Borrar los nombres

En el contexto de la celebración del Día Internacional de las Víctimas de Desapariciones Forzadas y los Represaliados, la ARMH organizó unos actos en León para el día 12 de septiembre, conmemorando al mismo tiempo sus quince años de existencia.

Entre las actividades previstas, el artista leonés, Luis Melón Arroyo, había preparado una teatralización conmemorativa sobre la prisión franquista de San Marcos. Consistía en escribir con tiza en la plaza del monasterio los más de 6.000 nombres de represaliados que sufrieron allí prisión.

Consistía en escribir y en hacerlo con tiza, para que fuesen borrados por las pisadas de la gente, “un símil -decía el autor a la prensa local- de la actual desidia del gobierno y las instituciones sobre los represaliados, las fosas y cualquier cosa que tenga que ver con la memoria histórica”.

A las 8 terminaron de escribir los nombres y a las 12 el camión de la limpieza municipal los borró con un potente chorro de agua. No se pudo cumplir el objetivo: que fuesen borrados por las suelas de los zapatos de la gente.

Dice el alcalde, entre pintorescas disculpas, que atruenan por su hipocresía, que en todos los sitios se limpia. Este alcalde se llama Antonio Silván y durante mucho tiempo fue el Consejero mejor pagado de la Junta de Castilla y León, queriendo dar a entender con esa enorme paga que era un “técnico”, oponiéndolo al concepto de político. Pero en la primera ocasión ha demostrado que es un político de los peores, un político franquista y sin un ápice de capacidad técnica.

Las víctimas del crimen contra la humanidad que cometió el franquismo claman con renovada fuerza desde todos los puntos cardinales y no hay chorro de agua que pueda apagar el grito reclamando justicia. Llegará la Comisión de la Verdad, llegará la condena del franquismo en las leyes, llegará la reparación de las víctimas y los que siguen aparando el olvido borrando los nombres con un chorro de agua terminarán relegados al vertedero de la historia para desprecio eterno de las gentes con las conciencias limpias.

Marcelino Flórez

La responsabilidad de Pemán

Las hijas e hijo de José María Pemán han anunciado una demanda contra la concejal de IU en el Ayuntamiento de Jerez, Ana Fernández, por referirse a su padre como “fascista, misógino y asesino” durante el debate sobre la retirada de un busto de aquel escritor en el teatro Villamarta, busto que había colocado el Partido Popular un año antes. El anuncio ha levantado una polvareda con las reacciones. ¿Cuál es la razón?

Está tan instalada la justificación del franquismo en nuestra sociedad, que una buena parte de ella considera este escándalo de las hijas e hijo de Pemán, seguramente sincero, como una cosa normal y hasta evidente. Dice la familia que pretende restaurar “el honor y la dignidad, tan gravemente mancillados”. Pero, para que exista falta contra el honor, lo que ha dicho la concejala tiene que ser falso y, por lo tanto, ser un insulto o una calumnia, según el caso. No sé si Pemán era misógino, estando su casa, como estaba, tan llena de mujeres. Lo que sí sé es que era fascista, como manifiestan reiteradamente sus escritos y sus declaraciones. Fue, además, miembro del Consejo Nacional de FET y de las JONS, lo que, sin duda, requiere un buen grado de fascismo. Parece que por ahí no hay insulto, ni ataque a la dignidad, ni falta a la verdad.

La clave del conflicto está en el término “asesino”. Yo no sé si Pemán mató a alguien alguna vez con alevosía y premeditación. Parece que se dedicó más a las arengas, en las que, entre otras cosas, decía: “ La idea de turno o juego político, ha sido sustituida para siempre, por la idea de exterminio y expulsión”. Palabras fuertes y no exentas de responsabilidad en aquellos turbios días de guerra. Sí sé, en cambio, que José María Pemán ocupó cargos de responsabilidad en las instituciones franquistas y que dictó normas que condujeron a la muerte premeditada de muchas personas. En concreto, Pemán fue nombrado por Franco “ministro” en la primera Junta Técnica del Estado, encargándole la “cartera” de Comisión de Cultura y Enseñanza. Desde ese cargo dictó las instrucciones del 7 de diciembre de 1936 a los vocales de las Comisiones Depuradoras del personal docente. Esta norma organizó definitivamente la depuración del magisterio, profesorado de institutos y de universidad, tanto en centro públicos como privados. El resultado de esa depuración en la provincia de Valladolid, por ejemplo, que María Jesús Izquierdo acaba de publicar (“Pizarras vacías”) se resume así: 225 docentes represaliados en la provincia; de ellos, 4 exiliados y 63 con represión física; de éstos, 18 asesinados extrajudicialmente, 4 fusilados, 37 encarcelados, 2 muertos en la cárcel, 1 tal vez suicidado, 1 desaparecido. Alguna criminalidad sí debió resultar de aquella normativa, según parece.

“Lo que ocurre en España -escribía Gabriel Jackson en El País el 3 de noviembre de 2008-, una parte importante del problema es que la sociedad española en su conjunto no ha juzgado la dictadura de Franco como régimen criminal, en el mismo sentido en que Alemania condenó el régimen nazi, Suráfrica condenó el apartheid y Estados Unidos condenó la esclavitud y el siglo de segregación que siguió al fin de la esclavitud”.

Eso decía Jackson en 2008 y sigue siendo así, pero hay alguna novedad. Aunque la sociedad española no ha asumido la criminalidad del franquismo, la historiografía viene certificando ésta, nombre a nombre, desde los últimos quince años; y, lo que es más importante, los jueces han calificado finalmente al franquismo como responsable de crímenes contra la humanidad. Lo ha escrito el Tribunal Supremo en el razonamiento quinto de la sentencia 102/2012, por la que absuelve a Garzón de la denuncia por prevaricación: “Los hechos anteriormente descritos, desde la perspectiva de las denuncias formuladas, son de acuerdo a las normas actualmente vigentes, delitos contra la humanidad en la medida en que las personas fallecidas y desaparecidas lo fueron a consecuencia de una acción sistemática dirigida a su eliminación como enemigo político”.

Para que la sociedad española asuma definitivamente la realidad de aquella dictadura, nacida de aquella guerra, provocada conscientemente por un grupo de generales con apoyos civiles e internacionales, es preciso que Las Cortes que nazcan de las próximas elecciones creen una Comisión de la Verdad, que establezca las conclusiones universal y científicamente consensuadas, de manera que se pueda emprender un camino de normalización de la vida política en España.

Marcelino Flórez

 

Confluencia es el concepto

El 5 de agosto se celebró una tercera asamblea pública en Valladolid convocada por lo que va llamándose “ahora en común”. El objetivo principal era dotarse de un nombre para ir funcionando en las redes y ante la sociedad. Se hicieron dos votaciones. En la primera, se seleccionaron dos nombres, que fueron Ahora en Común y Asamblea por la Confluencia en Valladolid. En la segunda votación salió vencedor el segundo nombre, para ser revisado en una próxima asamblea. Se explicó muy bien el sentido de la propuesta: provisional, porque eran pocas personas; y Asamblea por la Confluencia, con el fin de no prejuzgar ubicaciones respecto a otros movimientos, de manera que nadie pueda encontrar aquí una excusa para no participar. No obstante, el espíritu unánime de cuantas personas se manifestaron coincidía con lo que en Castilla y León o en España ya se denomina Ahora en Común.

Yo, que milito en un partido y que estoy inscrito en el censo de Valladolid Toma La Palabra, tengo que decir que la gente que dirigía la asamblea es nueva, no son dirigentes conocidos ni de IU ni de Equo ni de VTLP. Eso tiene alguna virtud, pero también puede tener algún inconveniente. Lo primero, puede iniciarse el movimiento con cierta bisoñez o ingenuidad, aunque ese defecto conlleva la virtud de la frescura y la renovación. Sólo veo un peligro, que la denominación pudiera ser secuestrada, como ocurrió hace un año justo con “ganemos Valladolid”. La verdad es que no adiviné ninguna mala intención, sino ganas de participación y de acogida. Había muy poca gente, por eso la próxima asamblea, además de bien preparada y numerosa, debería ajustar principios normativos, como se ha hecho en otras ocasiones, que eviten los peligros de un secuestro.

Atendiendo a lo que se va organizando, a lo que se va escribiendo o diciendo y a las primeras prácticas, ya podemos anotar algunos elementos del movimiento cívico que se está configurando bajo el signo de la confluencia.

En primer lugar, lo impulsa, como acabamos de decir, gente nueva. Se ha visto acompañada enseguida de lo que se mueve en la vida política y social, pero la iniciativa ha sido de la gente. El inconveniente es la ausencia de liderazgos, algo en lo que habrá que pensar pronto, porque las sociedades humanas no caminan sin líderes. Pero la primera nota del movimiento es la frescura y la novedad, sin renunciar a la experiencia adquirida en las anteriores elecciones municipales.

Una segunda característica es que el movimiento no es de partidos. Es más, me temo que un grupo no pequeño de gente participante sea emocionalmente antipartidista. Eso no quiere decir que no haya buena disposición para acoger a las personas que militan en partidos, ni que se renuncie a aceptar la aportación de su eficacísima ayuda, siempre que sea de forma gratuita, sin pedir nada a cambio. Todo parece indicar que las asambleas no van a ir por la vía de la coalición de partidos, sino más bien por la creación de una nueva figura, libre enteramente de la dependencia de cualquier partido, sea cual sea su antigüedad.

En una reciente entrevista, Pablo Soto, miembro de ‘Podemos’ y concejal de Ahora Madrid, reconocía que “hay un afuera de Podemos enorme”. Y este es el verdadero punto de partida del nuevo movimiento: o confluye la diferencia desde el respeto a la misma o no hay unidad. Izquierda Unida ha tardado veinte años en entenderlo, afirmando hasta ayer mismo que ella era la casa común. De forma insólita y paradójica, ‘Podemos’ ha retomado ese discurso fracasado de Izquierda Unida y exige ser reconocido como la nueva casa común. Pues, no. O se reconoce la diferencia, como ha hecho Pablo Soto, y se respetan las identidades o no hay unidad. De modo que cuanto antes se deje de hablar de “unidad popular” y de “frentes populares”, mucho mejor. El concepto es confluencia. De los partidos se pide que acudan y lleven a su gente a las asambleas, pero que dejen fuera cualquier veleidad de hegemonismo.

En tercer lugar, el nuevo movimiento pide poco. Si tuviese que sintetizar lo que llevo oído o leído, lo haría con dos conceptos: regeneración democrática y garantía de derechos básicos. Muy poco, pero al mismo tiempo muchísimo, pues eso incluye el fin de la corrupción, la democratización de la ley electoral y una reforma significativa de la Constitución. Realmente, hay que ir despacio, porque esto nos lleva muy lejos.

Al ser la demanda tan débil, la ideología de la confluencia queda difuminada (lo mismo que ocurrió el 15M y lo mismo que lleva a Errejón a decir que no es de derechas ni de izquierdas), sin que pueda presuponerse que esa ideología resulte ser la suma de las ideología de los partidos y movimiento participantes. Únicamente el programa servirá de referencia, además del código ético de que se dote la confluencia y, por supuesto, los métodos y la acción.

Quiero destacar un último elemento del nuevo movimiento, la conciencia de la relación estricta que hay entre el fin y los medios o, como decía Gandhi, que el fin está en los medios como el árbol en la semilla. Esta es la razón por la que opta por la democracia deliberativa, porque no se trata de imponer un pensamiento, sino de convencer de la bondad de una propuesta para la mayoría. Y por eso mismo, las candidaturas sólo pueden crearse mediante primarias abiertas y no a través de propuestas de los partidos, sean éstos nuevos o viejos, y por ello el programa debe hacerse de forma dialogada y participativa.

No puedo entender cómo, habiendo tanta enjundia en el movimiento En Común, los medios de comunicación sigan empeñados en presentarlo como un interés, una propuesta o una engañifa de Izquierda Unida frente a ‘Podemos’. O no se enteran o tiene muy malas intenciones.

Marcelino Flórez

 

Nombres de las calles o Comisión de la Verdad

Casi todos los días después de las elecciones municipales hay alguna noticia de un pueblo o ciudad que dispone cambiar los nombres franquistas de sus calles. Bien está. Pero eso es una cosa insignificante ante el problema de derechos humanos con el que se relaciona. Para entender bien las cosas, es necesario precisar dos aspectos distintos que se suelen juntar bajo el equívoco concepto de memoria histórica.
La memoria es la facultad humana que recuerda y retiene el pasado. La actividad de la memoria tiene, entre otras, una función identitaria: hace posible tener conciencia de sí mismo y del grupo social de pertenencia. La sociología estudió esta función identitaria bajo el nombre de “memoria colectiva” (M. Halbwachs). La Escuela historiográfica de los Annales indagó también sobre ese campo de estudio, al que aplicó de forma imprecisa el nombre de “memoria histórica”, aunque también se usaron otras denominaciones, como “políticas de la memoria”, “lugares de la memoria” o “uso público de la historia”. Ese campo de estudio se ocupaba de los elementos del pasado que constituyen el patrimonio identitario de un “pueblo” o “nación”; uno de esos elementos son los nombres de las calles, que desde el siglo XIX buscaron reflejar grandes hazañas o personajes del Estado-Nación. Los franquistas, desde luego, llenaron calles y edificios con los nombres y estatuas de sus héroes. Ahora que el franquismo ha sido ya reconocido, en la norma y en sede judicial, como un crimen contra la humanidad, lo lógico es retirar de los espacios públicos los recuerdos de aquel crimen y de sus ejecutores. Está bien.
Pero cuando los dirigentes rememoraban el pasado de sus “pueblos”, siempre se olvidaban de las derrotas. No suele haber muchas calles que se llamen, por ejemplo, Pérdida de Cuba y Filipinas. De los vencidos y derrotados nunca se hablaba. Los antiguos, incluso, ordenaban olvidar las desgracias pasadas. Así fue como se relegó al olvido a vencidos y víctimas, hasta que Walter Benjamin, reflexionando sobre ese pasado selectivo para entender la llegada del nazismo, descubrió a las víctimas y las recuperó para el conocimiento del pasado. De esa manera, introdujo el fundamento de un nuevo derecho humano, el derecho a conocer la verdad, que ha sido recogido finalmente por las Naciones Unidas en el Conjunto de principios para la protección de los Derechos Humanos mediante la lucha contra la impunidad, que la Comisión de Derechos Humanos elaboró el año 2005.
Este segundo elemento, que suele ir oculto o inconsciente bajo el concepto de memoria histórica, es el que a mí me interesa, la rememoración de las víctimas. En lo que al franquismo se refiere, el cambio de nombres en las calles es una acción necesaria pero mínima, porque la tarea importante es forzar que se forme una Comisión de la Verdad, donde personalidades independientes y diversas establezcan la verdad de los crímenes franquistas y también, en capítulo aparte, los crímenes cometidos por los republicanos. Todas y cada una de las masacres en todos y cada uno de los pueblos de España tienen que ser conocidos, con las personas responsables de ordenar, ejecutar y colaborar para cometerlos. Habrá de establecerse también el calificativo que cada uno de esos crímenes merece y el recorrido jurídico, social y político que han seguido.
Establecida la verdad, primer acto reparador para las víctimas, habrán de seguirse los actos legislativos y judiciales que correspondan. Pero la verdad oficial dará fin a la ofensa a la dignidad de las víctimas, que aún hoy hemos de soportar a dirigentes e, incluso, a portavoces políticos; y en la escuela, por fin, se enseñará a la infancia y a la juventud el crimen contra la humanidad que recorrió a España durante buena parte del siglo XX. Esta es la tarea.

‘Podemos’, guión, lo demás

Hace unos días la presentadora de las noticias vespertinas de TV-Castilla y León enunció así una información: “Podemos se entrevista por primera vez con el Rey”. Yo esperaba ver a Pablo Iglesias, pero a quien vi fue a la alcaldesa de Madrid. ¿Cuántas veces tendrá que decir Manuela Carmena que no es de ‘Podemos’? ¿Cuántas veces habrá que explicar lo que es Ahora Madrid? ¿Quedará alguien que no sepa que ‘Podemos’ entró en Ahora Madrid tarde y a empujones o que no hay más de cinco concejales de ‘Podemos’ entre los veinte de la candidatura elegida?

Puede ser que la directora del informativo castellano-leonés sea simplemente ignorante. Muchos periodistas, puede que bienintencionados, desde luego lo son y, por eso, confunden la información. Pero yo quiero ver aquí intenciones. Alguien trata de identificar al movimiento cívico que ha llegado a los Ayuntamientos con ‘Podemos’. Y eso busca alguna rentabilidad. En Valladolid, donde los periodistas no pueden decir ‘Podemos’, dicen Izquierda Unida para referirse a Valladolid Toma La Palabra, donde confluyen, al menos, tres partidos políticos, mucho movimiento social y muchísimas personas. Una cosa está clara: se pretende ocultar la base social que sustenta al nuevo movimiento político. Y lo están consiguiendo, porque algunos amigos, estos sí, bienintencionados no salen del error.

Contribuyen a esta ceremonia de la confusión las encuestas electorales. Por ejemplo, los de Demoscopia han decidido preguntar por ‘Podemos’, Izquierda Unida y “otros más blanco”. Una persona izquierdista, consciente y conocedora de la realidad, que resultase encuestada, tendría que elegir “otros”, si su voto no fuese exactamente para ‘Podemos’ o para IU. Muchas de esas izquierdistas, que ya han decidido prescindir de IU en la respuesta, pueden optar por ‘Podemos’, aunque sólo sea por proximidad. Así, las imprecisas encuestas nos dibujan un panorama político, que puede no coincidir exactamente con la realidad, sino con una construcción muy interesada de la misma.

Contribuye también a la ceremonia de la confusión el mensaje de ‘Podemos’. No se debe olvidar el artículo de Errejón en el número 225 de Le Monde Diplomatique en español. Decía allí, entre otras cosas, que había que prescindir del movimiento social para poder acceder al poder, ya que los destinatarios del mensaje son la gente corriente o “pueblo no representado”. Y es aquí donde la ceremonia juega de forma consciente. En las pasadas elecciones municipales el verdadero triunfo lo consiguieron las plataformas ciudadanas, en las que los movimientos sociales eran protagonistas. Donde ‘Podemos’ no quiso entrar y se enfrentó electoralmente con esas plataformas, como es el caso de Valladolid, ganaron las plataformas. En muchas de ellas, sin embargo, terminó entrando y eso es lo que justifica la confusión informativa, que ‘Podemos’ cultiva con notable éxito. No debemos olvidar tampoco que esta es la segunda columna, después de la “gente indignada” y no representada, en la que se basa la construcción de ‘Podemos’, a decir de Errejón: “la acción en los medios de comunicación para crear el espacio de identificación, conscientes de que la política no depende de ninguna condición social previa”.

No sé cuánto tiene de consciente, pero ‘Podemos’ está escenificando un proyecto para diferenciarse del movimiento social y lo está haciendo a través de la “acción en los medios de comunicación”. Este es el teatro en el que nos hallamos. Esta vez ‘Podemos’ no quiere que la ciudadanía organizada se le adelante, como ocurrió en las elecciones municipales, por eso ha rechazado con prontitud cualquier diálogo con IU y ha propuesto elecciones primarias de distrito único. Ocurre, sin embargo, que ahora la ciudadanía está organizada en sus plataformas y no hay trampa que pueda apresarla. Lo veremos pronto, aunque la gente corriente tardará en percibirlo, que para eso están los medios de comunicación hegemónicos, para ocultar lo que ocurre. Estemos advertidos y no nos dejemos enredar en debates estériles y retardadores, como ocurrió hace un año, consiguiendo que una mayoría de gente no llegase a tiempo de diferenciar las ofertas electorales, sino sólo las marcas.

Marcelino Flórez

Memoria de las víctimas, Historia y Política