‘El abrazo’, de Genovés

Desde el día 7 de enero cuelga en Las Cortes el cuadro de Juan Genovés, titulado El abrazo. Es de 1976, unos meses después de morir Franco. Pero ¿qué representa y qué significa? Varios hombres y una mujer, de espaldas, con los brazos abiertos y vestidos con ropa común de calle, corren al encuentro de otras personas con aspecto parecido, que llegan de frente, con paso más reposado, y se abrazan efusivamente con afecto familiar. La mujer de la derecha aún no ha llegado al encuentro hacia el que se dirige y no vemos a la persona que quiere abrazar. Las que se abrazan no son personas desconocidas, no son gente de la calle, son familiares y amigas. Se nota que se buscan, que se esperan y se quieren.

Dice Genovés que la escena se la inspiraron los niños de un colegio junto a su casa, que se abrazaban al salir de clase. Está claro que los que se abrazan en el cuadro salen de algún sitio, que no es la clase, pero es la cárcel. Para mí, el cuadro siempre representó la libertad de los presos en las cárceles franquistas. La reproducción que tuve colgada en la pared de mi cuarto durante décadas se la compré a Amnistía Internacional, que tomó este cuadro como uno de los símbolos de su misión: la libertad de los presos, la amnistía de los delitos de opinión y de pensamiento. Es verdad que también difundieron mucho esos mismos carteles el PCE y las Comisiones Obreras. Lo hicieron en reclamación de la libertad de sus presos, que llenaban las cárceles franquistas en 1976. En el caso del PCE pudiera ser que este cuadro pasara a representar también su estrategia originada en en 1956 y conocida como la reconciliación nacional.

Juan Cruz ha titulado su reportaje en El País sobre el hecho que comentamos como ‘El Abrazo’ de la Transición y, para no dejar lugar a dudas, subtitula: “sobre la reconciliación española después del franquismo”. Aquí está el gato encerrado, que no logramos descubrir claramente durante la Transición, pero que no puede seguir oculto ahora.

Juan Genovés, en los actos de colocación del cuadro en el Congreso de los Diputados, cuya crónica hace Juan Cruz, precisa repetidas veces el significado que él atribuyó al cuadro: Ahora es del Congreso, dice el cronista, “como lo fue desde el principio de todos los demócratas que lo hicieron suyo… Yo quise que representara la resistencia contra el franquismo y la reconciliación de los españoles”, recalca el pintor.

Tratemos de dilucidar lo que dice el autor: el cuadro no puede ser al mismo tiempo símbolo de la resistencia antifranquista y de la reconciliación con el franquismo. O lo uno o lo otro. ¿Es posible alguna reconciliación de todos los españoles sin renunciar al franquismo, sin reconocer que aquella fue una dictadura criminal contra la humanidad, como ha reconocido el propio Tribunal Supremo? ¿Es posible una reconciliación con el franquismo, lo es con el nazismo, lo es con el fascismo, lo es con el esclavismo, lo es con el colonialismo? Toda reconciliación implica el reconocimiento de las víctimas inocentes y la condena de los victimarios. Lo otro, el olvido del crimen, es una nueva condena de las víctimas y la concesión de la impunidad a sus asesinos. No es reconciliación.

El error procede de la falsa lectura que se hizo en 1977, durante la aprobación de la última amnistía, del concepto comunista de reconciliación nacional. Cuando el PCE propuso esa idea en 1956 pensaba en abandonar el conflicto político expresado en términos de izquierda contra derecha, para transformarlo en un conflicto entre democracia y dictadura, es decir, en aglutinar a toda la oposición democrática contra la dictadura. Eso se concretó unos años después en la fórmula de “unión de las fuerzas del trabajo y de la cultura”, donde cupieron, por ejemplo, los democratacristianos de Ruiz Gimenez y una variada gama de grupúsculos intelectuales, insertados en el régimen, pero críticos con el franquismo. Cuando Carrillo o el mismísimo Camacho, éste en la sesión de Cortes del día 14 de octubre de 1977, confundieron reconciliación de los demócratas con reconciliación con la dictadura, se equivocaron. Los que no supimos verlo entonces, casi todos, salvo unas pocas víctimas, no tenemos que seguir siendo ciegos ahora.

El cuadro de Genovés no es ‘El Abrazo’ de la Transición, es el abrazo de los demócratas españoles a los presos del franquismo. El autor lo ha precisado perfectamente el día 7 de enero: “y de la Resistencia antifranquista”, dice Genovés, no sólo metáfora de la Transición, como había señalado Izquierda Unida ya en 2003. Entronizar el cuadro en Las Cortes ha sido un paso importante, ahora sólo falta crear una Comisión de la Verdad, que dilucide definitivamente los crímenes de la Guerra Civil y del Franquismo, pasa asentar las bases de la reconciliación. Si alguien, después de la clarificación oficial, quiere seguir sin condenar el franquismo, habrá que legislar para que pase a ser un delincuente, no un mero tertuliano integrista.

Marcelino Flórez

Más que remontar, reconstruir

Terminaron las elecciones del tiempo de bipartidismo y ha comenzado el tiempo de la reconstrucción de la derecha y de la izquierda en modo de pluralidad de partidos. En la derecha el cambio ha quedado difuminado a causa de la reducción de Ciudadanos a dos ideas, la “unidad” de España y el neoliberalismo. Ese reduccionismo, junto a la bisoñez del candidato y, tal vez, a un oportuno puñetazo ha posibilitado al Partido Popular mantenerse en su extrema derecha. Entre el original y la copia, la mayoría ha optado por el original. Esto confirma, además, una tesis que vengo manteniendo desde hace mucho tiempo y que provoca la ira de los apasionados del “sorpasso”: los dos partidos de la Transición tienen larga vida aún, por su organización y por su asentamiento territorial. Sólo el conflicto interno puede terminar con ellos en menos tiempo, como parece intentar desesperadamente el PSOE.

La parte izquierda del bipartidismo ha manifestado también su estado, que sigue siendo plural. La nueva “casa común” de ‘Podemos’ no ha logrado anular a Izquierda Unida, a pesar de la eficacia del voto útil. Más de novecientos mil votantes activos, dos diputados y un líder sólido constituyen una de las evidencias más firmes de estas elecciones, lo que me atrevo a calificar de éxito, atribuible en buena medida a Alberto Garzón.

Podemos’ ha fracasado en su estrategia esencial: ni ha sobrepasado al PSOE, ni ha anulado a IU, ni ha monopolizado el voto de la “gente plebeya”. Se ha consolidado, eso sí, como el principal partido de la izquierda del bipartidismo, pero no ha anulado al resto, como perseguía el objetivo. Ni siquiera ha fagotizado a EQUO, que tuvo que aceptar la anulación de sus siglas. En cuanto a la “gente plebeya”, no sólo ha seguido acudiendo al reclamo de la derecha extrema, sino que tampoco ha abandonado al PSOE y tiene, además, un nuevo asiento en Ciudadanos. Por esa vía, las opciones de ‘Podemos’ sólo pueden tender a reducirse, pasado el momento inicial de euforia. Y por la otra vía, la de la confluencia con la gente que milita en el movimiento social y político, ‘Podemos’ ha cerrado los caminos y ha abierto muchas heridas. No ha habido remontada, pero ha habido ruptura de la confluencia.

Toca, por lo tanto, empezar de nuevo, reconstruir la confluencia. Para ello, disponemos ya de buenos elementos; tenemos las fórmulas que han triunfado en estas elecciones en Cataluña, en Galicia o en la Comunidad Valenciana; y tenemos las candidaturas de participación ciudadana que tanto éxito tuvieron en las elecciones municipales no sólo en esos tres territorios citados, sino también en las ciudades de Aragón o de Castilla y León y en múltiples municipios repartidos por toda España. Desde ahí hay que reiniciar el camino, sin necesidad de nuevos inventos. Basta coordinarse, encontrarse y tratar de federarse. Justo lo que dejamos de hacer el pasado verano, cuando cedimos la iniciativa a los partidos políticos, usurpándosela a las asambleas cívicas que llenaban toda España.

Contamos también con dos partidos políticos, que ya han manifestado públicamente la opción por la confluencia, IU y EQUO. Sólo falta que ‘Podemos’ reconsidere su decisión de “casa común” y reconozca la pluralidad. Porque la otra cosa que ha quedado clara el 20-D es que, si bien la “gente plebeya” sigue en el bipartidismo o prefiere a ‘Ciudadanos’, la gente militante elige izquierda, con reclamo de voto útil o sin él. Sólo se puede avanzar a través de la confluencia, cuya ausencia ha inducido a más de una persona a quedarse en casa esta vez.

Confluir, además de empoderar a las asambleas, significa construir una propuesta política y enunciarla asertivamente, dejando a un lado la crispación y el ataque innecesario a otras fuerzas políticas. Hablaríamos, así, de una nueva ley electoral, de garantizar la sanidad universal, de construir un consenso educativo, de transformar el modelo energético, de evitar y castigar la corrupción; y explicaríamos la reforma de la Constitución, una reforma que garantice los derechos económicos y sociales, una reforma que introduzca el uso del referéndum para poder aplicarlo a la forma de Estado o a la organización territorial. En fin, cosas parecidas a las que acabamos de ver, pero construidas En Común y capaces de generar ilusión, aunque eso vaya en detrimento de liderazgos personales o colectivos.

Marcelino Flórez

¿Dónde está el voto útil?

Alguna vez, no sólo en 1982, he recurrido al voto útil, siempre con la intención de cortar el paso a alguien poco afectuoso. Las pocas veces que lo he hecho he vuelto a casa poco contento, de modo que ahora, cuando vuelven, por activa y por pasiva, a convocarme al voto útil, he decidido que el único voto útil es el que deja tranquila mi conciencia. Definitivamente, voy a votar con el corazón.

En este caso, además, el corazón tiene argumentos que la razón sí comprende, dando la vuelta al axioma clásico de Pascal. Lo primero, ningún voto de los que vayan a parar a la izquierda se perderá en esta ocasión. Puede que en una provincia el voto no sirva para obtener un diputado, pero se suma a los votos del Estado, donde con seguridad tendrá representación y se precisa un 5 por 100 de los votos del Estado para constituir grupo parlamentario. Esto vale para el voto a Unidad Popular, por supuesto.

Pero el corazón entiende, sobre todo, otra razón: el voto del 20-D no sólo decide la formación de gobiernos y la expulsión de gobernantes corruptos y falaces, sino que toma postura ante el debate principal sobre la unidad de la izquierda.

Es cierto que en esta ocasión no ha sido posible la confluencia, esencialmente a causa de los cálculos estratégicos de ‘Podemos’, pero el espíritu del Común sigue vivo. Lo tenemos vivo en los municipios donde logramos confluir y lo mantenemos incandescente en nuestros corazones y en nuestro razonar. Después del 20-D, para mí, el debate político principal seguirá siendo cómo construir la confluencia. Y, para que no se nos olvide, recordemos lo que quiere decir confluencia: dejar a un lado las posiciones estrictas de partido u organización y dar valor a lo que puede ser común para la mayoría; no renunciar bajo ningún concepto a la realización de elecciones primarias en cada distrito para confeccionar las listas electorales; empoderar a las asambleas y a la ciudadanía próxima para tomar todas las decisiones; someterse a evaluación pública; reservar a los liderazgos el papel secundario que una democracia deliberativa exige; en fin, tener unas actitudes y llevar un modo de vida acorde con las ideas que se plasman en un programa. ¿Quién puede dudar que, ante ese próximo futuro, no hay más voto útil que el que dicta el corazón? Adelante, pues, y no sucumbamos a los cantos de las sirenas.

Marcelino Flórez

Primo Levi y la Comisión de la Verdad

La editorial Península acaba de publicar una recopilación de testimonios de Primo Levi, algunos de ellos escritos en colaboración con Leonardo de Benedetti, otro deportado, con el título de Así fue Auschwitz. Quien haya leído la trilogía de Levi sobre el holocausto, simbolizado en Auschwitz, comprobará con este nuevo libro que la reconstrucción del crimen no está acabada.

Uno de los escritos recogidos se titula “Aniversario” y conmemora el décimo aniversario de la liberación del campo por el Ejército Rojo. Es, por lo tanto, de 1955. Se lamenta aquí Primo Levi de que sea el olvido del crimen lo que impera en Italia, además de la acusación de victimistas o de morbosos, cuando no de mendaces o impúdicos, que alguna gente hace a las víctimas que osan recordar. (¡Cómo me recuerda esto a Rafael Hernando!).

Y el silencio se impone, razona Levi, por la mala conciencia de mucha gente, que trata siempre de “desviar la discusión” cuando aparece el crimen sobre la mesa, trayendo “a colación las armas nucleares, los bombardeos indiscriminados, el proceso de Núremberg y los problemáticos campos de trabajo soviéticos”. (¿Observan ustedes que esta argumentación no ha perdido ninguna actualidad?) Sigue diciendo nuestra víctima de Auschwitz que no le importa cuando quien así actúa es un nazi o un fascista, porque “es natural”, pero que le hiere mucho cuando el silencio culpable alcanza a los intelectuales o a las propias víctimas.

También comprende, no obstante, este silencio culposo, que nace de la vergüenza que el crimen produce en toda la humanidad, la cual no puede sentirse ajena a aquellos hechos, porque es la propia Europa la que engendró Auschwitz: “vivíamos en ese siglo en que la ciencia se vio doblegada, y dio a luz las leyes raciales y las cámaras de gas. ¿Quién puede decirse convencido de ser impune a la infección?”. (Primo Levi no lo sabía entonces, pero Wallter Benjamin había dejado escrita, antes de suicidarse unos pocos años atrás, la explicación racional de esa responsabilidad europea.)

El autor, denunciada la mala conciencia, reclama con vehemencia la palabra, que se diga, que se conozca la verdad. Eso sí, sin “agavillar a víctimas y asesinos”, esa equidistancia que hoy con tanta insistencia escuchamos. En otros escritos posteriores Primo Levi calificaría esta posición ideológica de la equidistancia como “perversión moral”, porque la identificación de las víctimas con sus verdugos tiene como finalidad garantizar la impunidad de los asesinos, mientras perdura sin reparación la injusticia de las víctimas.

En esta segunda transición que estamos, todos, protagonizando, me ilusionaría escuchar en la voz de los líderes políticos democráticos esa misma recomendación de Primo Levi: el compromiso expreso de crear una Comisión de la Verdad sobre los crímenes del franquismo tan pronto como se formen las nuevas Cortes. Eso sí que daría fin al franquismo, integrándolo en la conciencia colectiva, con víctimas y con asesinos en sus correspondientes capítulos. Y aquí, la palabra o el silencio sí que dividen las opciones de la nueva transición. Sigo escuchando con toda atención.

Marcelino Flórez

Esas cuestiones de Estado

Escuchar al presidente del gobierno del Partido Popular que determinado asunto es de interés general produce, como mínimo, rubor. Cuando alguien ha ejercido el poder como lo ha hecho Mariano Rajoy, con una práctica tan fuertemente clientelar, queda desautorizado para hablar de cuestiones de Estado.

Quien ha hecho una reforma laboral extrema sin reunirse una sola vez con sindicatos obreros y con asociaciones empresariales, sin comunicárselo a los partidos políticos más representativos, sin discutirlo siquiera en las Cortes, no puede hablar ahora de cuestiones de Estado.

Quien ha aprobado una ley de educación en solitario, sin escuchar a las organizaciones de la comunidad educativa, sin hablar una sola vez con los partidos de la oposición, pisoteando cualquier enmienda en sede parlamentaria, no puede hablar ahora de asuntos de interés general.

Quien ha hecho reformas del Código Penal y leyes merecedoras universalmente del calificativo de “mordaza”, relativas a derechos fundamentales, sin escuchar los avisos de personas e instituciones expertas por su pertenencia a la judicatura o a entidades reconocidas internacionalmente por la defensa de los derechos humanos, y lo ha hecho en solitario, no puede hablar ahora de cuestiones de Estado.

Más parece hipocresía ante unas próximas elecciones, que sinceridad del corazón. Rajoy, sus ministros y su partido carecen de autoridad moral para proponer ninguna cuestión de Estado en este momento. Es tan evidente la contradicción con la práctica, que la propuesta de un pacto por interés general, aunque se trate de terrorismo, no es creíble en quien ha gobernado como lo ha hecho y en quien no es capaz de reconocer que mintió atribuyendo a ETA un atentado del fundamentalismo islámico en Madrid, sabiendo que mentía, ante otras elecciones generales.

Por eso, tiene razón ‘Podemos’ y, sobre todo, Izquierda Unida al no firmar un pacto que carece de credibilidad moral a causa del pensamiento y de la práctica del partido gobernante.

Marcelino Flórez

Memoria de las víctimas, Historia y Política