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Syriza en gallego significa esperanza

A mucha gente le han sorprendido los resultados de la Alternativa Gallega de Izquierdas: ha pasado de nada a 9 representantes. AGE es una coalición de la Izquierda Unida de Galicia, a la que se ha sumado un líder, Beiras, que acababa de fundar un partido nuevo, ANEVA, después de separarse del Bloque. A Esquerda Unida y a Beiras se añadieron otros retales, Equo y Espacio Ecosocialista, o sea, el factor verde.

Los comentaristas políticos han explicado este éxito electoral en Galicia por la concurrencia de dos factores: el ascenso que venía teniendo Izquierda Unida y la capacidad de liderazgo de Beiras. Posiblemente los comentaristas políticos tengan razón, pero yo creo que hay otros factores a considerar. Uno es la presencia desinteresada de Equo y los Ecosocialistas (entre los 9 representantes elegidos ninguno pertenece a esos grupos); el otro es la ausencia de siglas históricas o conocidas.

Nunca podremos saber cuánto han aportado Equo y el factor verde a los resultados obtenidos. Hay que considerar, sin embargo, que su presencia en las redes es muy destacada y que dispone allí de elevada simpatía. Si el voto obtenido por AGE procediese en alguna medida de abstencionistas y de jóvenes (y no exclusivamente de nacionalistas y socialistas desengañados), el factor verde podría haber sido importante. El otro elemento, la ausencia de siglas conocidas, tiene también su valor, primero porque desliga a esta coalición electoral de los desprestigiados partidos políticos existentes y, segundo, porque manifiesta unidad frente al sectarismo reinante. Eso ha permitido a alguna gente dejar de pensar en votos útiles y optar por un voto deseado y viable, con lo que ha hecho el esfuerzo de ir a votar. En todo ello, el mayor mérito es de Esquerda Unida Galega. Es verdad que le ha compensado su generosidad, pues ha pasado de 0 a 100 o a 500 en presencia parlamentaria.

A mí no me han sorprendido los resultados. De hecho, ha ocurrido lo que yo deseaba y, en alguna medida, presagiaba en este blog los días 20 de abril y 29 de agosto. Con el ánimo que proporciona ver refrendado por la realidad el pensamiento teórico, quiero añadir otra observación: toda la esperanza que trae la improvisada “Syriza” (que, por cierto, quiere decir Coalición de Izquierdas y Ecologista) gallega tiene que contrastarse en el inmediato futuro, no formando un nuevo partido que asiente lo conseguido, sino con la participación abierta de la pluralidad ideológica de la izquierda y de la gente, que precisen propuestas, movilicen a la sociedad y controlen a las personas elegidas. Es tarea que habrá que evaluar.

Marcelino Flórez

Españolizar

El ministro Wert está nervioso. El martes le abuchearon en Valladolid y el miércoles no controló la autocensura y desveló las verdaderas intenciones de sus reformas: pretende españolizar a los niños y niñas catalanes. El objetivo desvelado no resulta sorprendente y el escándalo no lo ha provocado la sorpresa, sino la falta de diplomacia o, en otras palabras, la sinceridad lingüística. Estamos tan acostumbrados a la perversión del lenguaje, al uso encubridor del eufemismo, al falseamiento de la semántica, que un uso de las palabras en su significado propio resulta desconcertante.

Lo que ha dicho Wert es lo que intentó hacer Aguirre durante el primer gobierno de Aznar, que también entonces provocó una importante efervescencia nacionalista. La ministra Aguirre propuso una “reforma de la enseñanza de la Historia”, con la que quería obligar a la historiografía a presentar a los Reyes Católicos como constructores de la unidad de España. La reacción de los historiadores facilitó la intervención del PSOE, que pactó una “reforma de las Humanidades” para dar una salida airosa a la anacrónica propuesta de Aguirre. Los socialistas se equivocaron entonces con su condescendencia y harían muy mal en repetir el error.

Estamos ante un asunto nacionalista, que hoy día debería resultar ridículo para una buena parte de la población, entre la que debería encontrarse toda la intelectualidad y, por supuesto, toda la izquierda. Aunque desde el comienzo de la ciencia histórica los poderes han ordenado a los historiadores construir determinadas identidades colectivas por medio de la enseñanza, hace ya mucho tiempo que la libertad de cátedra hizo imposible obligar a nadie a cumplir los deseos de los gobernantes. Los profesores y profesoras de historia enseñan como consideran más adecuado, teniendo en cuenta sus saberes científicos, su formación pedagógica y también sus propias opciones ideológicas y el conjunto de su pensamiento. En treinta y cinco años de docencia siempre he desobedecido el mandato gubernamental y nunca han logrado impedírmelo, aunque el primer año lo intentaron y casi lo consiguieron, pero aquel curso comenzó con Franco vivo y terminó con el franquismo excitadísimo. Era una situación excepcional.

Españolizar, como catalanizar, son deseos apasionados de españolistas y de catalanistas. Se trata de una fe y no es posible debatir con quienes la sostienen. Sabemos que se basa en una invención, como explicó el recién fallecido Eric Hobsbawm, pero la fe no distingue entre verdadero y falso, simplemente cree y se entrega a la causa. Dejemos a los creyentes que resuelvan su conflicto.

No podemos caer en la trampa. Puede que haya que reformar el Estado, caminar hacia un Estado federal, reformar la Constitución, lo que sea. Pero no conviene hacer mudanza en tiempos de tribulación, como decía San Ignacio. Los socios en el Parlamento español y en el Parlamento catalán han conseguido lo que querían: que nos enfanguemos con españolizaciones, mientras incrementan el paro, reducen los salarios, liquidan los servicios sociales, privatizan enseñanza y sanidad, mientras saquean el Estado. Es una trampa. La línea divisoria entre la izquierda y la derecha la marca la agenda: la preocupación por españolizar es la agenda de la derecha; la preocupación por la crisis económica y por las salidas alternativas a la misma es la agenda de la izquierda. No hay que caer en la trampa.

Marcelino Flórez

 

 

Fascismo en Las Cortes

El juez Pedraz ha exculpado a los convocantes del 25-S, que habían sido apresados, y eso ha soliviantado a la caverna política. Pero una de las frases del auto judicial ha soliviantado también a la clase política. Hasta el anónimo Rafael Simancas ha salido al paso. La frase del juez no hace sino reconocer lo que dicen todas las encuestas de opinión, la “convenida decadencia de la denominada clase política”. El juez introduce esa frase no para criticar a nadie, sino para argumentar la licitud de la opinión de los convocantes del 25-S sobre Las Cortes y sus diputados, cuando piden su disolución y la apertura de un proceso constituyente. Con esa expresión, el juez manifiesta vivir en el mundo y conocer la realidad, lo que concede mayor veracidad a sus veredictos, como sabe toda la judicatura y los que nos hablan del derecho. Nada malo, pues, salvo para el espejo de esos políticos decadentes, que se resisten a la defenestración.

Otra cosa han sido las palabras de Rafael Hernando. Este portavoz del Partido Popular es bien conocido desde hace tiempo por sus actuaciones violentas. Siempre que habla, lo hace a través del insulto y la descalificación de sus oponentes. Y, al menos una vez que yo recuerde, pasó de las palabras a los hechos; es decir, trató de resolver a puñetazos sus controversias con otro diputado. Rafael Hernando encarna las principales cualidades o valores del fascismo: autoritarismo o chulería, descalificación a través del lenguaje adulterado y, sobre todo, violencia (no hay más remedio que recordar aquí “la dialéctica de los puños y las pistolas”, de José Antonio Primo de Rivera).

Ahora, Rafael Hernando ha llamado a Pedraz  “pijo ácrata”. Dos descalificaciones juntas: pijo, que hace referencia a niño pijo, ese producto de la derecha desacomplejada, cuyo modelo tan bien encarna precisamente el propio Hernando, a quien sólo le falta añadir brillantina al fijado que usa para sus bucles; y ácrata, que en la voz de un fascista o violento es una de las dos peores cosas que se puede ser (la otra, claro, es comunista) y que, por lo tanto, debería ser desterrada de la faz de la tierra.

Es muy peligroso que un diputado como Rafael Hernando siga siendo diputado, pero encierra más peligro que un partido como el Partido Popular ni siquiera le haga callar, sólo por mantener viva la estrategia de tener contentos a esos cinco millones de votantes que piensan como Hernando. A los otros cinco millones ya no les cabe excusa: van en el mismo saco.

Marcelino Flórez

 

Nacionalismos

Lo que a mí me produce verdadero cansancio son los nacionalismos. Del español, mejor no hablar. Y el catalán es agotador. Por claridad, he de repetir que ser nacionalista no tiene nada que ver con amar la tierra de los padres, la lengua materna o la cultura local. Ese amor es universal y es justo rebelarse cuando es reprimido imperialistamente. Pero eso no ocurre en Cataluña, aunque los nacionalistas españoles todavía lo añoren e, incluso, lo intenten, como hemos visto recientemente. Ser nacionalista es pretender, dentro de un territorio delimitado, la exclusividad de la cultura propia, de la lengua dominante y de una sola etnia. Sabemos que eso no existe en ninguna parte del mundo y, cuando se intenta imponer, resulta lo que ocurrió en Alemania desde 1933 o en Yugoslavia en la década de 1990. La historia es implacable y no deja de demostrar que el Estado-Nación es una entelequia del siglo XIX, la entelequia que imaginaron los inventores de los nacionalismos.

Cansa mucho ese nacionalismo recurrente. Por eso, estoy deseando que los nacionalistas catalanes se escindan del resto de España cuanto antes. Eso sí, con las cosas claras. Primero, tienen que convencer a los catalanes no nacionalistas para sumar votos suficientes, porque no creo que los nacionalistas catalanes quieran optar por la vía armada para la secesión. De autodeterminación, después de lo razonado por los jueces en Quebec, ya nadie bien informado se atreve a hablar. Pues aquí no hay colonización y, de haberla habido, al menos en los más de sesenta años que ya he conocido, no serían los catalanes los colonizados, recurriendo al lenguaje metafórico de la colonización económica, sino otros territorios, como mi vieja Castilla, por ejemplo. En todo caso, no se puede recurrir a ese derecho inexistente. Renunciando a la lucha armada, sólo queda la vía del referéndum, previo acuerdo con el resto del Estado. Y un voto de este tipo siempre exige una mayoría cualificada, sea de tres quintos o de dos tercios.

Segundo, habrá que pagar a los españoles la parte de inversiones realizadas o devolverlas, acompañadas o no de los emigrantes que siguieron la ruta del capital, especialmente durante la larga noche del franquismo. Será especialmente delicado compensar a los ciudadanos que opten por unas fronteras distintas, que habrán de llevarse sus casas, sus negocios, sus pensiones, en fin, lo que tengan. Porque no se está pensando en ninguna revolución, sino en la continuidad del derecho.

Pues nada, que se establezcan cuanto antes las condiciones. Que todo habitante de Cataluña sepa cuánto le va a costar el establecimiento de la frontera (dejo a un lado Europa y, sobre todo, dejo a un lado el futbol) y que se haga el referéndum. Si ganan los nacionalistas, que paguen lo estipulado y santas pascuas. Sólo lo sentiré por mis amigos y amigas catalanes, con quienes me será más difícil la comunicación (no sabéis lo que dificulta el cambio de moneda), pero el descanso que vamos  tener será una compensación suficiente.

Si cansan tanto los nacionalismos, es porque se retroalimentan. Así que, debilitar al nacionalismo catalán es debilitar al nacionalismo español. Hay que dejarles solos en la tarea. Ellos la han fabricado. Que ellos la resuelvan. Lo que sí me apena es ver a las izquierdas impregnadas algunas veces de la quimera nacionalista, como si eso fuese algo interesante para la humanidad, siendo, como es, sólo de interés para los que no viajan. Basta ya, por favor.

La difícil alternativa

En 1986 confluyó un amplio movimiento social en la Plataforma para la salida de España de la OTAN. Era un movimiento heterogéneo, pero con un objetivo preciso: OTAN-NO. Los principales impulsores fueron los dos grandes sindicatos y estuvieron presentes los partidos de la izquierda, donde la predominancia del PCE era indiscutible. El Referendum se perdió, pero la Plataforma sirvió para originar un movimiento político, que terminó formando esa entidad nunca bien definida, que fue Izquierda Unida, algo así como una federación de partidos y de agrupación de personas, aunque socialmente sería identificada pronto con un partido político.

El dominio del PCE en IU siempre fue evidente, pero en el año 1992 el Congreso del PCE ordenó que se “hegemoneizase” el movimiento social y político. Fue el fin definitivo de la relativa autonomía de IU, así como el origen de un conflicto gravísimo en el seno de las Comisiones Obreras. El conflicto sindical terminó en el año 2009, cuando la denominada mayoría sindical fue derrotada por una coalición de “criticcoos”, la corriente sindical creada por el PCE, junto a una aglomeración de personas descontentas, reunidas en torno a algunas “personalidades” sindicales. Los “criticcoos” decidieron entonces disolverse y, como la mayoría sindical no constituía ninguna tendencia organizada, el conflicto sindical interno se extinguió. Pero en IU las cosas discurrieron de otra manera.

En el tiempo prelectoral del año 1993, el PCE en Izquierda Unida desarrolló la teoría de las dos orillas, queriendo dar a entender que el PSOE y el PP estaban en una de ellas e IU en la otra, de donde se deducía que no había posibilidad de pactos con el PSOE. La doctrina fracasó, al volver a ganar el PSOE las elecciones con mayoría relativa, pero triunfó, porque no obtuvo el apoyo de IU para gobernar. Siempre bajo la dirección de Anguita, la doctrina se reforzó, denominándose ahora el sorpasso y asentada en la cantinela de programa, programa, programa; y aún dio un paso más con la táctica de la pinza con el PP, que obtuvo el éxito deseado: el PSOE fue desalojado del poder en 1996. Siguieron ocho años de aznarismo y desmovilización social, que se valoran por sí mismos.

El conflicto dentro de IU se acentuó y algunas personas formaron el PDNI para tratar de reunir fuerzas y contrarrestar el dominio de los hegemónicos. Fue una tarea vana. La Nueva Izquierda no tuvo acceso a la V Asamblea de IU y se desligó de la coalición. Izquierda Unida, después del periodo discurrido entre 1993 y 1996, no recuperaría ya el carácter inicial y los resultados electorales volverían a ser insatisfactorios, a pesar de caminar de refundación en refundación. Ni siquiera en 2011, con un partido socialista completamente abatido, logró recuperar una representatividad significativa. El control que siguió de los diputados elegidos y la marginación de los más reconocidos, como Gaspar Llamazares, dejó claro que ese camino no tiene retorno.

Una vez más, sin embargo, la realidad convoca a transformarse. La crisis económica, que ha derivado inmediatamente en una crisis social y política, está sirviendo para recuperar el fenecido movimiento social. Encabezado nuevamente por los sindicatos, todo lo que se mueve en la izquierda social se ha vuelto a poner en pie: grandes manifestaciones recorren las calles desde que comenzó el año 2012. Esa movilización ha cuajado ya en una plataforma, denominada Cumbre Social y dotada de un objetivo: convocar un referéndum en el que se rechacen los recortes del gobierno. El objetivo se conseguirá o no y el gobierno caerá o no, pero una alternativa política está de nuevo al alcance la mano.

Algunos oportunistas han tratado ya, sin éxito, de arrimar el agua a su molino, aunque, alimentados con la experiencia de los últimos veinticinco años, sabemos muy bien lo que no puede ser la alternativa: no puede ser una coalición de partidos de la izquierda, todos los cuales están en el mismo saco de la desafección social; no puede ser un movimiento controlado por uno o varios partidos; tal vez, no pueda ser siquiera un partido político. Sabemos también algunas cosas que se van a demandar: una reforma de la ley electoral; el fin de los privilegios de los representantes políticos; la democratización de las decisiones políticas relevantes; y, por supuesto, la realización efectiva de los derechos económicos y sociales, mediante la implantación de una renta básica de ciudadanía y de la garantía de los servicios sociales públicos.

El problema es la dirección del movimiento. Quizá no se pueda ir más allá de una agrupación electoral en todas la provincias de España, que designe, en asambleas abiertas y con métodos que garanticen una efectiva participación, candidatas y candidatos electorales. Las mismas asambleas, con métodos igualmente participativos, serían las responsables de elaborar los programas electorales y un estatuto para candidatas y candidatos. Esto significa cambiar la actual forma de representación política, desligándola de los partidos políticos que ahora la gestionan. A los partidos les correspondería la función cultural: crear doctrina, educar, difundir el pensamiento, organizar a las personas adheridas. Cuantas más personas sean y mejor organizadas estén, más podrán influir en las decisiones que tomen las asambleas de las agrupaciones electorales, pero los viejos partidos, monopolizadores de poder y pretendidas vanguardias intelectuales, han recorrido ya todo su camino.

Está fuera de duda que no formará parte de esa agrupación electoral el ámbito de los socialistas, que dispone de base social para varias décadas. Probablemente tampoco se adhiera el ámbito de los comunistas y otros grupos antisistema, que ya se han desligado de la Cumbre Social con disparatados prejuicios argumentales sobre los dos grandes sindicatos. Todo lo demás que se mueve políticamente en la izquierda debería ser capaz de dejar las siglas en casa y esforzarse por construir una vía alternativa, capaz de aglutinar al conjunto social que trabaja en la solidaridad, en la cooperación, en la defensa de la naturaleza, en la economía alternativa, en derechos humanos y en el buen vivir o negación del crecimiento capitalista, y que ahora no se siente representado. Su futuro estará en manos de los programas que logre elaborar y de las personas encargadas de llevarlos a cabo, si fuesen personas merecedoras de confianza.