La Fiesta Nacional

La fiesta nacional del día 12 de octubre de 2016 se ha celebrado con sobresaltos a causa del rechazo expreso a esa celebración por parte de lo que llamamos las fuerzas del cambio, término que incluye a partidos, movimientos y poderes locales. Este hecho nos da pie para reflexionar una vez más sobre el confuso concepto de memoria histórica y, así, entender lo que está pasando.

El 12 de octubre es un día de la memoria establecido por los gobiernos del Estado. Su origen se puede rastrear en el entorno del IV Centenario (del Descubrimiento de América), una conmemoración avalada simultáneamente por las élites políticas españolas y las de los nuevos países americanos, que, no lo olvidemos, estaban formadas casi exclusivamente por criollos. Esta fiesta terminó denominándose Día de la Raza y así lo fue haciendo el gobierno español desde 1913 y lo siguen haciendo algunos gobiernos latinoamericanos. En esa época de furor colonialista, existía la idea de que en la humanidad hay razas diferentes, unas superiores a las otras. Entre nosotros y por lo que aquí cuenta, nadie lo expresó mejor que el poeta nicaragüense Rubén Darío en La Salutación del optimista: “Ínclitas razas ubérrimas, sangre de Hispania fecunda,/ espíritus fraternos, luminosas almas, ¡salve!” …

Pasó a conocerse como Día de la Hispanidad desde mediados de la década de 1920, concepto impulsado, entre otros, por Ramiro de Maeztu y dotado de un significado muy conservador, al identificarse con el catolicismo hispano como contenido esencial. Con ese mismo sentido fue instituída la fiesta por la Dictadura Franquista en el año 1958.

La Transición actuó con ese día con la misma temerosa reverencia, que lo hizo con otros símbolos enraizados en el nacionalcatolicismo y conservó la celebración del día 12 de octubre, que en 1987 se convirtió oficialmente en la Fiesta Nacional, definida en la norma legal con una sobria referencia a la “efeméride histórica” que representa. Esto significa que el 12 de octubre sigue siendo la rememoración del Descubrimiento de América por Colón, o sea, una fecha ilustre desde el punto de vista de los triunfadores, los héroes de aquella época, la etapa que mejor representa el imperialismo hispano.

Cuando el gobierno de Felipe González instituyó esta fiesta, estábamos en vísperas del V Centenario y algo comenzaba a moverse en el pensamiento político. Algunas asociaciones de cooperación con los pueblos empobrecidos intuyeron que no se podía celebrar la dominación de América por los españoles y plantearon una campaña contra los fastos que el gobierno preparaba para el año 1992. Recuerdo haber participado con muchos actos en los pueblos y ciudades de Castilla y León; y quedó testimoniada mi participación en un librito titulado “Ambición y muerte en la conquista de América”, que publicó la editorial Ámbito. La presión social condujo al gobierno a denominar la celebración con el eufemismo de “encuentro de los pueblos”, rehuyendo toda referencia a conquista y aun a descubrimiento.

Placa conmemorativa del V Centenario en la Plaza de Cuzco (Perú)
Placa conmemorativa del V Centenario en la Plaza de Cuzco (Perú)

Hay que entender estos hechos en el contexto de los últimos conflictos anti imperialistas, que habían nacido de la mano de los movimientos descolonizadores africanos y que estaban enteramente contaminados por el conflicto entonces dominante de la guerra fría o enfrentamiento entre el bloque capitalista y el bloque comunista. Aunque intuíamos que algo nuevo se abría al pensamiento, al atrevernos a situar a los vencidos en el mismo nivel que los héroes nacionales, no lográbamos superar la idea de memoria histórica entendida como políticas de la memoria, que son distintas para unas ideologías y para otras, pero que tienen todas la misma legitimidad.

El derrumbe del muro de Berlín trajo consigo no sólo un nuevo (des)orden internacional, sino infinitos cambios en el pensamiento. Uno de esos cambios, que políticamente ha venido a convertirse en piedra angular del razonamiento, fue la toma de conciencia de que existían las víctimas, según la doctrina elaborada muchos años antes por Walter Benjamin. No fue hasta el final de la guerra fría cuando las víctimas dejaron de estar ocultas, por considerarlas el precio que había que pagar a cambio del progreso o de la revolución. Evito tener que razonar esto y os invito a constatar un hecho: hasta el asesinato de Francisco Tomás y Valiente, el 14 de febrero de 1996, y, sobre todo, hasta el asesinato televisado de Miguel Ángel Blanco, el 12 de junio de 1997, nadie salía a la calle a acompañar a las víctimas de ETA. Desde entonces, en cambio, comenzaron a salir multitudes. (Si algún lector de este blog tiene interés en estas reflexiones, le ofrezco un regalo, el libro digital titulado “Rememoración de las víctimas y cambios en el pensamiento social”. Basta con enviar al correo mflorm59@gmail.com la palabra regalo).

La irrupción de las víctimas ha transformado definitivamente el pensamiento político. Después de Walter Benjamin, ningún proyecto que acarree víctimas inocentes está justificado. Este nuevo paradigma es la clave en la lucha contra la impunidad, que ha venido a ser el principal objetivo para la defensa de los Derechos Humanos. Y esto vale también retrospectivamente. Por eso, no está justificada en el momento actual la colonización de América y ninguna excusa sirve de aval para aquel crimen humanitario: ni la evangelización, ni la lengua, ni la cultura. Y por eso, no se puede celebrar la efemérides del 12 de octubre.

Pancarta en la Universidad de Cuzco (Perú)
Pancarta en la Universidad de Cuzco (Perú), 2013.

En esa fecha, el año 2013, llegué a Cuzco, en el Perú, donde una pancarta situada en el pórtico de la Universidad en la Plaza de Armas decía: “521 años de resistencia andina”. Esa es la efemérides moralmente justificada, la única que merece rememorarse, la resistencia no violenta de las poblaciones oprimidas. Walter Benjamin dio fin al tiempo de los héroes nacionales, al menos de los héroes como símbolo de bondad y de justicia. Esos valores han quedado definitivamente del lado de las víctimas. Y este es el concepto actualizado de memoria histórica, que yo prefiero denominar rememoración de las víctimas.

Marcelino Flórez

Elecciones, por favor

Nunca me han asustado las terceras elecciones. Ahora no sólo no me asustan, sino que las prefiero. Cualquier cosa, mejor que regalarle el gobierno al PP. Que se lo ganen con los votos y que sus votantes carguen en las espaldas todas las gürtel del mundo. Pero no aceptéis ese peso, amigos socialistas del Comité Federal, por más felipistas que seáis. No creo que el PP pueda reunir más votos que el 26-J. Allí ya tuvo un préstamo muy generoso y hasta podría haber algunos que se cansasen de avalar la inmoralidad en la política, incluso sin que el Papa salga a decir que la corrupción es pecado mortal y su ocultación, o sea, la mentira, mucho más.

En cuanto al PSOE, qué duda cabe que perderá otro cupo de votantes después del espectáculo televisado del 1 de octubre, aunque las encuestas no lo reflejen por ahora. Ese cupo, sin embargo, será mucho menor que el que sume al espectáculo del día 1, el consentimiento de un gobierno de Rajoy. Después de formarse ese gobierno, el partido del socialismo de la Transición puede dar por terminado su ciclo. Su reconstrucción será más difícil que la iniciada en 1972, no porque no existan fundaciones Ebert disponibles, sino porque el recuerdo que deja no es comparable al recuerdo del socialismo republicano, ayudado con el olvido del franquismo.

Unas terceras elecciones podrían traernos, incluso, una dosis de esperanza, si quienes pueden hacerlo consintiesen una confluencia de fuerzas políticas y sociales en la izquierda. No una coalición de partidos para garantizar primeros puestos en las listas, sino una confluencia popular encabezada por un nombre, siempre elegido en primarias y preferentemente de mujer, capaz de aglutinar el desencanto con la ilusión y con la experiencia de quienes día a día construyen en común un mundo alternativo. Parece que la abstención de este sector encuentra aquí su excusa y no es tan difícil cambiarlo, es sólo cuestión de voluntad. Por decirlo una y otra vez, que no quede.

Marcelino Flórez

Me preocupa la Izquierda

Lo que a mí me preocupa en la crisis del PSOE es el presente y el futuro de la izquierda. Hace varios meses afirmaba yo en una de estas reflexiones que teníamos PSOE para mucho tiempo, a no ser que los socialistas optasen por el suicidio. Esa parece haber sido la opción. Pase lo que pase, el PSOE ha derivado ya a la irrelevancia, un partido en proceso de extinción. Eso no sólo no me alegra, sino que me preocupa, porque toda la izquierda va en el mismo lote, al menos en el presente, un presente de cuatro años como mínimo. Demasiado tiempo.

El futuro de la izquierda queda en manos de ‘Podemos’ o, si queréis, de la coalición ‘Unidos Podemos’, que para el caso es lo mismo, dada la objetiva hegemonía de ‘Podemos’. Prevenir, que no predecir, el futuro de la izquierda pasa por hacer un análisis acertado del presente y del inmediato pasado. Y el momento clave, en mi opinión, es el 2 de marzo de 2016, el día del NO a Pedro Sánchez en el Parlamento.

Creo que Pablo Iglesias e Irene Montero también lo ven así en sendos artículos aparecidos en publico.es y eldiario.es los días 29 y 30 de septiembre, respectivamente. Justifican ambos el NO como la acción necesaria para no caer en la “subalternización”. Atención a este concepto, que resulta ser el antónimo de “sorpasso”. Hasta el 26-J se justificaba el NO por la búsqueda del “sorpasso”. Al no producirse éste, la justificación ha pasado a ser la “subalternización”. Y los sucesos acaecidos en el PSOE aparentan darles la razón. ‘Podemos’ no sólo no es subalterno del PSOE, sino que pasará a ser objetivamente el centro de la oposición en el próximo gobierno de Rajoy.

Pudiera parecer que la situación actual da la razón al NO del 2 de marzo y casi nos parece que no ha existido el 26-J. Pero eso es una pura ilusión. La realidad es la pérdida de más de un millón de votos, o sea, la cuarta parte de votantes previsibles en las elecciones del 26-J. Y esa tozuda realidad es la que hay que tener en cuenta. Junto a esa, esta otra: si no hubiese existido aquel NO, el partido quebrado ahora no sería el PSOE y Rajoy estaría purgando la corrupción en el limbo. Cambiar el no ser subalterno en la oposición por cuatro años de gobierno de Rajoy o los que puedan venir, eso sí que debería tratarse sin desprecio, al menos, en el análisis. Para mí, el NO del 2 de marzo fue un error sin paliativos.

De todos modos, no fue eso lo que me hizo ir a votar con la nariz tapada el 26 de junio. Fueron el liderazgo y la coalición. Me explico: el tono con el que Pablo Iglesias justificó el NO le hizo perder ante mis ojos todos sus encantos. Y eso dura mucho tiempo. Pero es la coalición lo que me produce verdadero rechazo. No el que esté Izquierda Unida. Al contrario, eso me llevó a votar. Lo que no admito es que me impongan las candidaturas y los programas desde las cúpulas de los partidos.

Me preocupa que en la exégesis que hace Irene Montero del artículo de Pablo Iglesias no quede nada clara la opción por la confluencia. Es cierto que usa una vez la expresión “diversidad de personas y actores sociales y políticos”, pero no concreta la relación que se desea con esa diversidad. Y cuando ejemplifica las “trincheras” que piensa “cavar” para la “guerra de posiciones” (¡Ay, ese lenguaje siempre belicista del líder!) usa un símil que me produce escalofríos. Es el que se refiere a las prácticas del Black Panther Party para construir comunidad: “Desayuno gratuito para los niños y niñas, servicio intercomunitario de noticias, programas de intercambio de ropa, hospitales y centros de salud comunitarios, entre otros”. No pude dejar de pensar en el populismo, en este caso fascista, del Hogar Social de Madrid.

No, Irene, no. Esas cosas ya las hace Cáritas o el Banco de Alimentos o La Marea Verde o La Marea Blanca o toda la gente que trabaja por defender y crear bienes comunes. No hace falta que lo haga ‘Podemos’ en la trinchera; ese es un pensamiento leninista de los años setenta. Lo que necesitamos ahora es que se convoque a ese mundo solidario a la participación en igualdad. Por eso, estoy preocupado.

Marcelino Flórez

Sí hay salida

Culminado el revolcón a Rajoy, donde todos los grupos parlamentarios han coincidido y han quedado satisfechos, al poder explicar con tanta claridad y facilidad las razones del no, comienza otra etapa. El revolcón ha dejado en evidencia a los agoreros, esos que exhiben en las manifestaciones el eslogan de “PSOE_PP la misma cosa es” (ellos no dicen “cosa”, utilizan otra palabra, que, si yo transcribiese aquí, ensuciaría todo el escrito) y ha dejado en evidencia a la caterva mediática, que se adhería al mismo eslogan, sustituyendo la palabra cosa por constitucionalismo, coherencia, lógica y cualquier palabra bonita, aunque la retahíla se puede sustituir por un sinónimo: directrices del IBEX.

El revolcón a Rajoy ha sido posible gracias al prudente silencio de Pedro Sánchez, que ha logrado superar las presiones desvergonzadas de la totalidad de los medios de comunicación, de sus dueños y de sus aliados, entre los cuales hay que sumar a los agoreros, los barones y una suma, tan heterogénea como real, de gente plebeya, aplicada esta calificación no al orden social, sino al del conocimiento. De modo que quien ha ganado este envite ha sido Pedro Sánchez, que ha derribado a Rajoy, ha silenciado a la caverna mediática, ha echado a un lado a sus barones y se ha afianzado en el puesto de líder de la oposición y, probablemente, del partido. Ahora toca construir la alternativa y esa es la dificultad.

No puede encabezar la alternativa de gobierno Pedro Sánchez, que ya lo intentó y resultó fallida en marzo. No lo puede intentar, al menos, en tanto que coalición de gobierno.

No puede ser una coalición con Unidos Podemos, porque el error del 2 de marzo, simbolizado en la cal viva, nunca expresamente reconocido y nunca asumidas responsabilidades políticas, se ha reforzado en la constitución de las presentes Cortes. Recuerden la anécdota esencial de aquel día: un diputado catalán del grupo socialista, José Zaragoza, respondió a la pregunta de un compañero que Manuel Monereo era “el ideólogo de la pinza con Anguita”; éste, que lo oyó, le espetó: “Y vosotros los del GAL, los de Barrionuevo, los de la corrupción, hijo de puta”. Todo, a voces. Es el símbolo perfecto de la desconfianza y de la barrera infranqueable, el símbolo de los agoreros, que muchos, si no todos los dirigentes de un sector de la izquierda, siguen públicamente exhibiendo. Ahí no hay salida.

No puede incluir la alternativa a los nacionalistas catalanes, que dejan clara en cualquier intervención una premisa que anula el resto del programa: referéndum de autodeterminación. Así no se puede dar un paso.

Pero sí hay alternativa: una mujer o un hombre bueno, del perfil de Ángel Gabilondo, que se humilló hasta el extremo para negociar un pacto educativo con el partido popular de María Dolores de Cospedal, con quien la crispación había alcanzado niveles más altos que los establecidos por Aznar, lo que ya parecía imposible. Un hombre o una mujer buena con un perfil así puede ser propuesta para encabezar un gobierno y sería muy fácil acordar un programa común: derogación de la LOMCE y premisas para un pacto educativo, derogación de las leyes mordaza, derogación de la reforma laboral y propuestas para un nuevo Estatuto de los Trabajadores, recuperación de los medios públicos de comunicación, reforma de la ley electoral, proyecto para una reforma de la Constitución, plan específico contra la corrupción y líneas generales para la elaboración del presupuesto anual. Un programa así lo puede apoyar el PSOE, Unidos Podemos, Ciudadanos, el PNV y, si quieren, los nacionalistas catalanes. Sólo se requiere que los líderes renuncien a sus egos y opten por hacer política parlamentaria, o sea, resolver en el parlamento sus diferencias. Una alternativa así respondería, además, a las demandas que hizo la gente aquel recordado 15 de mayo de 2011.

Marcelino Flórez

El liberalismo nos trajo el brexit … y a Rajoy

La palabra neoliberalismo se ha desgastado. Se ha usado tanto y de una forma tan etérea, que ha vaciado su contenido. Por eso, me limito a identificar el concepto con personas, que se autodefinen como liberales modernos: Ronald Reagan, Margaret Thatcher, José María Aznar o, más actuales, David Trump, David Cameron, Mariano Rajoy; o con partidos: Partido Republicano, Partido Conservador, Partido Popular.

Todo comenzó con la “reconversión industrial” y con la eliminación del empleo público. Las fábricas desmanteladas trasladaron su producción a países empobrecidos o emergentes, con gobiernos autoritarios, por lo común, y carentes de organizaciones sindicales. Los trabajadores expulsados de las fábricas fueron reconvertidos en pensionistas, con prestaciones recortadas, que el alargamiento de la vida va reduciendo a la insignificancia. El empleo público privatizado se entregó a los amigos de pupitre, que recolocaron a sus donantes mediante las puertas giratorias. Las nuevas empresas privatizadas se poblaron de trabajadores, extranjeros en muchos casos, con salario mínimo. Así fue como se produjo la gran transferencia de riqueza desde el sector del trabajo al sector del capital. Los capitalistas enriquecidos se entregaron a la especulación financiera, hasta que la gran burbuja estalló en el año 2008 y fue sumergiendo al capitalismo en la mayor crisis de su historia.

La cohesión social se mantuvo mientras perduró el gasto en obras públicas: vías férreas, autovías y una variada gama de perlas negras (en Valladolid se conoce como La Perla Negra a un edificio financiado por la Junta de Castilla y León en la vecina localidad de Arroyo de la Encomienda, que es uno de los modelos de malversación del dinero público en el periodo de crecimiento); y mientras perduró el gasto en servicios sociales: dependencia, conciliación de la vida familiar y laboral, sanidad, educación. El uso de ese dinero público sirvió al mismo tiempo a otros dos fines: el enriquecimiento ilícito, en lo que conocemos como corrupción política, y el debilitamiento del sindicalismo obrero, gracias a una importante red clientelar que se adueñó de los medios de comunicación.

Cuando avanzó la crisis y el gasto público se recortó drásticamente, el empleo derivado desapareció y las pequeñas empresas, sin crédito y sin la demanda de los obreros en paro, comenzaron a caer en cadena. La ruina se generalizó.

En el Reino Unido de la Gran Bretaña e Irlanda, aunque el responsable era Cameron, mucha gente creyó ver al culpable en la inmigración, de la que se culpó a la Unión Europea, y una ola de xenofobia propició el brexit. Ahora se hallan en las lamentaciones, un poco tarde.

Lo que acaba de ocurrir en el Reino Unido se ha repetido insistentemente a lo largo de la historia. Los pogroms o persecuciones de judíos, por ejemplo, se repitieron insistentemente con motivo de cualquier crisis de subsistencia durante siglos, especialmente en España o en Europa Oriental, hasta que Hitler lo elevó a inefable con el Holocausto durante la gran depresión de los años treinta. Estas derivaciones aberrantes de las crisis económicas necesitan siempre de algún auxiliar. En aquellos tiempos, la Iglesia católica fue el factor necesario para las persecuciones judías, aunque en otras ocasiones fueron los propios clérigos católicos quienes se convirtieron en objetivo de las masas enfurecidas. Esta es precisamente la otra cosa que necesitan las crisis para que deriven en conflicto, masas enfurecidas, como las que ahora hay. Y estas masas tiene que ser suficientemente analfabetas, ese tipo de gente a la que un recordado alcalde de Getafe llamó “tontos de los cojones”, que Íñigo Errejón llama “gente plebeya” y que Marx solía denominar “lumpenproletariado”.

Lo que ocurre habitualmente en el Reino Unido y en España es que más de la mitad de la población es analfabeta en política. Mucha, muchísima gente lo confiesa: no entiendo de política, dicen, o no me interesa la política. Luego votan. ¿Y qué votan? Pues lo que ven en la tele, donde también Rajoy es el más requerido.

Para que sea políticamente eficaz, este analfabetismo tiene que ir acompañado de una amoralización de la sociedad. Es necesario que la gente haya perdido ya la conciencia ética, esa conciencia que posibilita diferenciar el bien del mal. De lo contrario, no podrían avalar con su voto la xenofobia o la corrupción o los otros males que nos rodean, como es el empobrecimiento de pensionistas y de trabajadores activos. Cuando los custodios de la moral, que solían ser las iglesias, pierden su autoridad, y eso es lo que ocurre ahora, y cuando no hay una fuerza social que los sustituya, se hace muy difícil combatir los efectos del neoliberalismo. Pero lo que está en juego en la investidura de Rajoy es esto: ética y política. Quien no lo vea llegará a pagar las consecuencias, más pronto o más tarde.

Marcelino Flórez

Memoria de las víctimas, Historia y Política