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El populismo y sus alternativas

Publicaba Nicolás Sartorius un artículo en ELDIARIO.ES sobre el triunfo de Trump, que comenzaba con una definición de lo que son los populismos: “demagogos que con frases simples ante temas complejos consiguen encandilar a millones de personas”. Me gusta mucho esa definición. El populismo tiene una carga básica de demagogia, aunque, sobre todo, es simpleza. El ejemplo más perfecto que se me viene a la cabeza es aquel de “la herencia de Zapatero”, que sirvió al Partido Popular para llegar al poder y mantenerse en él ad calendas graecas. Junto a demagogia, el populismo requiere gente que se deje convencer con simplezas y esa gente es muy abundante, por ejemplo, el 53 por 100 de mujeres blancas que han votado a Trump.

Además de un demagogo con apoyos mediáticos y de gente sencilla (Recordemos: Íñigo Errejón lo denomina “gente plebeya”; Marx lo definía como “lumpemproletariado”; y el recordado alcalde de Getafe prefería denominarlo “tontos de los …”), para que triunfe el populismo hace falta que las demás fuerzas políticas sean tan ineptas, que no sean capaces de desvelar las trampas de los demagogos o que no tengan nada mejor que ofrecer. Eso es lo que ha pasado en los Estados Unidos de América o en España. No son los votantes sin ilustración los que han subido al poder a Trump o a Rajoy, sino la incapacidad de los otros partidos. Hay que dejar de echar la culpa al empedrado.

La alternativa, por lo tanto, para erradicar el populismo que nos amenaza no es hacer un curso intensivo de filosofía para toda la población, sino ser capaces de ofrecer soluciones a los problemas cotidianos. Para ello, se requieren, en primer lugar, palabras cariñosas, no agresivas o, si queréis que os lo diga de forma más técnica, se quiere asertividad. Necesitamos gente que nos diga cosas en positivo, que nos hable del respeto a la diferencia y que manifieste tener un grado suficiente de tolerancia para soportar las incomodidades que causan los vecinos. Necesitamos personajes con credibilidad y, si alguien ha perdido la credibilidad con sus exabruptos o sus contradicciones, como repiten las encuestas y confirman las elecciones, tiene que dar un paso lateral y salir de la fila. Preguntad, si no, a Hillary Clinton.

Y necesitamos propuestas realistas, pero comprometidas. Hay que ofrecer garantías para las libertades. Además de eliminar las leyes mordaza, hay que seguir ampliando los derechos y si hay que hablar de eutanasia, se hace sin miedo; si hay que hacer una Comisión de la Verdad, seguida de una ley para terminar definitivamente con el franquismo, se hace. La renta básica universal tiene que volver a ser una propuesta firme. Si hay que empezar con cantidades pequeñas, que así sea, pero para todo el mundo. Hay que hablar de reforma fiscal; no de bajar impuestos, sino de igualar rentas del trabajo y beneficios del capital. La propiedad de la tierra tiene que pagar impuestos, muchos más que la posesión de una casa o de un coche. No puede permitirse que la tierra sea refugio de especuladores, mientras los jóvenes que quieren volver al campo carecen de tierra en estos tiempos de soberanía alimentaria imprescindible. Hay que reclamar más Europa, pero más social. Cosas claras y gente creíble es el antídoto de los populismos, junto con la confluencia en la unidad electoral y la participación abierta a la ciudadanía. Hay tarea, pero hay alternativa.

Marcelino Flórez

Contra la impunidad

La 61ª SEMINCI ha presentado la película de Iñaki Arteta, Contra la impunidad. Es un alegato a favor de la memoria de las víctimas de ETA y, en particular, contra el olvido de las 324 víctimas que no han recibido justicia. El documental está construído en base al testimonio de algunas de esas víctimas, de periodos muy distintos, que abarcan desde el franquismo hasta los últimos tiempos de actividad de ETA. Los testimonios muestran el dolor y la rabia de las familias de las personas asesinadas por ETA, así como las dificultades para preservar la memoria de los inocentes. Acompañan a esos testimonios las opiniones de especialistas del periodismo y de la judicatura, que reconocen la impunidad que afecta esos 324 asesinatos. Se hace notar también la indiferencia, cuando no el desprecio, con los que fueron acogidos los crímenes durante mucho tiempo por una parte grande de la sociedad.

La línea argumental no admite ningún reparo, en el estado actual de la reflexión política y moral sobre el significado de las víctimas. Y es difícil que nadie, salvo los autores de los crímenes y sus cómplices, pueda estar en desacuerdo con que el terrorismo etarra deba ser calificado jurídicamente como un crimen contra la humanidad.

Sin embargo, la película me ha dejado insatisfecho. Reflexionando sobre ello, no encuentro más explicación que el uso que se hace de las víctimas al servicio de una ideología particular. No es sólo porque se haga referencia exclusivamente a “concejales del Partido Popular”, cuando se habla de los objetivos civiles y políticos de ETA, sino por el tono de todo el relato y por la actitud de las asociaciones de víctimas que testimonian.

Para entender esta insatisfacción, he tenido que retrotraerme al asesinato de Miguel Ángel Blanco del 12 de julio de 1997. Era la segunda vez que la multitud salía a la calle en España para rechazar el crimen. La primera vez había sido un poco antes, cuando los estudiantes madrileños salieron con las manos pintadas de blanco, después del asesinato de don Francisco Tomás y Valiente el 14 de febrero de 1996. En Euskadi, los testimonios, antes casi individuales de Gesto por la Paz, comenzaron también entonces a llenar pueblos y plazas. Pero esta segunda vez el Partido Popular cayó en la tentación de utilizar a su favor la movilización de solidaridad con la víctima. Fue en el ostentoso homenaje que se tributó unos meses después en Madrid y esa práctica ya no desapareció nunca de la vida política española, especialmente cuando el Partido Popular estuvo en la oposición, alcanzando cotas de crispación inaceptables durante la tregua de ETA del año 2006.

Este uso político de las víctimas exige que hagamos una diferenciación entre la memoria o la justicia que se debe a las víctimas, la que poseen por sí mismas, y la memoria o la justicia que procede de las víctimas, la que ellas ejercen. Las víctimas poseen el testimonio, pero no les corresponde ejercer la justicia. Esa es tarea de la judicatura. Tampoco son una autoridad moral. Es más, como dice Primo Levi, refiriéndose a Auschwitz, muchas veces los supervivientes fueron los peores, sin que eso les prive de su carácter de víctimas, de haber sufrido la violencia. Incluso, dicen los psiquiatras, es conveniente que las víctimas no se desliguen pronto del odio y deseo de venganza, para que no viertan contra sí mismas los sentimientos de agresión.

En la película de Iñaki Arteta se detecta la rabia que conservan las víctimas. Eso está muy bien y no resta ningún valor a su testimonio: nos trasmiten y entendemos perfectamente que siguen sufriendo impunidad. Pero en la película subyace también la usurpación de la universalidad de las víctimas, la apropiación del dolor y del testimonio al servicio de una ideología política particular. Es el mal que nació en 1997 y que aún no está descontaminado. Por eso, salí insatisfecho de la película. La dirección y el guión son conscientes de esa parcialidad y, para paliarlo, introducen una referencia comparativa con la impunidad que padecen las víctimas del franquismo, referencia que resulta insuficiente para reparar el lastre que traslucen las asociaciones participantes, absolutamente atadas a una ideología y a un partido particular. Esa atadura priva a la película y a los testimonios de la universalidad objetiva que se merecerían.

La película pone de manifiesto también las dificultades de la sociedad vasca para superar los efectos múltiples y profundos que acarreó el terrorismo. Uno de los mayores problemas es construir una historia que recoja el sufrimiento de las víctimas, que durante tanto tiempo fue ocultado y que ahora se intenta echar de nuevo al olvido mediante la trampa inmoral de la equidistancia de las víctimas. Creo yo que eso sólo podrá hacerlo una Comisión de la Verdad, autónoma y técnicamente irreprochable, capaz de detectar y situar en cada espacio a las diversas víctimas y victimarios, sin buscar equidistancias y sin usurpar el sufrimiento al servicio de intereses particulares.

Marcelino Flórez

La Fiesta Nacional

La fiesta nacional del día 12 de octubre de 2016 se ha celebrado con sobresaltos a causa del rechazo expreso a esa celebración por parte de lo que llamamos las fuerzas del cambio, término que incluye a partidos, movimientos y poderes locales. Este hecho nos da pie para reflexionar una vez más sobre el confuso concepto de memoria histórica y, así, entender lo que está pasando.

El 12 de octubre es un día de la memoria establecido por los gobiernos del Estado. Su origen se puede rastrear en el entorno del IV Centenario (del Descubrimiento de América), una conmemoración avalada simultáneamente por las élites políticas españolas y las de los nuevos países americanos, que, no lo olvidemos, estaban formadas casi exclusivamente por criollos. Esta fiesta terminó denominándose Día de la Raza y así lo fue haciendo el gobierno español desde 1913 y lo siguen haciendo algunos gobiernos latinoamericanos. En esa época de furor colonialista, existía la idea de que en la humanidad hay razas diferentes, unas superiores a las otras. Entre nosotros y por lo que aquí cuenta, nadie lo expresó mejor que el poeta nicaragüense Rubén Darío en La Salutación del optimista: “Ínclitas razas ubérrimas, sangre de Hispania fecunda,/ espíritus fraternos, luminosas almas, ¡salve!” …

Pasó a conocerse como Día de la Hispanidad desde mediados de la década de 1920, concepto impulsado, entre otros, por Ramiro de Maeztu y dotado de un significado muy conservador, al identificarse con el catolicismo hispano como contenido esencial. Con ese mismo sentido fue instituída la fiesta por la Dictadura Franquista en el año 1958.

La Transición actuó con ese día con la misma temerosa reverencia, que lo hizo con otros símbolos enraizados en el nacionalcatolicismo y conservó la celebración del día 12 de octubre, que en 1987 se convirtió oficialmente en la Fiesta Nacional, definida en la norma legal con una sobria referencia a la “efeméride histórica” que representa. Esto significa que el 12 de octubre sigue siendo la rememoración del Descubrimiento de América por Colón, o sea, una fecha ilustre desde el punto de vista de los triunfadores, los héroes de aquella época, la etapa que mejor representa el imperialismo hispano.

Cuando el gobierno de Felipe González instituyó esta fiesta, estábamos en vísperas del V Centenario y algo comenzaba a moverse en el pensamiento político. Algunas asociaciones de cooperación con los pueblos empobrecidos intuyeron que no se podía celebrar la dominación de América por los españoles y plantearon una campaña contra los fastos que el gobierno preparaba para el año 1992. Recuerdo haber participado con muchos actos en los pueblos y ciudades de Castilla y León; y quedó testimoniada mi participación en un librito titulado “Ambición y muerte en la conquista de América”, que publicó la editorial Ámbito. La presión social condujo al gobierno a denominar la celebración con el eufemismo de “encuentro de los pueblos”, rehuyendo toda referencia a conquista y aun a descubrimiento.

Placa conmemorativa del V Centenario en la Plaza de Cuzco (Perú)
Placa conmemorativa del V Centenario en la Plaza de Cuzco (Perú)

Hay que entender estos hechos en el contexto de los últimos conflictos anti imperialistas, que habían nacido de la mano de los movimientos descolonizadores africanos y que estaban enteramente contaminados por el conflicto entonces dominante de la guerra fría o enfrentamiento entre el bloque capitalista y el bloque comunista. Aunque intuíamos que algo nuevo se abría al pensamiento, al atrevernos a situar a los vencidos en el mismo nivel que los héroes nacionales, no lográbamos superar la idea de memoria histórica entendida como políticas de la memoria, que son distintas para unas ideologías y para otras, pero que tienen todas la misma legitimidad.

El derrumbe del muro de Berlín trajo consigo no sólo un nuevo (des)orden internacional, sino infinitos cambios en el pensamiento. Uno de esos cambios, que políticamente ha venido a convertirse en piedra angular del razonamiento, fue la toma de conciencia de que existían las víctimas, según la doctrina elaborada muchos años antes por Walter Benjamin. No fue hasta el final de la guerra fría cuando las víctimas dejaron de estar ocultas, por considerarlas el precio que había que pagar a cambio del progreso o de la revolución. Evito tener que razonar esto y os invito a constatar un hecho: hasta el asesinato de Francisco Tomás y Valiente, el 14 de febrero de 1996, y, sobre todo, hasta el asesinato televisado de Miguel Ángel Blanco, el 12 de junio de 1997, nadie salía a la calle a acompañar a las víctimas de ETA. Desde entonces, en cambio, comenzaron a salir multitudes. (Si algún lector de este blog tiene interés en estas reflexiones, le ofrezco un regalo, el libro digital titulado “Rememoración de las víctimas y cambios en el pensamiento social”. Basta con enviar al correo mflorm59@gmail.com la palabra regalo).

La irrupción de las víctimas ha transformado definitivamente el pensamiento político. Después de Walter Benjamin, ningún proyecto que acarree víctimas inocentes está justificado. Este nuevo paradigma es la clave en la lucha contra la impunidad, que ha venido a ser el principal objetivo para la defensa de los Derechos Humanos. Y esto vale también retrospectivamente. Por eso, no está justificada en el momento actual la colonización de América y ninguna excusa sirve de aval para aquel crimen humanitario: ni la evangelización, ni la lengua, ni la cultura. Y por eso, no se puede celebrar la efemérides del 12 de octubre.

Pancarta en la Universidad de Cuzco (Perú)
Pancarta en la Universidad de Cuzco (Perú), 2013.

En esa fecha, el año 2013, llegué a Cuzco, en el Perú, donde una pancarta situada en el pórtico de la Universidad en la Plaza de Armas decía: “521 años de resistencia andina”. Esa es la efemérides moralmente justificada, la única que merece rememorarse, la resistencia no violenta de las poblaciones oprimidas. Walter Benjamin dio fin al tiempo de los héroes nacionales, al menos de los héroes como símbolo de bondad y de justicia. Esos valores han quedado definitivamente del lado de las víctimas. Y este es el concepto actualizado de memoria histórica, que yo prefiero denominar rememoración de las víctimas.

Marcelino Flórez

Elecciones, por favor

Nunca me han asustado las terceras elecciones. Ahora no sólo no me asustan, sino que las prefiero. Cualquier cosa, mejor que regalarle el gobierno al PP. Que se lo ganen con los votos y que sus votantes carguen en las espaldas todas las gürtel del mundo. Pero no aceptéis ese peso, amigos socialistas del Comité Federal, por más felipistas que seáis. No creo que el PP pueda reunir más votos que el 26-J. Allí ya tuvo un préstamo muy generoso y hasta podría haber algunos que se cansasen de avalar la inmoralidad en la política, incluso sin que el Papa salga a decir que la corrupción es pecado mortal y su ocultación, o sea, la mentira, mucho más.

En cuanto al PSOE, qué duda cabe que perderá otro cupo de votantes después del espectáculo televisado del 1 de octubre, aunque las encuestas no lo reflejen por ahora. Ese cupo, sin embargo, será mucho menor que el que sume al espectáculo del día 1, el consentimiento de un gobierno de Rajoy. Después de formarse ese gobierno, el partido del socialismo de la Transición puede dar por terminado su ciclo. Su reconstrucción será más difícil que la iniciada en 1972, no porque no existan fundaciones Ebert disponibles, sino porque el recuerdo que deja no es comparable al recuerdo del socialismo republicano, ayudado con el olvido del franquismo.

Unas terceras elecciones podrían traernos, incluso, una dosis de esperanza, si quienes pueden hacerlo consintiesen una confluencia de fuerzas políticas y sociales en la izquierda. No una coalición de partidos para garantizar primeros puestos en las listas, sino una confluencia popular encabezada por un nombre, siempre elegido en primarias y preferentemente de mujer, capaz de aglutinar el desencanto con la ilusión y con la experiencia de quienes día a día construyen en común un mundo alternativo. Parece que la abstención de este sector encuentra aquí su excusa y no es tan difícil cambiarlo, es sólo cuestión de voluntad. Por decirlo una y otra vez, que no quede.

Marcelino Flórez

Me preocupa la Izquierda

Lo que a mí me preocupa en la crisis del PSOE es el presente y el futuro de la izquierda. Hace varios meses afirmaba yo en una de estas reflexiones que teníamos PSOE para mucho tiempo, a no ser que los socialistas optasen por el suicidio. Esa parece haber sido la opción. Pase lo que pase, el PSOE ha derivado ya a la irrelevancia, un partido en proceso de extinción. Eso no sólo no me alegra, sino que me preocupa, porque toda la izquierda va en el mismo lote, al menos en el presente, un presente de cuatro años como mínimo. Demasiado tiempo.

El futuro de la izquierda queda en manos de ‘Podemos’ o, si queréis, de la coalición ‘Unidos Podemos’, que para el caso es lo mismo, dada la objetiva hegemonía de ‘Podemos’. Prevenir, que no predecir, el futuro de la izquierda pasa por hacer un análisis acertado del presente y del inmediato pasado. Y el momento clave, en mi opinión, es el 2 de marzo de 2016, el día del NO a Pedro Sánchez en el Parlamento.

Creo que Pablo Iglesias e Irene Montero también lo ven así en sendos artículos aparecidos en publico.es y eldiario.es los días 29 y 30 de septiembre, respectivamente. Justifican ambos el NO como la acción necesaria para no caer en la “subalternización”. Atención a este concepto, que resulta ser el antónimo de “sorpasso”. Hasta el 26-J se justificaba el NO por la búsqueda del “sorpasso”. Al no producirse éste, la justificación ha pasado a ser la “subalternización”. Y los sucesos acaecidos en el PSOE aparentan darles la razón. ‘Podemos’ no sólo no es subalterno del PSOE, sino que pasará a ser objetivamente el centro de la oposición en el próximo gobierno de Rajoy.

Pudiera parecer que la situación actual da la razón al NO del 2 de marzo y casi nos parece que no ha existido el 26-J. Pero eso es una pura ilusión. La realidad es la pérdida de más de un millón de votos, o sea, la cuarta parte de votantes previsibles en las elecciones del 26-J. Y esa tozuda realidad es la que hay que tener en cuenta. Junto a esa, esta otra: si no hubiese existido aquel NO, el partido quebrado ahora no sería el PSOE y Rajoy estaría purgando la corrupción en el limbo. Cambiar el no ser subalterno en la oposición por cuatro años de gobierno de Rajoy o los que puedan venir, eso sí que debería tratarse sin desprecio, al menos, en el análisis. Para mí, el NO del 2 de marzo fue un error sin paliativos.

De todos modos, no fue eso lo que me hizo ir a votar con la nariz tapada el 26 de junio. Fueron el liderazgo y la coalición. Me explico: el tono con el que Pablo Iglesias justificó el NO le hizo perder ante mis ojos todos sus encantos. Y eso dura mucho tiempo. Pero es la coalición lo que me produce verdadero rechazo. No el que esté Izquierda Unida. Al contrario, eso me llevó a votar. Lo que no admito es que me impongan las candidaturas y los programas desde las cúpulas de los partidos.

Me preocupa que en la exégesis que hace Irene Montero del artículo de Pablo Iglesias no quede nada clara la opción por la confluencia. Es cierto que usa una vez la expresión “diversidad de personas y actores sociales y políticos”, pero no concreta la relación que se desea con esa diversidad. Y cuando ejemplifica las “trincheras” que piensa “cavar” para la “guerra de posiciones” (¡Ay, ese lenguaje siempre belicista del líder!) usa un símil que me produce escalofríos. Es el que se refiere a las prácticas del Black Panther Party para construir comunidad: “Desayuno gratuito para los niños y niñas, servicio intercomunitario de noticias, programas de intercambio de ropa, hospitales y centros de salud comunitarios, entre otros”. No pude dejar de pensar en el populismo, en este caso fascista, del Hogar Social de Madrid.

No, Irene, no. Esas cosas ya las hace Cáritas o el Banco de Alimentos o La Marea Verde o La Marea Blanca o toda la gente que trabaja por defender y crear bienes comunes. No hace falta que lo haga ‘Podemos’ en la trinchera; ese es un pensamiento leninista de los años setenta. Lo que necesitamos ahora es que se convoque a ese mundo solidario a la participación en igualdad. Por eso, estoy preocupado.

Marcelino Flórez