Archivo de la categoría: Política

¿Víctimas, demonios o héroes?

I.

En la mesa redonda con “presos políticos del franquismo”, que organizó el Ateneo Jesús Pereda el día 5 de noviembre de 2018, se puso de manifiesto un conflicto ideológico, aunque allí sólo se esbozó. Uno de los presos, Carles Vallejo, rechazó la denominación de víctima y reclamó ser denominado represaliado. Eso mismo ha pasado y está pasando en Argentina, en Chile, en Perú, en Colombia, en todos los países que han vivido un grave conflicto interno. Desde el punto de vista psicológico, la palabra víctima tiene una carga peyorativa y algunas personas prefieren otras denominaciones: afectado, damnificado, sobreviviente. De esa manera, no se sienten estigmatizados o, como dijo Cancho, cosificados. En cambio, desde la perspectiva de los Derechos Humanos se reclama la palabra víctima, siempre unida a las de verdad, justicia y reparación.

Hace unos años hubo un interesante debate sobre el concepto de víctima, al publicar Juan Gelman un artículo en El País con el título de Elogio de la culpa, que recibió varias respuestas. Gelman reclamaba allí para su hijo la condición de luchador y rechazaba la de inocencia, que suele ir asociada a la idea de víctima. En Argentina, como en España, muchas víctimas de la dictadura o sus familiares gritan a los cuatro vientos que no habían hecho nada, que no militaban en ninguna parte, para evidenciar así la injusticia del daño sufrido. Porque -dicen los dictadores- si no eran inocentes, si acaso fueran militantes, “algo habrán hecho” y su muerte estará justificada. Por eso Gelman se rebela: su hijo no era inocente, era un luchador por la justicia y, sin embargo, fue una víctima de la dictadura argentina, un detenido-desaparecido. (Sus restos aparecerían en 2012, mezclados con cemento y arena en el río Luján).

Hay dos razonamientos perversos que los victimarios exhiben siempre para justificar su crimen. Unos usan la teoría de los dos demonios, otros la equidistancia entre los muertos de un lado y del otro en cualquier conflicto interno. Si los asesinados eran rebeldes, militantes, demonios, está justificada su muerte, dicen los primeros. En el segundo razonamiento, se admite el crimen, pero como “los otros” también cometieron crímenes, son iguales y hay que olvidarlo; es la doctrina de la equidistancia de las víctimas, donde todos son víctimas y todos verdugos. Primo Levi calificó estos razonamientos de “perversión moral”, porque logran al mismo tiempo conseguir la impunidad para los asesinos y evitar la reparación para las víctimas.

Las víctimas son inocentes y los victimarios no tienen excusa, pero la inocencia no procede de la bondad de las personas asesinadas, torturadas o encarceladas, sino de la perversidad del crimen. También lo dejó dicho Primo Levi: muchas veces los supervivientes de Auschwitz fueron los peores, los más egoístas, los insolidarios; y eso no les restaba ninguna parte de su carácter de víctimas inocentes, ni siquiera los Sonderkomandos estaban excluídos de la condición de víctimas.

Esa cualidad de inocencia que tienen todas las víctimas les hace ser universales: cualquiera de nosotros podíamos ser la víctima. Por eso, a esos crímenes se les denomina crímenes contra la humanidad y son imprescriptibles.

Entiendo que las víctimas que han sobrevivido al terror, especialmente a un Estado terrorista, puedan sentirse alguna vez incómodas, pero eso no les convierte en demonios ni les iguala a sus asesinos. Son víctimas y merecen recuperar la memoria, construir la verdad, alcanzar la justicia y ser reparadas; es decir, merecen recuperar lo que ocultaron siempre sus victimarios.

II.

Pero la incomodidad de Carles Vallejo no provenía de la teoría de los dos demonios, ni de la inmoralidad de la doctrina de la equidistancia entre víctimas y verdugos. Él reclamó ser denominado represaliado, que tiene un matiz distinto de sobreviente o de afectado o damnificado. Se reclamaba represaliado para reclamar su militancia, como hacía Juan Gelman para sí y para su hijo asesinado.

Para situar el conflicto ideológico que rebeló Carles Vallejo hay que fijarse en la diferencia entre las ideas de memoria democrática y rememoración de las víctimas. La idea de memoria democrática hace referencia a la voluntad de recordar la República, derrotada por el franquismo. Una cuestión política. Mientras que rememoración de las víctimas se refiere a la voluntad de poner sobre la mesa a las víctimas del franquismo, a todas las víctimas: las asesinadas, incluídas las ajusticiadas después de los ilegítimos juicios sumarísimos; los niños robados; y los torturados y los detenidos por la dictadura. Esas son las víctimas que fueron echadas al olvido y que, con mucho esfuerzo, los militantes del memorialismo y los familiares van rememorando, poniendo nombres y abriendo fosas comunes. Una cuestión de derechos humanos.

No es lo mismo recordar a la República, que rememorar a las víctimas olvidadas. Recordar a la República forma parte de la memoria identitaria y, por eso, hay muchas identidades: socialistas, comunistas, anarquistas, republicanos diversos. En este caso, se tiende a recordar a los muertos como héroes por la libertad, por la justicia social. Esta es la razón también de que se hayan multiplicado las asociaciones memorialistas, queriendo cada identidad tener su propia asociación. Por eso, es tan difícil la unidad del memorialismo. Sobre eso precisamente versaba la pregunta que yo hice a los “presos del franquismo”.

Rememorar a las víctimas, sacarlas del olvido en el que las sepultaron los asesinos no admite diversidades, porque todas las víctimas son inocentes y universales. Da lo mismo un dirigente, que un afiliado de base, que un mero simpatizante, que un indiferente. Todos fueron asesinados por el mismo motivo, por no ser de “ellos”, de los militares golpistas y de sus apoyos ideológicos y sociales. Y recordemos que los primeros asesinados fueron todos militares, comenzando por el primer estorbo, el general Balmes.

Esta es la memoria benjaminiana, la que intranquiliza, la que construye un nuevo paradigma político, ese que T.W. Adorno, el filósofo amigo de Benjamin, formuló así: “Hitler ha impuesto a los hombres un nuevo imperativo categórico para su actual estado de ausencia de libertad: el de reorientar su pensamiento y su acción de modo que Auschwitz no se repita, que no vuelva a ocurrir nada semejante”. Como demuestra Nicolás Sartorius en su último libro sobre el uso del lenguaje, hay que empezar por las palabras para no ser esclavos de la posverdad, o sea, de la mentira. Ni demonios, ni héroes, víctimas de una dictadura.

Marcelino Flórez

Marcos Ana y los presos políticos

La Fundación Jesús Pereda, de las Comisiones Obreras de Castilla y León, ha presentado en Valladolid la exposición en homenaje a Marcos Ana, que se titula “Marcos Ana, hacia mis libres años”. Con ese motivo, organizó el día 5 de noviembre una mesa redonda sobre “Presos políticos en el franquismo”, en la que participaron Willy Meyer, Carles Vallejo y José Luis Cancho, coordinados por Gonzalo Franco Blanco.

Más importante que las palabras que han dicho los miembros de la mesa, es el testimonio que representan. Escuchar a Carles Vallejo decir que sabía que apoyar la creación de comisiones obreras en SEAT era causa segura para terminar en la cárcel en dos o tres años, después de pasar unos días en comisaría, días que no tenían límite si había estado de excepción; escuchar eso, digo, emociona. Más aún, sabiendo que así se cumplía.

Willy Meyer nos contó que la cárcel era una liberación, después de pasar por comisaría. Allí terminaban las torturas y allí había un amplio espacio de acogida, los numerosos presos políticos, la mayoría del partido, como se decía entonces, o de las Comisiones Obreras. La cárcel era, además, un aula universitaria, donde cada persona experta enseñaba sus saberes.

Cancho leyó unas letras suyas y otras de algún amigo, que le habían enviado para la ocasión. Corroboró el testimonio de acogida en la cárcel, donde el alumno coincidió con su profesor de lingüística, Carlos Castro, y donde se aprendía marxismo con los más expertos o sindicalismo con el mismísimo Camacho. Afirmó también el espacio de libertad que allí se ganaba, donde uno no tenía ya que ocultar su pensamiento y podía decir con tranquilidad que era comunista. Pero su testimonio sobrecogió por dos detalles: el primero, que no había vuelto a pisar la Cárcel Nueva, donde estuvo encerrado, y que desde hace varios lustros es el Centro Cívico, en el que ahora se hallaba. Y esto a pesar de que su familia vive muy cerca. Me recordó a György Konrád, que escribía: “Resulta desagradable que los testigos salgan de repente de las fosas comunes”, para expresar así su desazón al contar que era uno de los solo siete niños, entre los doscientos niños judíos de su pueblo, que lograron sobrevivir al nazismo; y me recordaba a Amèry, a Antelme, a Primo Levi, a Jorge Semprún, que tardaron años en volver al lugar de la opresión o que no fueron capaces de seguir viviendo con su testimonio. El otro detalle es la caída por la ventana de la comisaría de la calle Felipe II. No puede recordar si se tiró o le tiraron, sólo recuerda los largos días de hospital y la pierna quebrada para siempre y necesitada de un zapato sobrealzado.

Esta mesa de presos del franquismo ha puesto de manifiesto que es necesario prodigar el testimonio, ahora que aún es posible. Hacen falta más charlas y difundir la noticia, para que no seamos cuatro gatos y todos de la casa, como ayer.

Casi al margen de la actividad, hubo otro detalle, para mí del máximo interés, sobre la forma de nombrar a los presos del franquismo. Yo dije víctimas; Carles rechazó esa denominación y reclamó la de represaliados. Pero eso se merece otro artículo, más ahora que Nicolás Sartorius acaba de recordarnos con su último libro la importancia de las palabras para designar lo que se pretende.

Marcelino Flórez

Memoria de qué

En España se ha instalado el concepto de memoria histórica, por lo que parece, para quedarse. Este verano de 2018 unos socialistas segovianos han creado una asociación memorialista con la denominación ARMH. Pero esas siglas ya tienen dueño, la asociación creada por Santiago Macías y Emilio Silva en el año 2000, y el dueño ha hecho saber a los socialistas segovianos que no pueden utilizar esas siglas con sentido partidista. Los socialistas segovianos tendrán que rectificar, pero el inductor de la nueva asociación, un médico mallorquín asentado en la provincia segoviana al jubilarse, asegura que las palabras “memoria histórica” figurarán en todo caso en su asociación, porque esa denominación no es patrimonio de nadie. El caso me recuerda la anécdota que contaba Francisco Espinosa en uno de sus libros sobre el editor periodístico que le invitaba a introducir la palabra memoria en los titulares, porque cotiza al alza.

Estoy releyendo estos días veraniegos el libro de Rafael Escudero Alday, Memoria histórica y democracia en España, y constato una vez más la mala elección que el movimiento memorialista hizo cuando adoptó la expresión “memoria histórica”. Reconoce este autor que esa expresión significa, al menos, dos cosas: una, la idea de rememorar a las víctimas olvidadas; y otra, la idea de recuperar los valores de la Segunda República. En verdad, son dos cosas bien diferentes y con misiones también diferentes. La una busca activar la justicia transicional; la otra piensa en fortalecer a un grupo ciudadano afín a una política defensora de los derechos humanos o, en términos más generales, a una ciudadanía progresista.

Recuerdo también el conflicto que se generó en los comienzos del movimiento memorialista por la relación entre los conceptos de memoria y de historia. Esta relación afectó a dos vertientes del pensamiento. Algunos historiadores redujeron el concepto de memoria histórica al sentido primigenio de la idea, tal como la formuló Pierre Nora, quien, a su vez, lo tomó de la sociología, donde Halbwachs había establecido el concepto de memoria colectiva. Para la sociología, memoria colectiva significaba la imagen que una sociedad se hace de sí misma con referencia en su pasado o memoria transmitida. Esta imagen contribuye de forma determinante a construir la identidad de las sociedades humanas o, como se decía a principios del siglo XX, la identidad de los “pueblos”.

Como el movimiento memorialista se sirvió mucho de los recuerdos de las personas vivas, lo que a partir de Ronald Frasser se conocía como “historia oral”, otro grupo de historiadores reaccionó despreciando esa historia oral y reivindicando la historia académica. Asombra hoy ver el grado de corporativismo de este grupo de historiadores, que reclamaba la titularidad del oficio frente a los intrusos o “aficionados” del movimiento memorialista. Casi nadie deja de reconocer ahora que las fuentes orales son una fuente más para la reconstrucción del relato histórico, eso sí, debidamente tratadas, como ha de hacerse, por otra parte, con todo tipo de fuentes. La confusión aquí se produjo al identificar el término memoria con las “memorias”, biografías, autobiografías o recuerdos que las personas tienen de sus vivencias pasadas.

Sería bueno, por lo tanto, reservar el nombre adecuado para cada cosa, aunque ésta sea ya una batalla perdida:

Historia, para la ciencia o saber construido sobre el pasado. Una de sus fuentes puede ser la memoria oral, pero el relato histórico se construye con fuentes diversas.

Memoria colectiva, para la imagen de su pasado que una sociedad determinada tiene, con la que afianza una identidad. Esta memoria e identidad cambian con el tiempo y su estudio evolutivo admitiría el concepto de memoria histórica, como hacía la Escuela de los Anales y, en particular, Pierre Nora en Les Lieux de Mémoire.

En este espacio se inserta ese deseo de algunos memorialistas por recuperar los “valores de la República”. Por cierto, esos “valores” son diferentes para anarquistas, comunistas, socialistas y simples republicanos. Ahí lo dejo.

Y memoria de las víctimas, para el recuerdo consciente de los crímenes pasados y no reparados. Aquí no se pueden mezclar churras con merinas: ni víctimas con victimarios, ni víctimas con identidades políticas. Cada cosa, en su departamento.

Este es el campo donde se inserta la justicia transicional, según el proceso que va del recuerdo a la verdad y termina en la justicia y en la reparación, porque, como escribía Rainer Huhle, “si la verdad queda establecida, y si esta verdad es una verdad terrible, una verdad de crímenes atroces, de culpas enormes, la falta de justicia queda aún más visible y más sentida”.

El movimiento memorialista ha conseguido en España que la rememoración de las víctimas del franquismo ocupe un lugar destacado en la agenda política. Falta ahora que se establezca la verdad y eso pide a gritos la creación de una Comisión de la Verdad. Esperamos que el recién nombrado Director General de Memoria Histórica, Fernando Martínez López, que es historiador y sabe de lo que se trata aquí, no nos defraude en esto, porque ya está tardando en crear esa Comisión de la Verdad, principal elemento para desarrollar la Ley 52/2007 de 26 de Diciembre por la que se reconocen y amplían los derechos y se establecen medidas en favor de quienes padecieron persecución o violencia durante la guerra civil y dictadura. Establecida la verdad, caerá como fruta madura la justicia reparadora y se completará la transición de la dictadura a la democracia.

Marcelino Flórez

Kun Rajel

Leo que en dialecto marroquí Kun Rajel significa “Sé un hombre”. Lo dicen habitualmente por allí y equivale a nuestro “ten cojones”. Vaya, una expresión machista que resume toda una ideología, el patriarcado.

Ahora hay o ha habido una campaña que dice “Sé un hombre y cubre a tus mujeres”, la perfección del patriarcado. Se ha activado la campaña en verano y en las playas. Recuerdo hace un par de años en Rabat que casi todas las mujeres estaban cubiertas en la playa, salvo las que iban en nuestra excursión. Los adolescentes, sin represión cultural aún, se aproximaban a las españolas para verlas en bikini y tocarlas al pasar. No me extraña que las marroquíes quieran cubrir su cuerpo, con lo que tienen alrededor.

Esta campaña, que produce náuseas a cualquiera que haya accedido a comprender que existen derechos humanos, como la libertad o el derecho a la vida y a la integridad física, me da pie para oponerme, ahora sin complejos, a la norma “islámica” de cobertura del cuerpo femenino. No es el Islam el problema, salvo para quien haga una lectura del Corán a la altura del siglo séptimo, el problema es el patriarcado. Y no el patriarcado de hace catorce siglos, sino el que pervive y se refuerza en estos días.

Esta campaña, que ha recorrido las redes sociales del mundo árabe, “Sé un hombre y cubre a tus mujeres”, deja desnudos a los hombres y a las mujeres que defienden la cobertura del cuerpo femenino. La campaña no dice “sé un santo”, sino “sé un hombre”, ten cojones e imponte sobre la mujer, domínala, tenla a tu servicio. No caben excusas religiosas. Es el turno de los hombres para establecer la diferencia entre religiosidad y machismo, a no ser que opten por vivir en el siglo séptimo, pero entonces que lo hagan del todo y de la noche a la mañana.

Marcelino Flórez

El error de Ciudadanos

Si el 2 de marzo de 2016 Podemos cometió un error de bulto, posibilitando la presidencia de Rajoy, por no abstenerse, al menos, en la votación de investidura de Pedro Sánchez, el 1 de junio de 2018 Ciudadanos ha repetido el mismo error al votar con Rajoy contra la moción de censura. Abstenerse habría sido su salvación, pero la envoltura rojigualda en la que se han refugiado les convierte en cómplices del Partido Popular, con su corrupción incluída.

Asombra sobremanera el argumentario de Ciudadanos, un argumentario idéntico al de los populares: que si Sánchez se ha vendido a los independentistas, que si es portavoz de los terroristas, que si es un traidor, que si accede al poder por la puerta de atrás y toda la retahíla consabida. Coincidir en la votación y coincidir en el argumentario es demasiada coincidencia. El fantasma de Rivera ha comenzado a desvelar su rostro.

Dos años ha tardado Podemos en reconocer de hecho su error del 2 de marzo, votando exactamente lo contrario que aquel día. En ese reconocimiento ha sido determinante la ciudadanía. Primero, mostraron su desafección en las encuestas, después le retiraron el voto en las urnas, finalmente mostraron la falta de aprecio al líder, situándole en el último lugar de valoración. El reconocimiento de hecho del 1 de junio no conjura todos los efectos del error de marzo, si se mantienen las formas que lo acompañaron, principalmente la pretensión de dictar el programa y los ministros del gobierno. Creo que todavía no estamos del todo salvados en esto. A esperar.

Puede que Ciudadanos sustituya al PP en intención de voto en las encuestas durante un tiempo. Lo mismo ocurrió con el PSOE no hace tanto. Pero los errores, aunque no tengan fijada la fecha, terminan pagándose. Y Ciudadanos ha cometido un enorme error el 1 de junio.

Marcelino Flórez