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La definición de ‘Podemos’. -Comentario de texto-.

 

Íñigo Errejón, el tercero de la jerarquía de ‘Podemos’ y diputado electo europeo, ha explicado en el número 225 de la edición española de Le Monde Diplomatique “¿Qué es ‘Podemos’?”. Haremos un comentario de texto, siguiendo un método que ensayé durante muchos años con el alumnado de secundaria: análisis del texto, que incluye una lectura comprensiva, un esquema y un resumen; idea principal e ideas secundarias; y explicaciones de esas ideas.

El resumen del texto, después de leerlo y esquematizarlo, podría ser como sigue. Debo pedir disculpas por la densidad conceptual, pero el artículo comentado no permite otra cosa:

I. En el contexto de la crisis económica y política, se realizaron importantes manifestaciones sociales, que “el bloque de poder” resistió con facilidad. Eso produjo un desánimo, traducido en “descontento inorgánico” a causa de la escasa organización de la sociedad civil. Las elecciones europeas celebradas en ese contexto tuvieron una lógica doméstica, de lo que resultó el descalabro de los “partidos dinásticos” o “del turno” y la aparición de un nuevo espacio, donde se situó ‘Podemos’, que recogió un voto de diversa procedencia, a veces de procedencia “inimaginable”, aunque prioritariamente provino de antiguos votantes socialistas.

‘Podemos’ es, entonces, la “herramienta para la unidad popular y ciudadana”, que logró articular el descontento flotante. Fue ideado por un grupo de personas procedentes “del activismo y de la Universidad”, conscientes de que España estaba viviendo un cambio de régimen (fracturas de consensos, desarticulación de identidades), que favorecía “un discurso populista de izquierdas” con voluntad mayoritaria, lo que había venido a ser posible gracias al “clima impugnatorio de las élites” que consiguió el 15-M-2011.

Los teóricos fundamentaron el proyecto en tres columnas:

a) “los indignados” (o “gente plebeya” o “pueblo no representado”), producto cultural surgido del 15-M que supera “las metáforas izquierda y derecha”;

b) la acción en los medios de comunicación para crear el espacio de identificación, conscientes de que la política no depende de ninguna condición social previa (eufemismo del autor para referirse a la conciencia de clase);

c) el modelo de los procesos latinoamericanos o “nuevas mayorías nacional-populares” (“hemos reconocido que sin aquel aprendizaje, ‘Podemos’ no habría sido posible”).

Y decidieron prescindir de tres “tabúes” de la izquierda:

1. el de lo “social” o construcción de un movimiento social previo a la política, optando por construir la oferta “desde arriba”;

2. el del liderazgo, aceptando llevar la fotografía hasta en la papeleta del voto;

3. el rechazo del eje izquierda-derecha, sustituído por la transversalidad, gracias a oposiciones del tipo “democracia-oligarquía”, “ciudadanía-casta” o “nuevo-viejo”.

El proyecto tuvo éxito el 25-M-2014 y ‘Podemos’ se convirtió al mismo tiempo en un proyecto de esperanza y en un mundo de interrogantes, cuyo triunfo dependerá de la audacia de sus militantes.

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II. Según uno de los fundadores, por lo tanto, ‘Podemos’ es una construcción intelectual que se autocalifica como populismo (de izquierdas) y como transversal ideológicamente, que busca el apoyo de la gente indignada (o descontento inorgánico) a través del uso de la propaganda tanto en las modernas redes de comunicación, como en los medios tradicionales, y a través de la imagen de los líderes.

Debe destacarse en esta idea la transversalidad o indefinición ideológica, expresada en dicotomías del tipo democracia versus oligarquía o ciudadanía versus casta, muy acordes con el público al que se dirige (pueblo no representado o gente plebeya).

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III. El exitoso experimento de ‘Podemos’ está basado en un análisis científico y muy correcto de la realidad. Efectivamente, la sociedad española vive una crisis política, que tiene todos los visos de anunciar el final del régimen de la Transición: el consenso ha sido aniquilado a causa de la forma de oposición ejercida por el Partido Popular y refrendada con su ejercicio de gobierno, enteramente alejado de todo movimiento social y del resto de los partidos políticos; el bipartidismo dominante está en quiebra y la demanda de una reforma del sistema electoral es ya un clamor; la desconfianza en todas las instituciones del Estado se ha extendido por doquier, como reconocen las encuestas del CIS, y el sistema de autonomías territoriales hace también agua. La reforma de la Constitución se ve como inevitable, pero “el bloque de poder” se resiste a hacerlo, y ahí cobra fuerza el grito de “no nos representan”.

Sobre la crisis política se ha extendido la fortísima crisis económica, que ha roto en pedazos el orden social vigente, extendiendo el paro y el empobrecimiento. Las protestas han sido desoídas y aun despreciadas y fue ahí donde nació el grito de “no nos representan”. Todo ello, en una sociedad muy poco articulada, lo que ha conducido a ese “ánimo destituyente, difuso y fragmentado”, que dice Íñigo Errejón. Los “indignados” son un grupo hasta ahora desorganizado, desconocedor de las formas de asociación y de participación social vigentes, que de pronto ha visto perdida la seguridad que le ofrecían el Estado del Bienestar y un entorno familiar acogedor. ‘Podemos’ se ha dirigido a esa población y ha logrado captar su apoyo y, tal vez, logre organizarla.

Los creadores de ‘Podemos’ han prescindido de la ideología y han optado por el populismo, que han expresado con los términos de democracia o de ciudadanía y, a veces, simplemente con el término pueblo. También lo han formulado con conceptos opuestos, que son los que han logrado mayor impacto mediático, como son los términos oligarquía y, sobre todo, casta. Pero, ¿no existe más ideología bajo el manto de un difuso “activismo” o de la profesionalidad de unos jóvenes “universitarios”? Aquí, Errejón deja de decir algo, que es mucho más preciso que la equívoca referencia al nacional-populismo de los procesos latinoamericanos, deja de nombrar al partido Izquierda Anticapitalista, quien, por su parte, sí se arroga un gran protagonismo en la génesis de ‘Podemos’, como lo expresa en un comunicado que emitieron el día 23 de junio de 2014 (“Izquierda Anticapitalista impulsó el proyecto de PODEMOS inicialmente junto con Pablo Iglesias y otras personas de su entorno. Nunca hemos ocultado ni vamos a ocultar que participamos en esta iniciativa, porque nos sentimos plenamente identificados con PODEMOS.”) y que puede leerse en su página web (http://www.anticapitalistas.org/spip.php?article29801). La fuerte presencia de los anticapitalistas se constata también por los muchos nombres de ese partido que formaban la lista electoral europea y se pudo notar igualmente en la difusión de la propaganda electoral, donde esa infraestructura política cumplió un papel esencial,como puede comprobar quien lo desee, comparando la incidencia de ‘Podemos’ en Burgos, donde Izquierda Anticapitalista tiene un grupo muy organizado, con la incidencia, por ejemplo, en Valladolid. Además, Izquierda Anticapitalista, por primera vez en su historia, no se presentó a las elecciones europeas, cediendo todo su espacio político a la nueva fórmula. El éxito del resultado es indudable, aunque los ocultamientos no sean buenos augurios.

Poco a poco se va desvelando el proyecto ‘Podemos’, más allá de la propaganda mutua que se hace con el Partido Popular a través de los insultos y de los debates, pero será la práctica la que haga concretar la ideología oculta, cuando “democracia” tenga que traducirse en votar a favor o en contra de una propuesta parlamentaria. También habrá un desvelamiento cuando tenga que concretar un programa municipal y, más, si se ven obligados a confrontarse con iniciativas ciudadanas abiertas. Esa sí será una prueba de fuego. Veremos.

Marcelino Flórez

 

¿Qué república y que rememoración?

Los republicanos de 1930 buscaban reformar la sociedad en un sentido, más o menos, regeneracionista: modernizar el ejército, actualizar la educación, promocionar la cultura, proporcionar eficacia a la agricultura, terminar con la confesionalidad del estado, reducir las diferencias sociales. Ni socialistas ni anarquistas eran republicanos, espacio que estaba reservado para la “burguesía progresita”. Socialistas y anarquistas eran revolucionarios, tarea que le correspondía “la clase obrera”: terminar con el ejército, socializar la educación y la cultura, colectivizar la tierra, acabar con la religión, implantar la igualdad social. Respecto a la República, se limitaban a discutir si pactar o no con sus partidarios alguna cosa concreta. Los socialistas comenzaron esos pactos en 1910 y los fortalecieron desde 1931; los anarquistas no pactaron nunca.

De estas cosas, con otros criterios, trata Santos Juliá en su artículo en El País del día 19 de junio de 1914, que titula “Una tradición inventada”. La tesis de Santos Juliá es que eso de la República es una invención de los comunistas en algún momento posterior a 1978. Su tesis y su artículo, rigurosa y estrictamente correctos en lectura historiográfica, necesitan ser leídos también en clave presentista, es decir, en su significado el día 19 de junio de 2014, fecha de la toma de posesión del nuevo Rey de España, Felipe VI.

La invención de la tradición republicana por parte de los comunistas tiene una fecha, que pueden indagar los periodistas de investigación, si es que quedan. Fue algún día en el tránsito del siglo XX al XXI y el autor del invento se llama Julio Anguita. Quizá ya no tenía cargo político relevante, pero sí la autoridad suficiente para proponer símbolos. No puedo precisar si la propuesta la hizo en sede del PCE o de Izquierda Unida, aunque eso es poco relevante, porque tanto unos como otros han convertido la enseña tricolor en su bandera, a la que se han adherido muchos compañeros de viaje, entre los cuales se puede nombrar a no pocos socialistas y, ¡ay!, algunos anarquistas. Qué pueda significar para todos esos usuarios la bandera tricolor, distinto de elegir o no la presidencia gubernativa del Estado, no lo sabemos. Veremos aparecer el significado el día que la República llegue a ser y haya que sacar las banderas propias, sean rojas, rojas y negras o multicolores.

Conocemos, pues, al autor y a los seguidores de la bandera republicana, pero también conocemos el contexto, que no es otro sino la irrupción en la sociedad de lo que ha venido a llamarse “memoria histórica”, concepto impreciso y polisémico donde los haya. Para entendernos aquí, podríamos acordar que “memoria histórica” hace referencia a la rememoración del pasado. Rememorar el pasado es lo que han hecho siempre los gobiernos o la clase dominante, que ponían nombres a las calles, levantaban estatuas en las plazas o adaptaban museos. Es la memoria identitaria que acompañó a los Estados modernos y a su ideología más consistente, los nacionalismos. Como la Transición no fue capaz de rememorar a la República y el régimen bipartidista la sepultó en un arca con siete llaves, la oposición marginada del poder retomó la bandera republicana como signo identitario y diferenciador.

Yo me encuentro aquí con dos problemas: el primero, definir qué República se rememora y el segundo, combatir el concepto de “memoria histórica” en tanto que rememoración identitaria. Porque repúblicas había muchas en 1931 o en 1936, incluso en 1939: había una república socialista, otra anarquista, otra comunista, estaba la república de Azaña y la de Alcalá Zamora, según en qué momento los accidentalistas de la CEDA podían reclamar la suya y no digamos los falangistas. No olvidemos que monárquicos sólo eran los carlistas y los alfonsinos, o sea, la Comunión Tradicionalista y Renovación Española. ¿O es otra cosa lo que se reclama, o no es más que la jefatura del Estado, o es meramente el derecho a decidir? Observando lo que se mueve en torno a las banderas, parece que es eso, el derecho a decidir, lo que se reclama. Pero, entonces, ¿por qué tanto empeño con la jefatura del Estado, donde se decide tan poco, y tanto olvido de los gobiernos y de los poderes fácticos, donde se decide todo? Vuelvo a decir lo que dije hace un mes y que cada día escucho a más gente: esto es una distracción, que sólo está favoreciendo al enemigo. Salvo Podemos, que ha pasado por aquí de puntillas, el resto de la izquierda anda por la luna.

Lo que me molesta, sin embargo, no es eso, sino la perversión del concepto de rememoración, que privilegia el sentido identitario y vuelve a echar al olvido el sentido benjaminiano, es decir, la rememoración de las víctimas. Lo que puso de actualidad la cultura de la memoria no fue la reclamación de la República, sino el recuerdo de las víctimas olvidadas. Fueron la fosa de Priaranza del Bierzo y Emilio Silva los que subieron a la mesa a las 150.000 personas desaparecidas de la Guerra Civil, todas ellas republicanas, sí, pero reivindicadas no por esa condición, sino por ser víctimas inocentes y olvidadas, es decir, como un derecho humano universal.

Haber entendido o no esto es lo que diferencia los proyectos políticos, porque, como dijo Adorno, comentando a Walter Benjamin, “Hitler ha impuesto a los hombres un nuevo imperativo categórico para su actual estado de ausencia de libertad: el de reorientar su pensamiento y su acción de modo que Auschwitz no se repita, que no vuelva a ocurrir nada semejante”. Y Walter Benjamin había indicado el camino con la tesis número 12 de su “concepto de la historia”, donde dice que la capacidad liberadora de “la clase oprimida que lucha” se nutre “de la imagen de los abuelos esclavizados, no del ideal de los nietos liberados”. Eso significa que la conciencia y la capacidad de lucha no proceden de ninguna “vanguardia” o de ningún “tribuno” y que las propuestas no se alimentan de imaginarios paraísos futuros, sino que el sujeto revolucionario es “la clase oprimida que lucha”, cuya conciencia procede de la contemplación del sufrimiento en el pasado, de los abuelos, el mismo sufrimiento que se sufre en el presente.

Esta es la razón por la que ese ondear de banderas primaverales me ha parecido, primeramente y como decían los antiguos, oportunista y, además, un enorme error, no sólo por distraer del objetivo principal, sino por desdibujar hasta hacer desaparecer el proyecto político que necesita “la clase oprimida que lucha”. Espero que la izquierda olvide pronto la rememoración identitaria y sepa buscar nuevos caminos junto a las víctimas, cuyo recuerdo alimenta las respuestas que se precisan.

Marcelino Flórez

El uso de las víctimas

En el mes de enero de 2014 han tenido lugar dos hechos en torno a las víctimas (del terrorismo), dos hechos diferentes pero relacionados, además de simultáneos: por una parte, alguna de las principales asociaciones de víctimas ha visto cómo se desligaban personas representativas y, en un caso al menos, en número elevado. La razón aportada para abandonar las asociaciones ha sido la interferencia política de las mismas. Por otra parte, un sector del PP se ha escindido y ha creado otro partido a causa de la política del gobierno sobre las víctimas.

Los dos hechos, que parecían diferentes, tienen un mismo fundamento: el uso político de las víctimas. Y tienen un solo responsable, el Partido Popular. La bicha que el PP de Aznar creó con motivo del homenaje a Miguel Ángel Blanco en el mes de septiembre de 1997, y que no ha cesado de alimentar sin escrúpulos el PP de Rajoy para ascender al poder, le ha estallado ahora en las manos. En cuanto se ha visto obligado a desatender a esa bicha por la mera obligación de cumplir las leyes en el ejercicio de gobierno, la extrema derecha que era alimentada con el monstruo ha reclamado su botín. En las asociaciones han comenzado a gritar contra el que era su gobierno; en el partido, han creado uno nuevo coherente con lo que venía siendo la política de los populares sobre el terrorismo. Paradójicamente, esa innoble creación de la bicha antiterrorista puede ser quien le dé la puntilla al viejo partido de la derecha franquista.

Eso no impedirá ya nunca el daño, que se ha consumado: las víctimas (del terrorismo) han sido despojadas de su condición, al arrebatarles su inocencia y su universalidad. Convertidas en un instrumento de partido, pasaron a ser caídos de una causa y dejaron de ser víctimas de la humanidad. Por ello, recobrar la dignidad de las víctimas y la universalidad que les corresponde debería de ser la principal tarea de las asociaciones renovadas, no dejándose utilizar nunca más por la derecha, para quien las víctimas siempre fueron un medio para otros fines.

Marcelino Flórez

Cataluña y España, desde Castilla y león

Siempre ha habido mucha dificultad para definir el concepto “España”. Desde el punto de vista geográfico, por ejemplo, es menos que una Península y ahí está Portugal para demostrarlo, pero también es más que la Península Ibérica y ahí están las islas y costas mediterráneas y atlánticas. Esas fronteras, por otra parte, tienen muy pocos años.

Si nos fijamos en la lengua, el castellano es menos que un Estado, pero también es mucho más. Hay diez veces más de castellano hablantes que de españoles; y, entre los españoles, el castellano es sólo una de las lenguas maternas, a lado del catalán del vasco o del gallego.

Si tenemos en cuenta la identidad, es decir, aquello que se siente ser una persona, España es igualmente más y menos que una Nación. Muchos españoles no se sienten tales, sino que se sienten catalanes, vascos o gallegos exclusivamente. Y yo, por ejemplo, me siento más europeo que español y más cosmopolita que europeo. Como yo, hay otras personas, no se vayan a creer que no, porque esto es una mera cuestión de voluntad, después de haber viajado un poco.

De manera que, si tenemos que buscar un acuerdo para definir a España, hay que ir al artículo primero de la Constitución, donde dice “España se constituye en un Estado social y democrático de Derecho”. Aquí se define España y en esos términos es reconocida por el mundo y participa en las instituciones internacionales. Esto es así desde 1978, aunque no hay duda de que existen razones y antecedentes para que así sea.

Tengo para mí que el antecedente más influyente en lo que jurídicamente es España no va más allá del constitucionalismo y, específicamente, de las constituciones posteriores a 1812, donde van apareciendo dos elementos que identifican lo que ha venido a ser España. El primero, que van dejando de figurar los territorios coloniales de América, adaptándose las fronteras a lo que son hoy; y el segundo, que se establecen las provincias, las mismas que hoy existen.

El artículo 11 de la Constitución de 1812 mandataba el establecimiento de provincias en España y un decreto de Javier de Burgos, de 30 de noviembre de 1833, las estableció. Los liberales organizaron las provincias por razones de eficacia fiscal y de la justicia, de manera que el criterio organizativo dominante fue hacer espacios semejantes en extensión y en población, aunque también contemplaron otros criterios, como la topografía o la tradición histórica. El criterio topográfico se usó para dotar a cada provincia de terrenos de montaña y de llanura, de manera que tuviesen una economía lo más complementaria posible; y la tradición es la que explica que se respetase siempre en la partición provincial la lengua particular, así como la división fronteriza de los reinos del Antiguo Régimen y, por eso, se delimitó Aragón, Cataluña, Valencia o Navarra. En el caso del País Vasco, se discutió mucho si reducirlo a dos provincias, dada su escasa población, pero se optó por mantener tres, como determinaba la costumbre histórica.

La división provincial resultó exitosa a todos los efectos. Le sirvió, por ejemplo, a Prat de la Riva en 1911 para diseñar lo que terminaría siendo la Mancomunidad de Cataluña desde el 6 de abril de 1914, que tendría como objetivos promocionar la lengua y desarrollar las obras públicas. Y nada ha servido más que este hecho para construir una identidad catalana.       (¿ Por qué no será ésta la efemérides constituyente que celebre el nacionalismo catalán, en vez de la derrota de 1714?. ¡Ay, el victimismo!). Por cierto, en muchos lugares es la provincia lo que más identifica a las personas. ¡Cuánta gente se siente, antes que nada, leonés o murciano, es decir, natural de una delimitación a la que le faltan veinte para tener doscientos años! Lo gracioso es que esa mayoría de gente piensa que su identificación proviene de una “unidad de destino en lo universal”, parafraseando a “esa persona”, como diría Rajoy para evitar nombrar a alguien. Algo parecido debían de pensar los constituyentes de 1978, quienes dieron por cosa tan obvia a la provincia, que la establecieron como circunscripción electoral única, un hecho al que le han bastado 35 años para demostrar la equivocación.

Es cierto que, aparte de estos antecedentes, podemos hablar de otras raíces identitarias, aunque sean siempre cambiantes: la romanización, que aportó el cristianismo, además de una lengua común; la dispersión territorial medieval, que originó las variedades lingüísticas, siempre bajo unidad católica; o el Estado Moderno, que desarrolló una pugna permanente entre el afán monárquico de unificación jurídica y la diversidad real de las culturas. Todos son elementos de lo que hoy es España y de sus contradicciones. Pero el hecho que ha determinado verdaderamente la españolidad ha sido el capitalismo, esto es, el mercado.

La dinastía borbónica, esa misma a la que reprueba el nacionalismo catalán en su Diada, unificó el mercado en todos los territorios dinásticos, terminando con el monopolio americano por parte de la Corona de Castilla, cosa que agradó a un buen número de burgueses en el antiguo Condado de Cataluña y que proporcionó un notable impulso al puerto y ciudad de Barcelona; y el liberalismo triunfante consagró el mercado español con fronteras estrictas y aranceles más fuertes que las concertinas de Melilla. Ese mercado nacional, como le denominaron los economistas burgueses, hizo posible el éxito del textil catalán, liberado de la competencia británica y con la garantía de un amplio territorio español de ventas. Ese mismo mercado condujo, durante el franquismo, el ahorro de los cerealistas del interior peninsular hacia la industrialización de la periferia; y, detrás del ahorro, se fueron los explotados por los ahorradores. Así se consumó la diversidad territorial de lo que es España. Ha de quedar muy claro que en esta españolización no tiene ninguna responsabilidad mayor Castilla y León que Cataluña; si acaso, al revés.

Ahora resulta que una ideología de base provinciana, el nacionalismo, plantea la escisión con el resto de España. Está bien, pero habrá que hacer cuentas. Del mismo modo que en una ruptura matrimonial con desavenencia, alguna autoridad neutral tendrá que establecer los términos de la separación. Y el problema no es si Cataluña permanecerá o no en la Unión Europea o si el Barça jugará o no la liga española; el problema es la valoración y pago de los bienes de las personas que quisieran regresar a sus lugares de origen en el resto de España (porque no puedo ni pensar que se esté contemplando la expropiación), así como la compensación entre los territorios españoles de los beneficios obtenidos gracias a la política económica común de los tres últimos siglos, o sea, del periodo de mercado nacional. La valoración de este factor no sería difícil. Bastaría con hallar la renta media española y de cada una de las Comunidades Autónomas, y aportar o detraer a quien le correspondiese la parte que excediera o faltara de esa renta media, por ejemplo. Como en toda ruptura matrimonial, si una parte se queda con la casa, la otra se lleva los bienes muebles, porque en política económica española ha regido el sistema de gananciales, aunque no sea lo habitual en derecho familiar catalán. ¿Conoce alguien las cuentas que hacen los nacionalistas catalanes de estos asuntos? Si no las dan a conocer, ha de ser porque no les parece un buen negocio, pero cuando el juego ideológico de los nacionalismos trasciende de lo que suele tenerlos entretenidos, que no es otra cosa que la disputa de la hegemonía política en los respectivos territorios, hay que poner todas las cartas sobre la mesa. Lo otro es jugar con trampas, las mismas trampas que usan los nacionalistas españoles y que tan buenos resultados les viene dando.

Marcelino Flórez

Mayoría silenciosa

El mantra de esta legislatura para conjurar las movilizaciones sociales es la mayoría silenciosa. La Vicepresidenta acaba de conjurar la enorme cadena humana catalana con esa cantinela y es que, efectivamente, eran más los catalanes que no unieron sus manos a la cadena. Lo que no sabemos es si se quedaron en casa o tenían otras cosas que hacer, si estaban hospitalizados o de viaje, y tampoco sabemos lo que pensaban. La Vicepresidenta se los apunta a su causa y a callar.

Antes de la Vicepresidenta ya había recurrido al mantra el Ministro del Interior para desviar la atención de las grandes mareas sectoriales que recorren España cada pocos días y de las grandes manifestaciones unitarias del año 2012. Pero, sobre todo, había utilizado ese recurso la lideresa madrileña con motivo de la última marcha a Madrid de los mineros de España. En este caso, Esperanza Aguirre hizo gala de toda su malicia, mofándose de los manifestantes, e hizo gala de una soberbia y chulería sólo alcance del enorme poder que ella misma y su partido disfrutaban y disfrutan.

Además del desprecio a la ciudadanía que se manifiesta (el ministro peor valorado del gobierno ha calificado las manifestaciones de la enseñanza como “fiestas de cumpleaños”, escolares se entiende), además de la exhibición de poder y del mensaje de que ese poder se usa según el libre albedrío de quien lo ostenta, el mantra de la mayoría silenciosa dispone de un argumento irrebatible: donde mejor se constata quién representa a esa mayoría silenciosa es en el voto. Y es aquí donde hay que callar. Cuando la lideresa se rio abiertamente de los mineros españoles, argumentó que para conseguir un solo concejal en Madrid se necesitaban diez veces más de votos que los que sumaban todos los manifestantes pro mineros en aquellos momentos. Ni los enérgicos trabajadores de la mina tuvieron una palabra para responder a esa bien ganada soberbia.

Hay que escoger, por lo tanto, entre el voto o la humillación o la revolución. Como por la revolución hace mucho que no estamos, sólo nos queda la humillación, después de haber renunciado al voto, facilitando esa mayoría absoluta que ahora se nos restriega por el rostro con el mantra de la mayoría silenciosa. Recuerdo las elucubraciones de mucha gente simpatizante de las movilizaciones del 15-M acerca del voto y recuerdo mi incapacidad para hacer comprender el error en el que se navegaba. Ahora, demasiado tarde, la realidad viene en mi auxilio y espero que aquella gente logre ver lo que yo no supe explicar.

En el caso de Cataluña, sin embargo, hay una trampa. Es casi seguro que el Partido Popular perderá, si no todos, la mayoría de los ya escasos votos con que allí cuenta, pues la derecha tiene otros partidos, catalanistas y no, donde poner su confianza y su voto. Pero en el resto de España es más difícil, no sólo porque la derecha no tiene a dónde ir, si le privan de su partido único, sino porque el anticatalanismo tiene muchos adeptos. Podría darse la paradoja de que el Partido Popular, al tiempo que desgaja irremediablemente a Cataluña del resto de España, recuperase intención de voto entre los nacionalistas españoles. Por eso, tenemos que ser constantes para recordar el autoritarismo con el que nos gobiernan y su instrumento propagandístico, del que forma parte el mantra de la mayoría silenciosa, un eslogan que ni Goebbels habría imaginado en sus mejores tiempos.

Marcelino Flórez