Ya pasó todo

La mesa de tres sólo aguantó una reunión. ‘Podemos’ la dinamitó con su rueda de prensa, sin necesidad de negociar nada. Es el final de la estrategia trazada, la que se aprobó en Vistalegre, la que razonaron Jesús Montero y Juan Carlos Monedero en La Cuarta de El país, Claro que podemos, el 17 de octubre de 1914, que desarrollaba una idea central: sin transacciones (a la que dedicamos en su día un comentario de texto (https://marcelinoflorez.wordpress.com/2014/10/20/claro-que-podemos-comentario-de-texto/).

El programa se ha cumplido al milímetro, “sin transacciones”: el objetivo de Vistalegre se concretó en “tomar el cielo por asalto”; siguieron unas primarias “en plancha”, que garantizaron el control de las candidaturas en toda España; se prolongó con la negativa, diferida varios meses, a cualquier pacto con IU. Llegaron las elecciones generales, que resultaron insatisfactorias, y la estrategia continuó: ausencia de encuentros con cualquier otro partido político y representación teatral para enmascararlo: vicepresidencia plenipotenciaria; un día en la “mesa de cuatro”; un discurso bronco en la investidura, bañado en cal viva, para argumentar el no; intento de reunir la “mesa de cuatro”, después de dinamitarla; y convocatoria de un referéndum entre las bases para evitar sentarse en la “mesa de tres”. Objetivo conseguido: nuevas elecciones hacia la hegemonía. Y los culpables son los otros.

Debemos a Chales P. Scott, director de The Guardian en 1921, esa frase que él hizo famosa, pero que encierra la esencia del positivismo, entonces vigente: “los hechos son sagrados, la opinión es libre”. Acabo de relatar los hechos, aunque tengo opinión. Sé, además, que los hechos no son neutros e inocentes. No se me olvida una reflexión que leí hace muchos años a E.H. Carr, quien afirmaba que los hechos no se parecen a los pescados ordenados encima del mostrador del pescadero, sino más bien a los peces que nadan libres en el océano, de modo que el pescador capturará unos u otros dependiendo de los que busque para lo usará adecuados aparejos de pesca.

En el océano en el que navego, sólo tengo un interés y uso los anzuelos adecuados, me interesa la confluencia. No me preocupa la suerte del PP, del que sólo aspiro a poder asistir algún día a su entierro, aunque sea en las condiciones en que asistí al entierro de Franco. No me preocupa Ciudadanos, no formo parte de esa gente guapa. No me interesa el PSOE, aunque sus avatares sí son importantes para poder cumplir o no mis deseos. Me interesa la confluencia a la izquierda del PSOE. Y esto es lo que ha quebrado precisamente en el proceso que arranca públicamente en Vistalegre, aunque sus raíces procedan del 15-M.

Lamento en este proceso de quiebra la actitud de EQUO, porque soy afiliado a ese partido. EQUO, después de apagar su voz entrando de incógnito en la candidatura de ‘Podemos’, ha optado por un clamoroso silencio. Sólo he recibido en mi correo o en mis reuniones de partido noticias sobre el mucho trabajo que desarrollan sus dos diputados y su diputada sobre ecología política, pero ni una palabra sobre lo principal: cómo se está construyendo la confluencia y, en concreto, cuál es más conveniente ahora mismo para ello, un gobierno socialista en las condiciones que se pacten o nuevas elecciones. Me hubiese gustado poder decir algo desde dentro, pero la opción por la anulación de la palabra, que defendió la ejecutiva y que ganó en victoria pírrica, lo impide. Confío en que el final del proceso decidido por ‘Podemos’ sea el final de los compromisos adquiridos en aquel referéndum, que anuló la voz de EQUO.

Nos queda Izquierda Unida. ¡Qué paradoja! Alberto Garzón acaba de sacar adelante su estrategia con una mayoría aplastante. Y Alberto está por la confluencia. Espero que haya aprendido la lección: la confluencia no consiste en una coalición de dos o tres o veinte partidos, sino en la participación de las personas, de los partidos y de los movimientos sociales en la toma de decisiones, a través de asambleas libres donde se facilite el diálogo, a través de programas construídos en los debates de los grupos de trabajo y aprobados en las asambleas, a través de elecciones primarias abiertas y sinceras, a través del filtro ético para todos los procesos. Y eso exige el reconocimiento de la pluralidad. Para eso peleamos por conseguir novecientos mil votos, aunque algunos creyesen que tiraban el voto a la basura. Justo lo contrario de lo que acaba de ocurrir desde Vistalegre hasta hoy. La única duda es si podremos recuperar la confianza en el escaso tiempo que queda.

Marcelino Flórez

Lo que está pasando

Seguimos sin saber lo que va a pasar y, un mes después de la fracasada investidura, sólo hemos visto cómo se añade confusión y teatralidad al conocimiento. La opinión ha invadido la vida pública. Los líderes, especialmente los dos emergentes o emergidos, no cesan de transmitir opinión, que, por otra parte, cambia continuamente. Si hace un mes el mayor obstáculo para un pacto de investidura o de gobierno parecía proceder de ‘Podemos’, hoy parece venir de ‘Ciudadanos’. En vano buscará el observador un solo documento o un solo hecho que valide la opinión formulada. La vida política se ha transmutado en teatro.

La representación va dirigida a la ciudadanía, aunque hay unos intermediarios, los tertulianos, que añaden opinión a la opinión, de donde surge un maremágnum de pura confusión. Cuesta seguir a los tertulianos, por irrelevantes, pero alguna vez me lo impongo como penitencia. Y compruebo que es casi imposible encontrar una persona en los medios que localice un hecho, lo analice y comunique los resultados. Lo habitual es que los tertulianos opinen sobre las opiniones teatralizadas y expresen, más que análisis, los deseos que tienen. Ha llegado a ser imposible, por eso, seguir una tertulia, en la que se conoce de antemano lo que cada persona va a decir y, por eso, las tertulias han devenido en muchos casos en provocación e insultos. Creo que mi hartazgo y mi desánimo se explica por el teatro, o sea, la conversión de la realidad en ficción y el hartazgo de otras personas puede tener los mismos orígenes. De lo que parece haber poca duda, y esto semeja más un hecho que una opinión, es de que la sociedad se está hartando de la teatralidad.

En medio de toda esta teatralidad, sin embargo, tienen lugar algunos hechos. Hace unos días Pedro Sánchez se reunió con Albert Rivera y parece que refrendaron los acuerdos vigentes. En los mismos días se reunió con Pablo Iglesias y acordaron seguir hablando (en público y, quizá, en secreto). Este acuerdo se viene concretando en algunas actuaciones parlamentarias y en la reunión de una mesa de tres, prevista para el día 7 de abril. Estos son los hechos, que la teatralidad enmascara continuamente y, por eso, no sabemos lo que está pasando. Hay que esperar a que avance o termine el recorrido de la mesa de tres. Entonces, Pedro Sánchez, el único que apenas actúa en el teatro, siendo el protagonista principal, dirá la última palabra. Sea la que sea, nos va a coger a todos un poco desencantados.

Marcelino Flórez

 

¿Qué va a pasar?

Los amigos, que saben de mi afición a la política, vienen preguntándome desde hace días qué va a pasar, si habrá gobierno o si habrá elecciones. Y sigo sin tener más respuesta que la duda y la indefinición. La lógica dice que habrá elecciones y las declaraciones en los dos extremos así lo confirman. Analicemos, más allá de nuestras pasiones.

Cualquier fórmula de gobierno pasa por el PSOE. Eso significa que está descartado un gobierno del PP, no sólo porque los responsables reiteran esa afirmación constantemente, sino porque no se aprecia a primera vista una inclinación socialista al suicidio. De hecho, sólo hablan de tripartito con los populares los adversarios en ambos extremos. Parece casi una súplica.

Existió durante algún tiempo una leve posibilidad de gobierno de coalición PSOE-PODEMOS, contra la que trabajaron con eficacia los barones socialistas y, de forma definitiva, la propuesta podemita de una vicepresidencia plenipotenciaria. ‘Ciudadanos’ también lo rechazaba, pero ha sido Pablo Iglesias quien ha segado definitivamente la hierva bajo los pies: la cal esparcida en los asientos socialistas en el Congreso y el tono bronco, innecesario hasta caer en el ridículo, como fue la bronca infantil sobre el tuteo con el Presidente de la Cámara, ha roto toda posibilidad de gobierno de coalición, porque el fondo está en la forma, como el árbol en la semilla, según dijo Gandhi. Pase lo que pase en los próximos dos meses, nadie tiene duda de que la responsabilidad en la ruptura de cualquier opción de gobierno está en el lado de ‘Podemos’. Falta por ver cómo valorará eso el electorado, pero los primeros indicios dicen que el perdedor no va a ser Pedro Sánchez.

Hubo otro momento en las negociaciones para la investidura, en el que Alberto Garzón adquirió un papel relevante, que lo merece pero está muy por encima de las posibilidades de los dos escaños de su grupo, cuando logró sentar en la mesa de negociación a ‘Podemos’, aunque fuese después de sesenta y tres días. Tuvo la ayuda en esa tarea de Compromís. Pero esta posibilidad mediadora la han tirado a la papelera IU y Compromís, al alinearse con ‘Podemos’, teniendo, como tenían, la posibilidad de abstenerse en la segunda votación. Ya no habrá, pues, “mesa de cuatro” y, en el periodo que iniciamos, IU y Compromís sólo pueden aspirar a la irrelevancia.

Si hay alguna mesa, será de tres, los socialistas con ‘Ciudadanos’ y ‘Podemos’, en el caso de que estos dos renuncien a los vetos mutuos. Y de ahí no podrá surgir un gobierno, sino un programa. Las exigencias de Pablo Iglesias, que siempre fueron interpretadas como una estrategia rupturista y no negociadora, han cumplido su ciclo con el voto negativo en la investidura. Esto hay que entenderlo: se ha acabado una fase con todos sus elementos y se ha iniciado otra, en la que la iniciativa corresponde exclusivamente a Pedro Sánchez. Quien haya analizado los tiempos de otra manera se ha equivocado.

Es difícil, pero hay margen para el acuerdo. Basta que ‘Ciudadanos’ ceda en algún elemento de su liberalismo y en sus maximalismos y ‘Podemos’ tiene suficiente con dejar a un lado el referéndum. Luego hay muchos elementos comunes para gobernar: la educación, la recuperación de las libertades, la ley electoral y otras leves reformas constitucionales, la paralización de la corrupción, la recuperación del poder judicial, la democratización de los medios públicos de comunicación y otras medidas regeneradoras. Aunque no haya gobierno de coalición, el PSOE puede aceptar fácilmente la introducción de algunos ministros “técnicos”, a propuesta de los pactistas. Incluso, se puede pactar un periodo de, por ejemplo, dos años, al final del cual cualquiera pueda romper el pacto sin necesidad de argumentarlo.

Hay margen y los resultados pueden ser sabrosos. Si hubiese acuerdo con ‘Podemos’ y ‘Ciudadanos’, ambos conseguirían un rédito inesperado: la quiebra del PP y la anulación de Izquierda Unida. Sólo con esto, sería un cambio político mucho mayor de lo que nunca hubiéramos podido imaginar. Así que, cualquier cosa puede pasar, aunque la lógica sigue indicando que habrá elecciones, paradójicamente la tabla de salvación de IU y del PP. El PSOE ha resuelto sus asuntos. Lo demás es un saco de sorpresas.

Marcelino Flórez

 

El espectáculo frente a la confluencia

Estamos asistiendo a un espectáculo político después del 20-D, que sólo alcanzo a comprender en tanto que teatralidad, o sea, representación ficticia y exagerada de la realidad. Una de esas representaciones la protagonizó Rajoy con lo que podemos denominar, en lenguaje andaluz, la espantá. Después de repetir una y mil veces que su partido era el partido más votado y que le correspondía formar gobierno, renunció a intentarlo cuando le fue encargado formalmente. Ahora sigue repitiendo el mantra, pero ya no lo recibimos en términos de tragedia, sino de comedia.

Otra gran actuación es la que ha protagonizado por dos veces Pablo Iglesias. Se presentó como un consumado monologuista para explicar a España que había sido designado para ser investido de vicepresidente, teniendo bajo su control todos los aparatos de poder efectivo en un gobierno “de progreso”. Cualquiera que haya contemplado estas dos actuaciones interpretará que nos hallamos ante un narcisismo perfecto o que el actor dice lo contrario de lo que piensa con intención de repetir las elecciones. Nada en esas actuaciones induce a pensar que nos hallamos ante un hombre de Estado, que atiende a la verdad, a la transparencia, a la sinceridad, a una posición ética. Nada. O se trata de enfermedad o de hiperbólica teatralidad.

El resto de los personajes ha tenido un papel secundario: Albert Rivera ha jugado su papel de mediador, al que le redujeron los resultados electorales; y Alberto Garzón ha hecho valer su casi millón de votos para invitar a sentarse juntos a PSOE y Podemos. Por su parte, Pedro Sánchez permanece en segundo plano, en el trabajo silencioso, que es donde se juegan las partidas.

No sabemos dónde acabará la representación, pero una cosa se ha clarificado a la vista de todos: los partidos emergentes son igual de partidos que los submergentes, con los mismos aparatos burocráticos, con las mismas prácticas, en el mismo teatro. Y de aquí saco para mí algunas conclusiones (para mí, a diferencia de los tertulianos, que hablan siempre en nombre del pueblo).

Reafirmo que la única vía de cambio real es la confluencia: partidos y movimientos sociales han de apostar por confluir con la gente común, afiliada o no, en asambleas abiertas. Lo único que se pide a los partidos, ahora ya de forma definitiva y a todos por igual, es que dejen las siglas a la puerta. No más coaliciones, ni más refundaciones, cada uno que siga siendo quien es y la asamblea que sea de todos, en común.

Reafirmo la opción por la democracia deliberativa, por el razonamiento, por la inclusión, por el consenso, por la escucha. No hace falta que vuelva a haber votaciones, ni mayorías que controlen. Si el espacio es común, si ya aglutina la semejanza y lo hace de forma voluntaria, ¿qué necesidad hay de que los matices luchen por ninguna hegemonía, salvo a través del razonamiento?

La asamblea decide todo lo importante y conoce hasta lo más insignificante. Decide el programa para cada ocasión, elige a las personas para cada ocasión, organiza grupos de trabajo, designa portavoces públicos y se dota de instrumentos de gobierno eficaces.

Tenemos la experiencia que nos regalan las confluencias municipales. Sólo necesitamos articular los territorios con las mismas experiencias y construir una asamblea grande, bien trabada, con representaciones precisas, estatutos sencillos y ajustados. Sólo falta voluntad.

Marcelino Flórez

Alka-ETA: el uso político de las víctimas

El ridículo y bochornoso espectáculo que ha organizado el poder político y mediático madrileño en torno a unos guiñoles terminará desinflándose pronto, a pesar de los jueces afines. Hay, sin embargo, actitudes que vienen de antiguo y perdurarán algún tiempo. El mejor ejemplo de esas actitudes es el ministro del Interior en funciones, cuya credulidad en imágenes y milagros le conduce a confundir un cartel de unos pocos centímetros en manos de una marioneta con una pancarta de exaltación del terrorismo. Esta credulidad con tan altas dosis de ignorancia oculta, no obstante, otra intención: combatir al gobierno municipal en Madrid, desacreditar al PSOE y, en definitiva, procurar que no se forme un gobierno en España. Esa es la tarea cuya difusión se encarga a los medios de la extrema derecha en la capital, que son casi todos. Por eso, la anécdota, aunque transitoria, no es insignificante y merece ser combatida.

Pero lo que tiene mayor gravedad es el instrumento que el ministro crédulo utiliza para conseguir sus fines políticos: las víctimas del terrorismo. A este uso perverso se ha sumado enseguida la AVT, cuyo descrédito ya no tiene límites. La actitud repetida de la AVT demuestra fehacientemente el mal uso del “deber de memoria de las víctimas”, recomendado por las Naciones Unidas. Cuando hablamos de deber de memoria nos referimos a la memoria que se debe a las víctimas por su inocencia, pero no nos referimos a la memoria que procede de las víctimas.

La memoria que se debe a las víctimas es universal y lo merecen las víctimas, hayan sido cual hayan sido sus creencias, su pensamiento, sus quehaceres. No hay víctimas inocentes de un lado o de otro, aunque es imprescindible diferenciar los espacios de cada víctima. Por ejemplo, un victimario puede, a su vez, haber sido víctima de otro crimen. Es el caso de los etarras torturados o asesinados, pero estas víctimas han de ser tratadas en un negociado distinto de aquel que corresponde a las personas asesinadas por los etarras. Evitar la equidistancia de las víctimas, como pretenden los asesinos y sus simpatizantes, es un principio moral prioritario, pues lo contrario conduce siempre a garantizar la impunidad para el crimen. Cada una, en su negociado.

Lo otro es la memoria que procede de las víctimas. Aquí no cabe hablar de inocencia, ni de derechos humanos. Primo Levi repetía insistentemente que los salvados eran muchas veces los peores, aunque eso no les quitaba un ápice de su condición de víctimas. Además, el pensamiento de las víctimas y de las asociaciones de víctimas es diverso, no universal; sus sentimientos y deseos, no por legítimos, han de ser éticos, como ocurre, por ejemplo, con el deseo de venganza. Por eso, el uso político de la inocencia y universalidad de las víctimas es otra perversión moral, del mismo calibre que el uso de la equidistancia entre los asesinos y sus víctimas.

El día que logremos diferenciar el genitivo hablativo (la memoria de las víctimas: la que se debe a las víctimas, la que está en su interior) del genitivo posesivo (la memoria de las víctimas: la que poseen las víctimas o sus asociaciones, el pensamiento particular) habremos dado un paso más en la defensa de los derechos humanos y en la denuncia de la inmoralidad de los utilizadores de la inocencia de las víctimas en provecho propio. El ministro crédulo y la AVT forman parte del grupo de la inmoralidad.

Marcelino Flórez

 

Memoria de las víctimas, Historia y Política