Deliberación frente a hegemonía

El “nuevo” movimiento social, que se formó en el contexto del Mayo del 68, condujo a la democracia participativa, que en su máxima expresión se ejercía mediante la asamblea, bajo la norma de la mayoría en la toma de decisiones. Aquel movimiento produjo otros efectos políticos, como la crítica del “centralismo democrático” o la eliminación de la correa de transmisión entre partido y sindicato. En este periodo político tuvo aún importancia la doctrina sobre la hegemonía desarrollada por Gramsci. Aunque no se refiriese ya explícitamente al “partido obrero”, el objetivo seguía siendo hacer triunfar la propia posición para dirigir la acción. Las posturas diferentes eran arrinconadas, cuando no expulsadas de la organización. Los que hemos vivido en el seno de las Comisiones Obreras este tiempo conocemos los desastres que produjo. En Izquierda Unida ocurrió (y en algunos lugares, como hemos visto en Madrid, sigue ocurriendo) algo parecido.

El “novísimo” movimiento social, “antídoto contra la esclerosis de una política sometida a las fuerzas irracionales del mercado y a las racionales de la codicia” (Castells, 2012), respondió al neoliberalismo mediante la lucha antiglobalización, que cuajó en el Foro Social Mundial de Porto Alegre en 2001. Siguieron doce Foros más, les acompañaron las “primaveras árabes” y tomaron cuerpo en la movilización de las Indignadas el 15-M de 2011 en España, desde donde se reflejó en el resto del mundo, destacando Ocupy Wall Street el 17 de septiembre y, sobre todo, la participación de 951 ciudades de 82 países el 15 de octubre en una manifestación global, que en Madrid reunió a 500.000 personas.

Además de las “islas anticapitalistas” que ha generado la nueva movilización, como son las experiencias llamadas “en transición”, huertos urbanos, comercio justo, finanzas éticas, por citar algunas, ha producido también un cambio político, que se conoce como democracia deliberativa y que Donatella della Porta define así: aquella en la que, “bajo unas condiciones de igualdad, inclusividad y transparencia, un proceso comunicativo basado en la razón (la fuerza de un buen argumento) es capaz de transformar las preferencias individuales y alcanzar decisiones orientadas al bien común”. En esta democracia, pues, caben todas las opciones y, por eso, avanza mediante el consenso y se expresa a través de la asertividad, o sea, con propuestas positivas y respetuosas de las opiniones diferentes.

Las nuevas tendencias van produciendo cambios políticos, como son las elecciones primarias y las primarias abiertas, la aparición de nuevos partidos y agrupaciones electorales, o la tendencia a diferenciar entre partido y representación política. Ahora, el nuevo sujeto político ya no es la clase, sino la multitud, un sujeto que no cede su representación y que va precisando sus objetivos: la dignidad o cumplimiento de los Derechos Humanos, la equidad de género, el procomún (Linux, Wikipedia, Copyleft, Coworking, Crowfunding; y también los océanos, la luna, la Antártida), y el buen vivir o Sumak Kawsay, donde se reconcilia la humanidad con la naturaleza.

La asamblea de Valladolid Toma La Palabra del día 24 de junio ejemplificó en un debate la diferencia entre democracia participativa y democracia deliberativa. La propuesta de introducir una representación orgánica de los partidos coaligados dentro de la Coordinación significa una opción por la democracia representativa, en la que se está pensando en tomar decisiones mediante el voto; mientras que la pretensión de no tener representaciones orgánicas lleva el supuesto de optar por la búsqueda del consenso en la toma de decisiones. Las dos posiciones tienen la misma legitimidad, pero representan dos opciones políticas bien diferentes. Está más acorde con la trayectoria de Valladolid Toma La Palabra la opción deliberativa, pues así se gestó la plataforma electoral y así ha venido funcionando. Es cierto que el 18 de enero se decidió ir a las elecciones como coalición de partidos, pero se expresó que era una figura meramente formal por razones de eficacia política, y que la asamblea abierta y deliberativa con órganos de gestión y de representación igualmente abiertos sería la manera de funcionar.

Hacerlo de una manera tan abierta tiene siempre el peligro de restar eficacia e, incluso, de que personas particulares se arroguen una representación que no les corresponde. Hasta ahora ninguna de esas cosas han ocurrido. No está mal que se establezcan mecanismos para que no ocurra, pero esos mecanismos deberían evitar que cualquiera quisiera ver afanes de control por parte de los partidos que tan generosamente vienen prestando sus recursos humanos y materiales a esta plataforma que, para mucha gente, es modélica. Realmente, Valladolid Toma La Palabra tiene identidad propia, que no es la suma de las identidades de los partidos y movimientos que están presentes, sino la que construye la gente haciendo programas, eligiendo representantes, conociendo las decisiones que se van tomando y refrendándolas cuando así lo considera.

Por lo pronto, la solución que aportaron las personas encargadas de coordinar la asamblea, con asentimiento de la mayoría, fue perfecta desde la perspectiva de la deliberación: seguir reflexionando para buscar un consenso a través de la clarificación de las propuestas. En eso estamos.

Marcelino Flórez

¿Quién vota a quién?

Hay tantas variables, que parece casi inescrutable la motivación personal del voto. A grandes rasgos y en términos estadísticos, sin embargo, sí existe cierto margen para el análisis. Por eso, los expertos se esfuerzan en indagar la procedencia del voto. Jorge Fernández-Albertos emprende esa tarea en un artículo publicado en eldiario.es el día 17 de junio. Compara la diferencia del voto en los barrios madrileños entre Ahora Madrid y ‘Podemos’, y concluye dos cosas: que el voto de ‘Podemos’ se asienta más en los distritos menos favorecidos y que Ahora Madrid penetra en espacios adonde no llega ‘Podemos’.

Esas conclusiones no hacen más que refrendar el análisis que Íñigo Errejón y los suyos tenían hecho y que les animó a crear un partido con ese perfil: ni de derechas ni de izquierdas, que habla de la casta o del 99 frente al 1 por 100 y que se dirige a la “gente plebeya”. Esa gente plebeya, además de estar indignada por hallarse en peligro de exclusión, nos decía Íñigo Errejón que tiene una característica muy marcada: no milita en nada. Son los que dicen con propiedad “no nos representan”. Bueno, pienso yo, sí participa en cosas; por ejemplo, chatea en los bares y sigue a su equipo de fútbol con pasión sin freno; algunos tienen, incluso, un santo patrón o una virgen, que ocupa el primer lugar en la jerarquía de valores. ‘Podemos’ ha logrado tocar la fibra sentimental de una parte de esa gente plebeya y tiene garantizado su voto. Esta es también la razón por la que se enfada tanto Esperanza Aguirre, porque una parte de esa gente también puede votarla a ella cuando se disfraza de chulapa o cuando chulea a un guardia.

¿Dónde es donde no ha penetrado ‘Podemos’? Pues allí donde no ha querido, al constituirse con la forma en que lo ha hecho, en la gente que sí milita, o sea, en el movimiento social. Sin ser estadístico, creo yo que eso es lo que marca la diferencia de voto en Madrid, pero también en Barcelona, en Valencia, en Galicia o en Valladolid.

El análisis de Fernández-Albertos no puede separarse del debate en torno a la unidad de la izquierda, que es la verdadera preocupación en este momento. De ese análisis se deduce que ‘Podemos’ y la opción por el movimiento social no compiten, sino que se complementan. De manera que el único problema para construir unidad son las siglas o los personalismos, o sea, la pretensión de hegemoneizar los procesos, eso que intentó Izquierda Unida durante tanto tiempo y que le llevó a la quiebra.

El debate se ha reducido a la presencia o no de la marca. A mí me da igual, aunque prefiera la ausencia de siglas. Con que haya listas abiertas para elecciones primarias en cada distrito electoral y se puedan discutir los programas, me conformo. Eso sí, el primer candidato o candidata para Madrid, esto es, para presidir el gobierno ha de ser elegido por toda la ciudadanía española. A eso lo podíamos llamar perfectamente En Común, y aceptaría sin excesivo disgusto que se llamase En Común Podemos, con guión o sin guión. No será por falta de experiencia por lo que las conclusiones no están claras.

Marcelino Flórez

¿De qué se extrañan?

Asombra ver el grado de crispación que ha invadido al Partido Popular después de ganar las últimas elecciones, que les sitúa en el camino ya marcado por Miguel Ángel Aguilar: “de victoria en victoria hasta la derrota final”.

Asombra ver al ministro del Interior obedeciendo a la caverna mediática en busca de un delito inexistente, el del concejal Zapata, no sólo por tener garantizada la libertad de expresión, como ha sentenciado el Tribunal Supremo en el caso de Rafael Hernando de vilipendio a las víctimas del franquismo, sino porque en el asunto Zapata los lingüistas tienen fácil explicar al más ignorante tribunal los elementos de un mensaje, y eso dejando a un lado otro factor, como es la caducidad de los 140 caracteres máximos, que no va más allá de los primeros treinta minutos, a no ser que se trate de un trending topic, en cuyo caso puede acercarse a las 24 horas. ¿No tendrá otra cosa que hacer este ministro?

Asombra ver a Esperanza Aguirre escandalizada porque sus esbirros han actualizado un tuit de hace cuatro años, donde cree ver ideología racista en un concejal, elegido precisamente por ser antirracista, antifascista y antifalsario. Cree el ladrón que todos son de su condición.

Es asombrosa la intranquilidad de estos recientes vencedores de las elecciones. Llaman radical al PSOE porque no pacta con ellos. Pero ¿de qué se extrañan? ¿Han olvidado, acaso, los insultos acumulados contra los socialistas sin reparar en la verdad? Lo cierto es que el Partido Popular ha hecho muy pocos amigos desde que existe. Si le quedaba alguno, lo ha ido perdiendo con su actitud ante la corrupción. Y ahora ya solo tiene clientes. Pero los clientes se pierden cuando no se les puede satisfacer.

Entiendo, ahora, por qué resulta tan asombroso todo esto: han perdido más de la mitad del poder que tenían y eso significa la pérdida del 50 por 100 de los clientes. Mal se presentan las ventas del otoño.

Marcelino Flórez

Unidad, Frente o Confluencia

Sabemos que las palabras no son inocentes, sino que van cargadas de significados. Hace unos días explicábamos qué querían decirnos con “unidad popular” y veíamos que los nacionalistas querían decir el pueblo en sentido étnico y los izquierdistas el pueblo explotado o el pueblo pobre. En los dos casos, pretenden hacer creer que la sociedad de la que se trate o el grupo social es una cosa homogénea, cuando en la realidad son cosas llenas de diferencias. Todos los que hablan en términos políticos de unidad popular pretenden arrogarse la representación de toda la sociedad o del grupo social a que se refieran. En el fondo, subyace la pretensión de disponer de hegemonía política, concretada en un partido o sigla, a la que también puede calificarse como casa común. Es muy difícil que quien habla de unidad popular esté renunciando a su marca política, pensando en una asamblea soberana y derivando la representación política a personas elegidas en listas abiertas; más bien suele pensar en coaliciones electorales, con predominio de la gestión en manos de los representantes de cada sigla. Vaya, un centralismo democrático al uso.

La palabra frente está envuelta en más valoraciones aún. Primero, tiene una connotación militar, cosa que era irrelevante en otras épocas, pero no ahora. Sugiere, además, la voluntad de confrontación, como si se pretendiese combatir a un enemigo y no aportar asertivamente soluciones a problemas descritos. Un ejemplo: todavía he tenido que escuchar en alguna parte que el objetivo principal de Valladolid Toma La Palabra era echar a León de la Riva y no desarrollar un programa de cambio social largamente elaborado y debatido por un amplio movimiento social y político de la ciudad. Por otro lado, la palabra frente va inevitablemente unida a una fase histórica de la II República, el Frente Popular, y a eso remite, a la propuesta comunista para Europa, que en España logró aglutinar a todos los partidos obreros y a los partidos burgueses que no fuesen fascistas, monárquicos o católicos, junto con el sindicalismo. El Frente Popular sirvió para ganar unas elecciones, pero la unidad duró muy poco. No lo digo por el golpe de Estado, al que se tuvo que enfrentar sólo seis meses después de las elecciones, sino que me refiero a la ruptura interna desde las primeras semanas: el partido socialista se negó a formar parte del gobierno y los sindicatos mantuvieron una lucha en el borde de la legalidad desde el primer momento, todo lo cual dejó en letra muerta la pretendida unidad inicial. De modo que la palabra frente, aunque se califique con el adjetivo cívico, además de no ser garantía de nada, tiene connotaciones demasiado marcadas.

La experiencia conduce a buscar otros términos, si se pretende aglutinar a opciones diversas. Se va imponiendo, después de las elecciones del 24 de mayo, la palabra confluencia. Confluir es un término no marcado políticamente y remite a horizontalidad, a diversidad, también a poner en común. Niega jerarquías y aboga por la participación amplia, por el predominio de la asamblea. No resta nada a las identidades de cada sigla o movimiento, al mismo tiempo que construye una identidad nueva, aunque transitoria y en trance de renovación. La práctica de las candidaturas confluyentes de este 24 de mayo, con su apertura, su participación, el consenso, la asertividad y la buena organización ha abierto un camino fructífero. Se llama confluencia y no se llama con ninguno de los nombres de las “casas comunes”, el de la nueva casa tampoco. Los tertulianos seguirán llamando a las cosas con otros nombres, pero eso es por interés, no sólo por ignorancia.

Marcelino Flórez.

El estado de la unidad de la izquierda

Hace un año, con motivo de las elecciones europeas, concluíamos, al hacer su análisis, que la iniciativa para la unidad de la izquierda estaba en manos de ‘Podemos’. Este nuevo partido, sin embargo, renunció a asumir esa tarea y prefirió buscar el sorpasso en solitario. En las elecciones andaluzas ya pudo tomar nota de que su apuesta no iba a salir triunfadora, pero han sido estas elecciones del 24 de mayo las que confirman el error de esa estrategia, que merece ser llamada estrategia de la soberbia, cosa que no es nueva en la izquierda.

La iniciativa, lo acabamos de ver, ha cambiado de manos. Ahora está en el campo de las victoriosas formaciones de convergencia de la izquierda: en Madrid, en Barcelona, en otros mil lugares, pero también y, quizá, sobre todo, allí donde se han confrontado las estrategias de unidad con los propios teóricamente impulsores de las mismas, como ha sido Córdoba, gran parte de Andalucía, la propia Comunidad de Madrid y, de forma modélica, Valladolid. No sé si el nuevo partido eligió Valladolid de forma consciente para ensayar la estrategia. Hay que sospechar que sí, pues estamos tratando con técnicos. De todos modos, eso es igual, porque lo que importa son los resultados.

Tanto Alberto Garzón, como Juanxo López Uralde, en su paso por esta ciudad durante la campaña, han puesto mucho énfasis en destacar el carácter modélico de Valladolid Toma la Palabra. Ya lo hemos contado: VTP nace de una iniciativa de IU-Equo en el mes de junio de 2014, a la que se suma, poco a poco, todo el movimiento social de la ciudad. Funcionó siempre como una asamblea abierta, hizo primarias sin trampas, decidió ocultar las siglas políticas en la propaganda y puso en práctica la democracia deliberativa, fase actual de la vanguardia democrática, como explica Manuel Castells.

‘Podemos’ no quiso participar, aunque algunos de sus afiliados estuvieron en las asambleas. Y aquí no valen excusas. La que usa Jorge Castrillón en Último Cero, explicándolo porque estaba Izquierda Unida en la asamblea y porque las primarias abiertas eligieron a tres concejales de Izquierda Unida, además de ser enormemente injusta con IU, que ha tenido un comportamiento generoso en extremo, es una mera excusatio non petita. Cada cual es dueño de sus actos y ha de responsabilizarse de ellos.

Pues bien, con ‘Podemos’ en contra de la candidatura de convergencia más democrática conocida y con toda la panoplia mediática boicoteando la información sobre Valladolid Toma la Palabra, esta coalición ha logrado cinco mil votos más que una candidatura similar hace cuatro años y seis mil más que la marca de moda, ‘Podemos’. En Valladolid, como en el resto de España, será esta convergencia la que tenga que seguir construyendo unidad de libre adscripción de partidos, movimientos y personas, siempre con asamblea y con democracia deliberativa. Caben todos y no sobra nadie, pero el tiempo de ir de rodillas se ha cumplido y la soberbia ha quedado atrás.

Las circunstancias para la unidad de la izquierda se han clarificado mucho respecto a un año antes. Primero, el bipartidismo está claramente debilitado, pero no quebrado, como ya augurábamos entonces. Segundo, el PP se ha debilitado finalmente, al aparecer un competidor atractivo y más centrado, que compite en un espacio electoral al que también buscaba ‘Podemos’. Izquierda Unida, en solitario, ha quedado prácticamente anulada en todo el Estado, cosa que también habíamos augurado hace un año. Y ‘Podemos’ ha mostrado sus limitaciones. Como ha escrito Isaac Rosa, “Sí se puede, pero solos no Podemos”. Únicamente ha triunfado la convergencia social y política, allí donde se ha formado y donde ni ‘Podemos’ ni Izquierda Unida la han boicoteado. Se ha visto en Madrid o en Barcelona, pero lo ha corroborado especialmente Córdoba o Valladolid, donde la convergencia ha tenido que luchar contra sus integrantes naturales. La estrategia de ‘Podemos’ ha fracasado y la gestión de la unidad ha cambiado de manos. Lo vamos a ver muy pronto.

Marcelino Flórez

Memoria de las víctimas, Historia y Política