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Del Valle de los Caídos a Baralla

El alcalde de Baralla (Lugo) ha formulado en un pleno del Ayuntamiento el día 26 de julio de 2013 el siguiente pensamiento: “Los que fueron condenados a muerte será porque lo merecían”. Se refería a los crímenes del franquismo. Lo dijo en el contexto de una condena de la violencia política practicada por Resistencia Galega, cuando los socialistas le pidieron la misma sensibilidad para condenar la violencia política de la dictadura franquista. Si alguien condena la violencia política de los que no piensan como él, pero no condena la violencia política de los que piensan como él, nos hallamos ante un hipócrita. Sólo por eso, en la vida política debería ser una persona despreciable y debería ser relegada de toda participación en la política democrática. Pero este caso es mucho más que una hipocresía.

El día 30 de noviembre de 2008, Gabriel Jackson escribió esta opinión en El País: : “Lo que ocurre en España, una parte importante del problema, es que la sociedad española en su conjunto no ha juzgado la dictadura de Franco como régimen criminal, en el mismo sentido en que Alemania condenó el régimen nazi, Suráfrica condenó el apartheid y Estados Unidos condenó la esclavitud y el siglo de segregación que siguió al fin de la esclavitud”. Baralla, en Lugo, es una prueba de la certeza de ese pensamiento. Y es mucho más, porque desde 2008 ha continuado ampliándose la verdad sobre los crímenes del franquismo y ahora sabemos no sólo que fueron muchísimos y gravísimos, sino que han recibido en sede judicial el calificativo de crímenes contra la humanidad. Así lo formuló el auto del juez Garzón de 16 de octubre de 2008 y así lo corroboró la sentencia 102/2012 de la Sala de lo Penal del Tribunal Supremo que absolvía a dicho juez de prevaricación, donde, en el razonamiento QUINTO escribe: “Los hechos anteriormente descritos, desde la perspectiva de las denuncias formuladas, son de acuerdo a las normas actualmente vigentes, delitos contra la humanidad en la medida en que las personas fallecidas y desaparecidas lo fueron a consecuencia de una acción sistemática dirigida a su eliminación como enemigo político”. Esta es la razón, además, por la que la justicia internacional ha abierto una causa contra alguno de esos crímenes en Argentina.

Por eso, lo que acaba de decir el alcalde Baralla un año después de aquella sentencia no sólo es un desprecio a las víctimas, es mucho más. Nos hallamos ante el intento de encubrimiento, si no fuese una apología de un crimen contra la humanidad. Y no estamos hablando de opiniones que necesiten consenso, como pretende el gobierno a propósito de sus despropósitos con el Valle de los Caídos, ni siquiera de opiniones fundamentadas científicamente por la historiografía, estamos hablando de una verdad establecida en la jurisprudencia.

Pero el alcalde de Baralla tiene 8 concejales, de los 11 que forman el Ayuntamiento. Y son esos votantes de Baralla a los que señala Jackson por no haber “juzgado la dictadura de Franco como régimen criminal”. Tienen a su favor no sólo que hay mucha más gente como ellos en España, sino que el mismísimo gobierno está anclado en esa tesis, como acaba de entreverse en el enésimo conflicto habido estos mismos días con el Valle de los Caídos. Al mismo tiempo que no da un duro para abrir fosas ya localizadas de personas desaparecidas, el gobierno gasta 286.845 euros en arreglar el Valle de los Caídos y se mofa de no cumplir la Ley de Memoria Histórica con el indecente argumento de “no reabrir heridas innecesarias”.

El problema es que esa reclamación de olvido ha servido como argumento hasta ayer, pero hoy ya no vale, porque hemos descubierto que existen las víctimas y hemos decidido mantener su recuerdo, para que no desaparezca el crimen con la impunidad de los asesinos. Hemos vuelto a leer a Walter Benjamin y hemos cargado sobre nuestras conciencias el deber para con las víctimas olvidadas. Lo que la gente suele llamar memoria histórica, o sea, la rememoración de las víctimas ha llegado para quedarse. Por eso, pronto o tarde, el alcalde de Baralla tendrá que irse de la vida política democrática, acompañado de todos sus partidarios. Se van acumulando argumentos que prueban la ilegitimidad del Partido Popular, pero la falta de condena del crimen contra la humanidad que fue el franquismo supera todo razonamiento imaginable. El Valle de los Caídos y el alcalde de Baralla representan mucho más que una indecencia. Son el peligro de la humanidad.

Marcelino Flórez

 

A vueltas con la unidad (de la izquierda)

 Aunque Izquierda Unida hizo pública una propuesta de unidad en el periodo legislativo anterior, de lo que resultó la aparición de Izquierda Abierta y el apelativo de Izquierda Plural, ha sido hace unos meses cuando se ha suscitado una importante campaña unitaria desde los entornos de IU. En las últimas reuniones celebradas en ese contexto han aparecido algunas discrepancias a cerca del tipo de unidad que se persigue, si se trata de agrupar a diversas formaciones que se consideran izquierdistas en el seno de IU, ampliando esa nueva “casa común” o haciendo un “frente”, o bien se trata de unir a los diferentes para emprender una tarea política común.

Agruparse es una opción que, de hecho, va realizándose poco a poco por diversas vías, bien sea afiliándose a Izquierda Unida o a cualquiera de los partidos que la componen, bien sea colaborando en campañas electorales o en movilizaciones. Los resultados de esta agrupación ya se pueden analizar mediante los votos obtenidos en algunos procesos electorales, contabilizando las afiliaciones nuevas e, incluso, estudiando a través de encuestas la apreciación ciudadana que merecen la actividad y los dirigentes electos. Si alguien a estas alturas no ha optado por ese tipo de agrupación o suma de esfuerzos en la nueva “casa común”, no es por falta de conocimiento o de posibilidades.

Otra forma de unión que suscitan los impulsores de la actual campaña es aglutinar las diversas siglas de los partidos de izquierdas en un “frente”. Esto significa que los dirigentes de los partidos firman un pacto para acudir unidos a unas elecciones. Como dicen los militantes de base en las redes sociales y como es lógico, en ese “frente” a cada cual le corresponderá la parte que representa en cuanto a afiliación, a presencia institucional o a capacidades infraestructurales, pero es muy probable que tanto IU, como el PCE, aceptarán una solución mucho más generosa, donde la representación no dependa de cupos, sino que sean las asambleas de la afiliación del “frente” quienes decidan. Quizá haya mucha gente que quiera ensayar una vez más esta vía, pero estamos algunos que no queremos reproducir por enésima vez esta experiencia, aunque sólo fuese por la razón de que en esa vía unitaria son las estructuras de los partidos quienes conservan la capacidad última de decisión.

Existe, sin embargo, otra forma de ensayar la unidad, que parte de la aceptación de la diferencia y del mantenimiento de la misma. Se acepta que hay partidos diversos con proyectos distintos en la izquierda y se propone buscar algún elemento común para aglutinarse con vista a su consecución. Esta vía exige dejar las propias siglas en casa y precisar la misión: dotarse de un programa de gobierno e, incluso, de un proyecto a más largo plazo para participar en un proceso constituyente.

Pero esta vía exige, principalmente, un método. Hace falta debate público e igualitario, tanto en la plaza, como en la red; hacen falta referendos internos para las decisiones destacadas; hace falta una selección estrictamente democrática de las candidaturas. La última palabra en esta vía unitaria está en manos de la gente.

Esta unidad de la diferencia se hace necesaria más que por la confluencia en los objetivos, cosa que también podría lograrse en los parlamentos, por la necesidad de unir fuerzas a causa de la ley electoral vigente y, sobre todo, para aportar una imagen pública que logre movilizar a la sociedad desmovilizada. Sin duda, aquí hay una tarea. Mientras no se entienda que en esta tarea todo suma, no se habrá dado ni un paso; y lo primero que sobra en este proceso son los insultos, que tanto proliferan.

Los impulsores de la vigente campaña de unidad de la izquierda, sea con la “casa común”, sea con el “frente”, tienen puestos los ojos en las elecciones europeas y esto es lo que resulta altamente sorprendente por dos razones: porque en el Parlamento Europeo existen cuatro grupos organizados, dos de ellos (sin incluir a los socialistas) de la izquierda, en los cuales están insertadas todas las fuerzas políticas españolas; y porque EQUO, integrado en el Partido Verde Europeo, ya tiene convocadas elecciones primarias en toda Europa para designar a la candidata o al candidato que presida el próximo Parlamento Europeo.

Quienes insisten tanto en construir una agrupación unitaria para las elecciones europeas o desconocen la realidad política europea o tienen otras intenciones. Deberían hacerse explícitas las intenciones, que pueden ser muy buenas, como, por ejemplo, ir construyendo imagen de unidad en España, aunque no quiero ni pensar que esas intenciones ocultas puedan estar relacionadas con las estrategias de reagrupación electoral de las fuerzas ahora reunidas en los dos grupos parlamentarios europeos, cosa que está teniendo lugar en estos momentos precisamente. Por mi parte y por si tenía pocas razones, añado ésta a mi experiencia ya dilatada sobre la verdad y la mentira en lo que se refiere a la unidad de la izquierda.

Marcelino Flórez

 

 

El estado de la unidad de la izquierda

La intranquilidad y la movilización política se va apoderando, poco a poco, de sectores importantes de la población española, que hasta ahora se habían mantenido impasibles o al margen de la vida política. Eso que se llama los intelectuales, y que suelen ser personas famosas sólo en el caso de que pasen con suficiente frecuencia por las televisiones, ha entrado en la movilización. Un día promueven la recogida de firmas para cambiar la ley electoral y otro publican manifiestos invitando a participar en la vida política. Es un signo evidente del cambio que se está produciendo, en el que el bipartidismo está a punto de terminar y se avecina una reconfiguración de los poderes políticos.

En lo que afecta a la derecha, sin duda se estabilizarán dos fuerzas competidoras, donde UPyD quedará ubicada en una posición central y relegará al PP a la imagen de derecha pura y de extrema derecha, que es su posición habitual no sólo en la doctrina, sino principalmente en la práctica. La situación anormal y tan retardataria que hemos padecido en los últimos veinticinco años acabará pronto.

Más complicada es la situación en la izquierda. El PSOE se situará en pleno centro, donde su todavía rico potencial organizativo y su imagen histórica le auguran algunos años más de dominio. Desde IU hacia la izquierda es donde los cambios son más inciertos, aunque habrán de producirse, y donde los partidos tradicionales tienen poco margen de maniobra. Dos principios determinan la trayectoria que se perfila: participación y pluralidad. La pluralidad es indiscutible y cada cual va a querer seguir siendo lo que es, y la participación ciudadana establece una frontera, en la que las decisiones centralizadas quedan arrumbadas. Aquí la experiencia histórica es determinante y constituye la principal flaqueza, aunque no la única, de IU. No es necesario reconstruir toda la historia de Izquierda Unida para refrendar esa debilidad, basta con prestar atención a las portavocías parlamentaria y partidaria de la misma, en las que personas como Gaspar Llamazares han sido relegadas, al estar en minoría entre los grupos constituyentes de IU. Por mucho que se argumente que las decisiones son democráticas, la sombra del PCE es indeleble y establece aquí la frontera. En el día de hoy y en tanto que casa común, en torno a IU no cabe más unidad que la unidad de los comunistas. Quienes estuvimos allí en el origen hemos podido constatar esto una y otra vez.

Otras dos fuerzas tienen relativa presencia en la izquierda, el Partido Anticapitalista, que presenta un perfil obrerista clásico y se visibiliza mejor en la movilización que en la coordinación con otros grupos o en los resultados electorales; y EQUO, cuya configuración ecologista es cada vez más inequívoca y más fuerte. No sé cómo evolucionarán los anticapitalistas, aunque veo alguna posibilidad de aproximación a IU y de formación de un frente común, quizá con la bandera republicana como emblema.

EQUO, sin embargo, ha unido indefectiblemente sus fuerzas a los Verdes europeos, de cuyo partido forma parte. Un artículo de Inés Sabanés del día 4 de julio de 2013 certifica que EQUO participará en las primarias europeas, con las que se elegirá en toda Europa a la candidata y al candidato a la presidencia del Parlamento, en listas separadas como es habitual. La participación aquí está garantizada, bastando con ser mayor de 16 años y con inscribirse para ejercerla a través de internet.

A las elecciones europeas, pues, la izquierda llevará tres opciones, todas las cuales forman grupo actualmente del Parlamento Europeo: los socialistas, los Verdes y la Izquierda Unitaria Europea. Tal vez haya otras opciones, pero esas tres son las que medirán sus fuerzas. Tanto el PSOE, como EQUO irán con su marca; falta por conocer la marca de IU, aunque parece probable que terminará siendo la suya propia. Seguir hablando de unidad de la izquierda para las elecciones europeas es inútil y, tal vez, contraproducente.

Todo lo que ocurra en torno a esas elecciones va  a tener mucho interés, el resultado probablemente sea determinante en el futuro de la izquierda, pero ese futuro en España tiene que plantearse ante las elecciones municipales, regionales y generales. Ahí es donde hay que comenzar a hablar de programas y de métodos, siempre con la conciencia clara de que el PSOE es una de las opciones de la izquierda, de manera que si se quiere seguir hablando de unidad, nos referimos a todo lo que no es el socialismo español. Por ahora no podemos hacer otra cosa que ir creando un clima favorable para el diálogo, dentro de un año el diálogo debería haber establecido el marco capaz de movilizar al movimiento social contestatario en una propuesta unitaria y alternativa. Esta es la agenda y otra cosa no sirve más que para crear equívocos, a no ser que eso sea precisamente lo que algunos pretenden.

 

Nuevo manifiesto de intelectuales y artistas

Este de julio de 2013 es el segundo manifiesto de los mismos intelectuales y artistas, que difundieron otro en junio de 2011, titulado “Una ilusión compartida”. Optaban entonces por la “unidad de la izquierda” y yo escribí mi opinión, una de las primeras entradas en este blog, manifestando la inconcreción del manifiesto, por una parte, y la pervivencia de un análisis político  en términos antiguos, que no atendían a la realidad que venía mostrando la calle. Las elecciones de ese otoño corroboraron que toda la izquierda necesitaba una revisión.

Este segundo manifiesto, firmado por personas del entorno de Izquierda Unida en su mayoría, aunque quizá muy pocas sean afiliadas, introduce algunas novedades respecto al primero. Para empezar, es mucho más propositivo, también es más preciso en la definición del desánimo y, sobre todo, es más abierto en la propuesta de unidad.

Conculcación de los derechos sociales, justicia desigual, manipulación informativa, relegación de las víctimas del franquismo, sumisión a la Europa del capital son los elementos que conducen al desánimo y contra los que se quieren rebelar. También lo dicen de forma asertiva: crear una banca pública, hacer una reforma fiscal para la igualdad, proporcionar seguridad jurídica frente a la especulación económica o garantía de los derechos sociales son las principales propuestas.

Y hay una conclusión que, esta vez sí, abre un camino nuevo y diferente. Convocan al movimiento social y político al diálogo para ir construyendo unidad y lo hacen con propuestas sencillas, pero evidentes: igualdad real, participación, diversidad, pluralidad, defensa de los derechos humanos. Hay dos cosas que marcan diferencia respecto al primer manifiesto: la participación y la pluralidad. Reconocer la pluralidad es paso previo para cualquier diálogo y aceptar la participación no sólo es un método alternativo, sino que significa haber tenido en cuenta que hubo unas elecciones después del primer manifiesto.

La ausencia de resignación de estos intelectuales y artistas, y su propuesta de crear una alternativa social y política para la regeneración democrática y la reactivación económica puede encontrar eco, si, además, lograse ser poco pretenciosa, como por ejemplo, hacer un programa unitario para unas elecciones generales con algunos elementos mínimos: derechos humanos garantizados, tanto los derechos sociales, como los derechos cívicos; reforma fiscal equitativa y persecución del fraude; fin de los privilegios de la banca y garantía del crédito; recuperación del patrimonio público “desamortizado” y protección constitucional del mismo; medidas específicas y claras contra la corrupción política y económica; nueva ley electoral, democrática y garante de la pluralidad.

No sé si los fundamentalismos políticos e ideológicos estarán ya suficientemente limados para poder confluir en un programa de mínimos, pero si juzgo por los comentarios que suelen acompañar a este tipo de propuestas, guiados habitualmente por el insulto a la mínima disidencia, me parece que aún hay largo camino.

Responsabilidades en el fascismo

Rainer Huhle, jurista y activista alemán de los derechos humanos, explicaba ya en 1997 en un escrito titulado De Núremberg a La Haya, cómo los veredictos de los jueces son el principal criterio de moralidad, al establecer lo que es justo y lo que es injusto. Argumentaba, para explicarlo, que un crimen sin castigo, tarde o temprano, pierde el carácter de crimen. La justicia establece, pues, la moralidad, del mismo modo que la falta de justicia implanta el reinado de la impunidad. Por eso es tan importante el comportamiento de la justicia, porque es modelo de moralidad.

Las iglesias han perdido la hegemonía en lo que se refiere a la moral, pero hay un espacio donde las religiones conservan su autoridad, aquel que sirve para justificar la conciencia, más allá de la moralidad de los actos. Este espacio habitualmente lo comparten las iglesias con los partidos. Lo ha explicado muy bien Bartolomé Clavero en su libro, comentado en este blog, El árbol y la raíz, y es casi un axioma historiográfico la eficaz tarea que ejerció la Iglesia católica en la justificación del franquismo, donde la moralidad nunca existió.

Para los fieles seguidores, iglesias y partidos siguen siendo un modelo de comportamiento, sea éste ético o no. Lo hemos visto y lo vemos cada día en España con el asunto de la corrupción. El partido justifica la corrupción e, incluso, la avala con todo tipo de triquiñuelas jurídicas, como se ha constatado en sede judicial en el caso Bárcenas y su relación con la Gürtel. Así, los corrompidos no tienen que dimitir y en las siguientes elecciones sus votantes les refrendan en su representación. El estado de corrupción adquiere de esa manera carta de naturaleza y se instala en la sociedad, donde se llega a calificar de tonto a quien actúa moralmente.

Las manifestaciones homófobas que han recorrido Francia, con el apoyo de la derecha y de la Iglesia católica, han servido para animar a los fascistas, que se han visto cargados de razón con el enorme apoyo popular que han tenido las marchas. Como ha explicado muy bien Edwy Planel, antiguo redactor de Le Monde y actual director de Mediapart, en una entrevista de Bonzo para El Intermedio, la radicalización derechista del partido de Sarkozy es la causa de lo que estamos contemplando en Francia. No os quiero decir si hablásemos de España.

Ya sé que no existe causalidad directa entre la actitud de la derecha francesa y de la Iglesia católica con el asesinato del joven antifascista francés, Clément Méric, pero el envalentonamiento de los fascismos no sería posible sin el aval de la confluencia en el pensamiento y en la movilización con la derecha y con el integrismo religioso. Por cosas parecidas el Tribunal de Núremberg enjuició en 1945 a Julius Streicher, un anónimo profesor de un colegio de esa misma ciudad, que, con la ascensión de los nazis, se convirtió en un apasionado propagandista antisemita. El Tribunal le inculpó porque su propaganda había servido para preparar la guerra. En todo caso, independientemente de las responsabilidades penales, la responsabilidad política de la derecha radicalizada y del catolicismo integrista no tiene excusa. Las agresiones fascistas que han tenido lugar en Valladolid no se pueden separar, igualmente, de la radicalización de la derecha española y de sus falsarios y constantes ataques al movimiento social, de todo lo cual el alcalde de esa ciudad es un prototipo.

Marcelino Flórez