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Monarquía y bipartidismo
Que la cosa no consiste sólo en decidir entre Monarquía y República lo acaba de decir el mismísimo Anguita, que el día 2 de junio (había escrito ayer) acudió a la plaza de las Tendillas en Córdoba, “porque tenía que estar allí”, pero dejó claro que de lo que hay que hablar es de qué República se quiere y calificó de “pintorescas” las manifestaciones de ese día. Porque sólo faltaba que decidiésemos una forma de Estado republicana con los mismos trastos que tenemos y, para postre, nos eligiesen de presidente, por ejemplo, a José María Aznar. Sacar la bandera tricolor a la calle está muy bien para reforzar identidades, pero de lo que se trata es de conseguir una mayoría social para un cambio estructural y ahí es donde ha de situarse la estrategia.
En la construcción de esa mayoría social, la primera tarea es aglutinar a la izquierda en torno a un programa común, programa que ha de dar cabida a la pluralidad de esa izquierda social. La unión podría, quizá, llegar a gobernar mediante pactos. El más lógico de esos pactos sería con la socialdemocracia, por lo que la estrategia no puede perder de vista nunca esta circunstancia.
Pero el cambio estructural requiere más cosas, entre otras, una reforma sustancial de la Constitución. Ese sería el segundo paso en cualquier hoja de ruta. Para cambiar la Constitución se requiere una mayoría superior a la que es necesaria para gobernar. Y aquí es preciso el consenso de toda la nueva derecha que se está construyendo. Si esa nueva derecha llegase a ser republicana, la nueva Constitución también lo podría ser. En todo caso, en el juego de cartas que requeriría cualquier consenso, la forma republicana de Estado estaría encima de la mesa. Parece que la izquierda optaría claramente por esa fórmula, el problema es lo que deseen las otras fuerzas políticas.
¿Y la población, qué desea la población? Apresuradamente, hemos gritado en la calle que queremos un referéndum. ¿Qué ocurriría si hubiese ahora un referéndum? Lo más probable es que ganase la opción de la Monarquía. Entonces, una deseable reforma de la Constitución no podría ni plantear esta cuestión. Bien está, por lo tanto, que nos hayamos desahogado en las plazas con vivas a la República, pero más nos vale que no haya referéndum.
Después de que Anguita ordenara hace ya varios años desempolvar la bandera republicana, ésta se ha convertido en insignia de la izquierda. Eso también está bien, porque la lógica sólo tiene un camino. Pero hacer de la forma de Estado el tema prioritario (un amigo de feisbuc ha propuesto ya que convirtamos las elecciones municipales en un plebiscito, como aquel añorado 14 de abril de 1931) me parece un error estratégico. Cuanto antes dejemos de pedir un referéndum y de insistir en el debate sobre la Monarquía, mejor. Ese debate ahora sólo está sirviendo para afianzar el bipartidismo y fortalecer a la derecha política.
Vayamos, pues, a lo esencial: aglutinar a una mayoría social en un programa político común, abierto, realista, abarcador de la diferencia. Si el programa y el método resultan acertados, no es imposible que un amplio espectro ideológico pueda apoyarlo. No conviene alejar a nadie de ese apoyo por insistir en cuestiones secundarias.
Elaboremos un proyecto de reforma de la Constitución, donde quede fijada la garantía para los derechos humanos (salud, educación, servicios sociales, renta básica, pensiones, vivienda), donde se garantice el recurso a la consulta pública mediante referéndum de todo lo importante, donde se cambien los fundamentos de la ley electoral (el distrito provincial), donde se combata la corrupción, donde se proteja el uso y la titularidad de los bienes públicos, donde la orden de cuidar la naturaleza preserve la vida de las generaciones jóvenes y futuras, donde se ejecute el aconfecionalismo, donde se decida la forma de Estado. Y si la población decidiese Monarquía, tengamos a punto una propuesta para perfilar sus poderes, que no sólo no son los de una Monarquía absoluta, sino tampoco los de la Monarquía de la Transición. Aquí podemos precisar, ¿por qué no?, que la sucesión sea refrendada siempre por el pueblo, no por el Parlamento. Es lo lógico.
No conviene, sin embargo, distraerse de lo principal y perder el tiempo en asuntos identitarios con cada vez más limitada influencia en la vida real, además de no formar parte de las preocupaciones de la gente, como reiteran las encuestas. El problema no es Felipe VI, sino el Partido Popular o, si queréis por seguir personalizándolo, Rajoy. Ese problema se llama recortes sociales, recortes de las libertades, retroceso cultural, decadencia en suma. Hacia ahí es hacia donde debe dirigirse el combate. Creo que hemos caído en una trampa importante con esto de las banderas y de la Monarquía. Veremos en las próximas encuestas si ya lo ha rentabilizado el enemigo.
Marcelino Flórez
Después de las elecciones
Dice el Partido Popular que ha ganado las elecciones. Digo yo que tal vez gane algún amigo en cuanto la soberbia y la propaganda den paso a la realidad. Quien dice que ha perdido, y así es, es el PSOE. Lleva trabajando esta derrota desde el 10 de mayo de 2010 y, al fin, ha conseguido lo que perseguía: una derrota sin paliativos. Esto es lo más importante, desde el punto de vista español, de estas elecciones: el principio del fin del bipartidismo. No obstante, tanto un partido como el otro tienen aún larga vida por delante.
El segundo hecho relevante de las elecciones es el triunfo de Podemos, un triunfo mucho mayor que los cinco diputados conseguidos. Podemos ha sido el cauce político de la protesta que inunda las calles. Todo un éxito. Ahora le corresponde dirigir la tarea de construir una alternativa real de gobierno desde la izquierda. A mis amigas y amigos les advertía yo que ésta era una de las cosas que se dilucidaban, respecto a España, en estas elecciones. Ha sido Podemos el elegido para liderar el futuro, ni más ni menos.
Izquierda Unida no sólo ha vuelto a tocar techo, sino que, al abrirse otras vías para la unidad, ha perdido definitivamente la oportunidad que, un día tras otro, se le venía ofreciendo desde 1986. Ahora tendrá que clarificar si es un partido o si son varios partidos y, sobre todo, si quiere participar en la unidad real, la que no pende nunca del centralismo democrático, sino del mero voto democrático. IU ha tocado techo y tiene un suelo quebradizo: bastará una imagen menos arcaica del PSOE para que se le escape un buen puñado de votos. El triunfo de IU en estas elecciones es muy parecido al del Partido Popular. En muy poco tiempo, la realidad se impondrá.
Y nos queda Equo, el gran derrotado de la izquierda, tanto como el PSOE, con una diferencia, que el mensaje y la campaña han sido incomparablemente mejores. Por eso, precisamente, la derrota de Equo es más importante y no sé si más significativa. La mejor explicación de esta derrota es el fracaso del pacto electoral. Primavera Europea ha sido una chapuza de arriba abajo. No hace falta decir una palabra para explicar el error de insertar a “partidos” como el “castellano” o las escisiones socialistas de Extremadura y otros lugares. Entre estas chapuzas, sólo Caballas ha demostrado ser algo más que una reunión de amigos. Pero son los dos grupos principales de la coalición los que han dado pruebas de debilidad: Compromìs ha pasado del tercer puesto de partida al sexto. Le han superado Izquierda Unida, Podemos y UPyD. ¡Qué difícil se le ha puesto en la Comunidad Valenciana a Compromìs! Y la Chunta exactamente igual. Con esta cooperativa, Equo ha quedado desdibujado y no ha cumplido la tarea encomendada: dirigir el descontento social, pero europeísta. Todo, incluso el nombre, ha sido ocultado por el localismo, que se dice nacionalista. Un error de bulto.
Equo, sin embargo, existe y representa la nueva era política mejor que cualquiera en la izquierda: nadie, salvo Equo, opta por el decrecimiento; es el primero y el más radical en la democracia directa, tanto en primarias, como en elaboración de programas; sus líderes son coherentes como el que más. Pero ha fracasado. No vale consolarse con haber obtenido un diputado. Eso servirá algo en Europa, pero en España es nada. Queda, por lo tanto, aceptar la derrota y ponerse a trabajar para la unidad, no como líderes, que no lo ha querido la población, pero sí como convencidos, que la razón no ha sufrido ninguna derrota en este caso.
Marcelino Flórez
Las encuestas del CIS
Al aproximarse las elecciones europeas, se suceden, una tras otra, las encuestas del CIS. Tienen un objetivo principal: favorecer al PP; y un objetivo secundario: afianzar el bipartidismo. De paso, cumplen una tarea subliminal: ocultar al adversario. Leo en las redes que algunos trabajadores del propio CIS han denunciado la manipulación de las últimas encuestas. Y es que el “cocinado” se presta muy bien a la manipulación. En este caso, parece ser que hacen la “cocina” teniendo en cuenta el comportamiento social en las últimas elecciones habidas, pero desatienden al rechazo manifiesto de la población al bipartidismo en el momento actual, aunque ese rechazo sí lo reflejen las propias encuestas.
Un caso muy singular de ocultación es el de Primavera Europea. En la encuesta del CIS de primeros de mayo no se le asigna ningún escaño, siendo así que los partidos coaligados obtuvieron en cada una de las elecciones celebradas en el año 2011 más de 425.000 votos. Sólo la suma de las formaciones que concurrieron con el nombre de Equo en las pasadas elecciones generales alcanzaron la cifra de 340.926 votos. Cuesta creer que la opción verde europea, cuarta fuerza en el Parlamento Europeo y que va siendo más y más conocida en España, en vez de aumentar la intención de voto, decrezca. Resulta más sorprendente por el contraste de la encuesta del CIS con la presencia tan activa de la coalición verde en las redes sociales y con la buena acogida del programa en los foros de debate. Merece también observarse el olvido prácticamente total de los medios de comunicación escritos, destacadamente El País, respecto a Primavera Europea.Pareciera que “el Papa y el Zar, Metternich y Guizot, los radicales francesesy los polizontes alemanes”, todos se hubieran conjurado para anular a los verdes. ¿Es, acaso, el nuevo fantasma que recorre Europa?
Hay que esperar y tomar nota. Si los resultados electorales del 25 de mayo fuesen claramente opuestos a las informaciones construídas por el CIS y por los medios hegemónicos, habría llegado el momento de prescindir de esos instrumentos, creados y costeados para informar, pero convertidos en agentes de ocultación de la realidad. A esperar, pues.
Marcelino Flórez
Primavera Europea
Inicialmente se daba por descontada la coalición de Equo con Compromìs, aunque su concreción fue muy laboriosa y no poco polémica al interior de Equo. Se contaba también con la incorporación de la Chunta Aragonesista y así tuvo lugar, llegado el momento. Además, se fueron incorporando pequeños partidos: Por un Mundo Más Justo; Partido Castellano; Democracia Participativa; Socialistas Independientes de Extremadura; Caballas. Y, poco a poco, ha ido recibiendo el apoyo de algunas agrupaciones: Los Verdes de Villena; Socialistas por Tenerife y otros. El programa fue elaborado en las plataformas participativas de Equo a lo largo de un proceso abierto, que duró varios meses.
La plasmación de todo esto se llama Primavera Europea y es la representación en España del Partido Verde Europeo, a cuyo grupo parlamentario se incorporarán las personas elegidas. Nadie más en España hará esto, aunque lleven el calificativo verde añadido a su denominación principal, sino que formarán parte de otros grupos parlamentarios europeos.
Primavera Europea encarna, por lo tanto, a la ecología política en tanto que ideología articuladora del pensamiento y del programa. Eso es lo que diferencia a esta coalición del resto de grupos y de personas que se presentan a las elecciones europeas bajo el amplio abanico de lo que hemos convenido en llamar izquierda.
La primacía de la ecología política significa que la Naturaleza es la atención prioritaria, junto al resto de los Derechos Humanos, de los que forma parte. Y hoy sabemos que esos Derechos constituyen un conjunto indisociable, de manera que si se conculca uno, quedan afectados todos los demás. (Mientras escribo esto, comparto en Facebook una fotografía de la policía brasileña aplastando a la tribu Kayopó en el Mato Grosso amazónico, a causa de la protesta por la construcción de la represa hidroeléctrica de Belo Monte. Los indígenas protestan porque con la Naturaleza destruyen su forma de vida y su vida misma). El programa político que se deriva de esos principios da la vuelta a la práctica política ahora existente en Europa.
El gran cambio se halla, sin duda, en el Green New Deal, que hace de la energía renovable el nuevo motor de la economía, y de la sostenibilidad el criterio imprescindible para cualquier actividad económica. Un verdadero cambio de modelo productivo. A su lado se sitúa el otro principio básico, la regeneración de la democracia, que coloca a las personas en el centro de la acción y combate a los lobbies y otros instrumentos corporativos que ahora tienen secuestrada la participación democrática y la soberanía popular.
Tiene a su favor Primavera Europea que las personas que la representan en las listas son creíbles, no sólo por no recurrir al préstamo bancario y no sólo por su juventud e ilusión, sino porque acompañan con la práctica lo que dicen en los programas: cultivan huertos urbanos, viajan en bicicleta y en trasportes públicos, han sido sido elegidas en listas abiertas o forman parte de los embriones locales de la economía solidaria y alternativa. Revalida esa coherencia el hecho de hacer propuestas asertivas y no insultar ni combatir al resto de la izquierda, cuyas diferencias respeta. Esta práctica ha de ser contemplada como el camino para construir unidad en el futuro, aunque eso dependerá en gran parte del aval que esta coalición consiga en las urnas.
Debe ser por todo esto por lo que la prensa española, de forma casi unánime en este caso, oculta al público la existencia misma de la Primavera Europea. Por eso hago este artículo en mi blog, para añadir una gota a la información y al cambio, con la esperanza de que lleguemos a formar un río de libertad.
Marcelino Flórez.
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