismo modo que en 1936 toda la responsabilidad está en los que organizaron, ejecutaron y acompañaron un golpe de Estado y una Dictadura criminal). Si falta este reconocimiento, podrá terminarse con la violencia armada, pero no se habrá dado un solo paso hacia la reconciliación social.

Alguna gente bondadosa hablaba al día siguiente del comunicado de la necesidad de buscar la convivencia y no el odio, reclamando expresamente el “espíritu de la Transición”. Y es aquí donde yace el error. Aquel “espíritu” se concretó en el olvido o amnistía del pasado y ya conocemos sus efectos: la Dictadura franquista no sólo obtuvo la impunidad, sino que nunca ha sido condenada y a la vista de todos están las consecuencias para sus innumerables víctimas. El terrorismo, por su parte, ya vimos cómo respondió al olvido.

Nada, pues, de olvido, sino justicia y memoria para las víctimas. Bien entendido que esto no se parece, ni por asomo, a lo que demanda una determinada asociación de víctimas, la AVT, que reclama venganza y alienta el odio (a lo que, en mi opinión, tiene derecho). En algunas pancartas de esta asociación, el mismo día del comunicado se podía leer “Justicia para un final con vencedores y vencidos”. Yo también tengo familiares víctimas del terrorismo etarra, pero tienen muy claro que corresponde a los jueces y a los parlamentos establecer la justicia, no a las víctimas. La memoria y la dignidad de las víctimas es algo bien diferente y se pierde cuando se utiliza a las víctimas para defender las propias ideas políticas o para otros fines, como viene ocurriendo en España con la extrema derecha desde hace tanto tiempo. Esto obstaculiza tanto el camino de la paz, como el fin de la enfermedad moral del terrorismo.

Marcelino Flórez

ETA, Carrero y CC.OO.

 

Como expliqué en proceso-1001, la Memoria de la sociedad española en 2013 se fijó el 20 de diciembre en ETA y en Carrero, pero no en las Comisiones Obreras. Eso está lleno de significados y nos sirve, entre otras cosas, para entender la diferencia entre memoria oficial del pasado y rememoración de las víctimas, diferencia que no logramos hacer comprender por mucho que nos empeñamos.

Olvidar a las Comisiones Obreras en 2013 se relaciona enteramente con el acoso que está sufriendo el sindicalismo en la presente crisis por parte del capitalismo global, representado en este caso no sólo por la barbarie del Partido Popular, sino también por ese neoliberalismo blando que domina en los medios “progresistas” y en la socialdemocracia europea.

Me preocupa más, sin embargo, la rememoración del binomio ETA-Carrero. Observemos que si ese hecho se considera prioritario es porque se piensa que son los individuos los que determinan la marcha de la historia y, lo que es lo mismo, el orden social vigente. ¡Cómo se contradice esto con lo que estamos viendo a diario y que lo expresamos como imperio del mercado! Así nos va, con los análisis que hacemos.

Pero mi interés se centra en la otra consecuencia que se deriva de la Memoria Histórica Española en este 20 de diciembre, la que nos llevaría a reconocer que la estrategia de ETA era la correcta. Y no me refiero al terrorismo en tanto que estrategia, que, desde luego, no se puede juzgar lo mismo en democracia que en dictadura: ni políticamente, ni éticamente es lo mismo, aunque a posteriori no pueda justificarse desde ningún punto de vista, conocidas las consecuencias. Me refiero a la estrategia política de eliminar a los individuos y a las organizaciones sociales.

Entiendo que quienes consideran que la historia la deciden los individuos encuentren lógica la decisión de eliminar a Carrero, si se pretendía acabar con el franquismo de esa manera, pero no cabe la misma lógica respecto a las Comisiones Obreras. Y cuando ETA eligió el 20 de diciembre para asesinar a Carrero, sabía que ese día había un juicio contra los sindicalistas, que estaba siendo observado por todo el mundo democrático. Con su acción, logró ocultar el Proceso 1001 en 1973 … y en 2013.

¿Era sólo propaganda lo que buscaba? Podríamos pensar que sí, si no hubiéramos visto caer a tantos sindicalistas de las Comisiones Obreras a manos de ETA, fuesen funcionarios de prisiones, periodistas o meros dirigentes destacados. No tengo la relación de esos asesinatos selectivos, aunque sí conservo en mi mente algunos rostros y nombres, pero no me cabe duda de que un objetivo consciente de ETA, como de otras organizaciones terroristas, eran los movimientos sociales que no controlaba. Recordad a Madre Coraje de Villa El Salvador, en Lima, asesinada por Sendero Luminoso.

A juzgar por la Memoria Histórica Oficial Española, ETA ganó también esa batalla. Por eso, nuestra obligación moral es seguir rememorando a las víctimas olvidadas, de las que ya empiezan a formar parte los sindicalistas. Los del Proceso 1001 se llamaban: Marcelino Camacho, Nicolás Sartorius, Francisco García Salve, (El Cura Paco), Fernado Soto, Luis Fernández Costilla, Pedro Santiesteban, Juan M. Muñiz, Francisco Acosta, Eduardo Saborido y Miguel A. Zamora.

Marcelino Flórez